PEPE VERÓN.
Groucho Marx tiene la rara virtud de haber dicho incluso frases que nunca dijo. Una de las más famosas es también una de las más útiles para entender la política contemporánea: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.
La cita no aparece en Sopa de ganso, pero ha envejecido mejor que muchos programas electorales. Tal vez porque describe una forma de estar en el poder o de tratar de alcanzarlo.
Lo curioso es que la película de 1933 era una sátira. Freedonia, el país imaginario gobernado por Rufus T. Firefly, funcionaba como una caricatura del poder, de sus contradicciones y de su tendencia al absurdo.
Noventa años después, el problema no es que la política se parezca a una comedia. El problema es que esa comedia ha dejado de parecernos exagerada.
La adaptación del mensaje político a las circunstancias es natural.
Gobernar implica negociar, rectificar e incluso revisar posiciones previas cuando cambian las condiciones. Sería absurdo exigir una coherencia pétrea en un mundo que cambia cada día. Pero existe una diferencia importante entre corregir el rumbo y cambiarlo a cada soplido.
La ciencia política estudia este fenómeno bajo el término flip-flopping: los cambios bruscos de posición que responden más al cálculo estratégico inmediato que a una reflexión transparente. El concepto se popularizó en Estados Unidos en campañas electorales donde los candidatos eran acusados de defender una cosa y la contraria en cuestión de meses.
España tampoco es inmune. Los ejemplos abundan y atraviesan todo el arco ideológico. Pedro Sánchez justificó giros relevantes en cuestiones como la amnistía o determinados acuerdos parlamentarios apelando a las necesidades de gobernabilidad.
En el otro extremo, Alberto Núñez Feijóo no se queda a la zaga en sus habituales vaivenes como el reciente sobre la llamada ‘ley de nietos’. María Guardiola, Jorge Azcón o, más recientemente, los equilibrios postelectorales en Andalucía muestran hasta qué punto algunas líneas rojas tienden a desteñirse cuando empieza a funcionar la aritmética parlamentaria.
Los casos son distintos entre sí, pero generan una misma percepción ciudadana: la sensación de que las convicciones son cada vez más flexibles.
Y aquí aparece una consecuencia corrosiva. No es simplemente que disminuya la confianza en los políticos. Es que se degrada el valor de la palabra pública. Cuando las promesas electorales, las líneas rojas o los compromisos solemnes se revisan en tiempo real, el ciudadano aprende una lección peligrosa: que detrás de cada declaración puede esconderse únicamente una táctica temporal.
Los investigadores llaman a esto “cinismo político”, que significa dejar de preguntarse si un dirigente dice la verdad para empezar a asumir que ninguno lo hace. Es una forma de cansancio democrático.
La paradoja es que ese clima favorece un fenómeno inesperado. Cuando todo parece negociable, la coherencia se convierte en un bien escaso. Y los bienes escasos suelen aumentar de valor. Por eso algunos líderes o movimientos que defienden posiciones duras, extremas o excluyentes, incluso científicamente erróneas, logran atraer apoyos. No siempre los atraen sus propuestas; a menudo los atrae la impresión de autenticidad que transmiten. Muchos votantes parecen preferir a alguien con quien discrepan, pero cuya conducta consideran previsible, antes que a quien modifica constantemente su discurso.
Este es uno de los grandes riesgos de una política obsesionada con las encuestas, los grupos de discusión y el termómetro permanente de las redes sociales. En ocasiones, la búsqueda de una adaptación perfecta provoca el efecto contrario: proyecta una imagen de oportunismo que termina reforzando a quienes exhiben convicciones aparentemente inalterables.
Quizá por eso la falsa frase de Groucho sigue resultando tan eficaz. Porque no habla realmente de humor. Habla de confianza. Y las democracias pueden sobrevivir a los desacuerdos, a las crisis e incluso a los errores.
Lo que llevan peor es la sospecha persistente de que los principios son simplemente accesorios de quita y pon. Cuando eso ocurre, el problema ya no es quién gana las elecciones. El problema es quién consigue que le crean.