Francisco Pellicer. E.E.
Zaragoza no puede afrontar su futuro urbano con las herramientas y las lógicas del pasado. El crecimiento previsto, la presión demográfica y los límites ambientales obligan a abandonar definitivamente una visión fragmentada del urbanismo que concibe y gestiona la ciudad como piezas separadas: la vivienda por un lado, la movilidad por otro, el espacio público en otro departamento y la salud urbana en una agenda distinta.
La ciudad real no funciona así. La ciudad es un sistema. Un sistema complejo donde territorio, vivienda, movilidad, espacio público, actividad económica y bienestar forman parte de una misma estructura interdependiente. Cuando una de esas piezas falla, el conjunto se resiente. Un barrio sin comercio de proximidad obliga a desplazamientos innecesarios. Un espacio público degradado debilita la vida comunitaria. Una movilidad centrada exclusivamente en el automóvil fragmenta el tejido urbano. Por eso el reto urbano de las próximas décadas no consiste únicamente en construir más ciudad, sino en construir mejor ciudad.
De mover coches a mover personas
Para entender este cambio de paradigma resulta inevitable recordar a Jane Jacobs, una de las figuras más influyentes del pensamiento urbano contemporáneo. Tras la Segunda Guerra Mundial, muchas ciudades estadounidenses comenzaron a transformarse en torno a una idea dominante: el automóvil. Grandes autopistas urbanas atravesaban barrios históricos para conectar centros urbanos con extensos suburbios. Jacobs cuestionó radicalmente esa premisa de mover más coches y más deprisa. Propuso cambiar la pregunta por otra mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más profunda: ¿Cómo y por qué se mueven las personas dentro de la ciudad?
Ese cambio conceptual transformó el urbanismo moderno. Jacobs defendió barrios con mezcla de usos, calles activas, comercio de proximidad, diversidad social y espacios públicos vivos. Para ella, la vitalidad urbana no surgía de grandes infraestructuras, sino de la vida cotidiana de las calles. Este es el principio inspirador de las críticas a proyectos como el de El Portillo en Zaragoza: las ciudades más sostenibles no son únicamente eficientes para el tráfico, son ciudades pensadas para las personas.
Asistimos a un déficit urbano de lugares donde pueden encontrarse las personas, cuando la excelencia del urbanismo radica en la frecuencia de espacios públicos de convivencia.
Durante décadas, la planificación urbana se ha concentrado en producir vivienda, infraestructura vial y equipamientos funcionales. Todo eso es necesario, sin duda. Pero la vida urbana no ocurre únicamente en casa, ni en el trabajo, ni en el trayecto entre ambos. El sociólogo Ray Oldenburg denominó tres ámbitos urbanos: el hogar sería el primer lugar; el trabajo o el estudio, el segundo; y los terceros lugares son todos aquellos espacios cotidianos donde las personas pueden encontrarse de manera informal: cafés de barrio, plazas activas, mercados, bibliotecas, parques, calles caminables, pequeñas plazoletas o simplemente una esquina con bancos donde conversar. Son lugares donde no necesariamente hay que consumir, producir o desplazarse, simplemente estar. En Aragón usamos una expresión muy propia: lugares para “estarse”.
Esos espacios son infraestructura social donde ocurren procesos fundamentales para la vida urbana: se generan vínculos, se mezclan generaciones, se construye confianza entre desconocidos y se fortalece el sentido de pertenencia. Ahí ocurre, en gran medida, la vida colectiva de la ciudad.
Cuando la ciudad pierde lugares para quedarse
Cuando estos espacios escasean, la ciudad empieza a transformarse de una manera silenciosa. La vida urbana se convierte en una secuencia de trayectos obligados: casa –coche- trabajo – coche-casa-comercio-casa-entretenimiento-casa. Es una ciudad eficiente para desplazarse, pero pobre para encontrarse. Una ciudad que facilita el movimiento, pero debilita las comunidades.
En muchas ciudades contemporáneas estos espacios han sido progresivamente sustituidos por entornos privatizados o condicionados al consumo: centros comerciales que simulan vida urbana, conjuntos residenciales cerrados, cafés desconectados del espacio público o parques enrejados. El mensaje implícito se vuelve claro: para permanecer hay que pagar; para pertenecer hay que consumir.
No es un detalle de diseño
A menudo pensamos que estos problemas son simples detalles urbanísticos: una plaza sin sombra, una acera demasiado estrecha, un parque sin actividad o un barrio sin comercio de proximidad. Pero en realidad son síntomas de algo más profundo. Son el resultado de un modelo urbano que durante décadas ha priorizado el negocio sobre la convivencia, flujo sobre la permanencia, la circulación sobre el encuentro.
Si queremos ciudades más saludables, más seguras y más sostenibles, necesitamos ciudades que inviten a quedarse.
Los terceros lugares no aparecen por casualidad. Requieren decisión política y diseño intencional: espacio público de calidad, calles caminables, frentes activos en planta baja, mezcla de usos, comercio de proximidad y seguridad basada en presencia y actividad, no solo en control. Cuando esas condiciones se combinan, la vida urbana aparece casi de forma espontánea.
La oportunidad de Zaragoza
Zaragoza tiene hoy una oportunidad importante. En los proyectos en marcha puede limitarse a reproducir modelos urbanos centrados principalmente en vivienda, movilidad e infraestructuras. O puede dar un paso más y entender la ciudad como un ecosistema social donde el encuentro cotidiano también forma parte de la planificación.
Pensar en terceros lugares no es un lujo urbanístico. Es pensar en salud mental, cohesión social, democracia cotidiana y calidad de vida. Porque al final una ciudad se define —sobre todo— por cómo se encuentran las personas que viven en ella. Y por eso quizá la pregunta más incómoda, pero también la más necesaria, sea esta: ¿Estamos construyendo una ciudad para vivir juntos… o simplemente una ciudad para hacer negocio y para circular separados?