Octavio Gómez Millán, profesor y escritor

Octavio Gómez Millán, profesor y escritor E.E.

Opinión

Los mejores decretos del mundo

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Dos decretos, una mentira, otro juego de manos que ensucia lo poco limpio que quedaba en este Gobierno. Nunca es el qué, siempre es el quién. Un decreto ley, tinta jurídica devuelta por el Congreso, dijeron que no, lo dijeron los números, los mismos que han mantenido en mitad de tragedias, accidente e invasiones, los números de ETA y los números de los golpistas.

Y vuelve, porque el escándalo no existe, son sombras chinescas, muñecos que se introducen en la caverna, en un país encarecido y roto, mira cómo disfruta el presidente viendo la desaparición de los grises, la concordia. Latas y brillo, sindicatos de palangana y devocionario, riéndose en nuestra cara, no es una huelga, es una pegada de carteles a base de gritos y brillantina.

Convocan una huelga personas que no trabajan contra políticos que no están en el poder. Qué simplista eres, Octavio. Y tú un simple. Por no llamarte ababol. Que ya está todo crispado. Te miro, me quito las gafas y como aquel tertuliano francés te invito a negármelo.

Llovía en el recuerdo, se llenaba el abrevadero, del que nunca quiso beber Nicolás Redondo. Cuando todavía quedaba decencia, cuando en el vestuario de la Real Sociedad se decía no al terrorismo, cuando la sarna, en metáfora y enfermedad, no había aparecido en Ceuta. ¿Recuerdas el Sáhara? No recuerdo nada, ni las llamadas de Juan Jesús Vivas ni las cartas de Maricarmen. Niños de buena cuna, politólogos de semántica vacía, señalando con el dedito a mi suegra, tres pisos, uno ocupado por mi familia -pago los gastos, no se preocupen, y la comunidad- y otros dos alquilados a los profesores. Profesores cansados de recorrer la centena de kilómetros, de aquí a la capital.

Leticia Sabater se ha recorrido más pueblos de Aragón que alguno de los cabezas de lista por Zaragoza. Ven, explícame otra vez que mi suegra es una explotadora y una rentista, dime que en ocho años no se ha podido hacer nada más, que la culpa es de la derecha. Existe una violencia estructural que se enciende en el mal alcohol de la moralina. Este país, enfermo y turbio, no sobrevivirá a otra calculadora trucada o sí, no lo sé. Cada día entran los chicos en el instituto y salen al mediodía, notas, bocadillos y autobuses.

Manda la derecha en Aragón, derecha de la mala, como todas las derechas. Un álgebra de odiadores, cargos orgánicos con más parque urbano que Wyoming. Que se lo gasten en lo que quieran. Pero se me guardan el dedito, por favor. Onésimo Redondo arrancando los últimos yugos, las últimas flechas. Sintonizo la radio y me dicen que no hay que construir más. Niños que no madrugan, tienen su sitio en la distopía a partir del mediodía.

Los dos mejores decretos del mundo. Los que cambiarán todo. Nos ha costado ocho años darnos cuenta. Son tan buenos que no hay que aplicarlos en Cataluña, son tan eficaces que los aprobamos de urgencia para que tengan que lidiar con ellos los que vengan detrás.

Y si no, ya se hundirán solos… controlar, vigilar, escarbar, el sueño húmedo del intervencionismo pop, de trap y reel, la amnistía se pacta en tiktok, nos magreamos frente a una foto de Josef Stalin esperando programa propio de la televisión pública. Público yo, que me expongo aquí. No sabes el cabreo que llevo. Se me acumula el panteón laico de caídos por España, con perdón.