Joseba Bonaut, director de la UP de Periodismo, Comunicación audiovisual y publicidad.

Joseba Bonaut, director de la UP de Periodismo, Comunicación audiovisual y publicidad. E.E Zaragoza

Opinión

La bola de la ilusión

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Parece complicado escribir una columna sobre cine, en estos días, y no hablar sobre la película de moda, “La bola negra”, dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi. No voy a ser disruptivo, en esta situación, y voy a tratar el tema, ya que parece que a la gente le interesa.

La mayor parte de las personas que me he encontrado en el último mes me ha preguntado mi opinión sobre la película, buscando una reafirmación en su interés y gusto, o bien tratando de encontrar en mí un soporte para realizar una feroz crítica a las debilidades del filme (como si todos no tuviesen problemas e irregularidades).

Sin embargo, a mí me interesa, en este punto y momento, no tanto la calidad de la película, que la tiene, ni tampoco desarrollar una digresión crítica sobre esta. Hay muchas personas que se expresan mejor que yo y que tienen más conocimiento en esto del séptimo arte y, especialmente, en derramar letras bellas y feroces sobre las obras maestras. A mí me interesa otra cosa: lo que desprende “La bola negra”.

¿Y qué desprende esta historia? Pues yo creo que, ante todo, pasión e ilusión. Creo que mi experiencia en el día del estreno puede ayudar a entender el alcance de la película. Fui a la primera sesión en los cines Cervantes (gracias por proyectarla en 35mm.) y la sala estaba prácticamente llena. La primera sorpresa: un montón de jóvenes abarrotaban los sillones de este emblemático cine. La segunda: un ambiente eléctrico en el que podías notar el ansia por ver la película y sentir la historia. Había necesidad, y la necesidad alimenta el ansia por disfrutar.

Tuve que sufrir, también hay que decirlo, momentos surrealistas que por desgracia se viven en las salas actuales, como gente hablando por el móvil, personas mayores cotorreando como si estuvieran en una plaza pública y, lo más bizarro que he vivido nunca, mujeres abanicándose (con el ruido correspondiente) con el aire acondicionado a tope. No he encontrado ninguna explicación a todo esto.

Sin embargo, y a pesar de todos estos inconvenientes, la sesión se sintió eléctrica, emocionante y apasionada. Tuve ocasión de refrendarlo en uno de mis habituales viajes al baño (la edad no perdona), donde asistí a un espectáculo de rostros embobados con las imágenes de la pantalla. Bocas abiertas y manos elevadas esperando que los siguientes planos se acelerasen, que llegasen antes, que saciasen el ansia de cine.

Y el final fue catártico. Luces apagadas, títulos de crédito luminosos y un largo silencio. Me levanté rápidamente y me dirigí a la salida: sollozos, lloros y abrazos. Emoción pura y a flor de piel.

Con el fogonazo de la puerta de salida me dirigí, de nuevo, a la realidad, nuestra realidad. Y ahí había una cola de personas esperando para entrar al cine, para

resucitar pequeños trozos de lo que llamamos vida y que solo los artistas tienen la capacidad de crear.

No sé si “La bola negra” es una buena o mala película, pero de lo que estoy seguro es que emociona, hace feliz a muchas personas y lleva al cine a multitud de jóvenes. Si esta no es la razón de la existencia del cine, entonces yo ya no entiendo nada.