Pepe Verón, profesor de Periodismo de la USJ
Imaginen que intentan pintar un atardecer en el Moncayo. Delante de ustedes un estallido sosegado de violetas, naranjas y ocres. Pero solo tienen un rotulador rojo y otro negro. Imaginen el resultado. Algo similar ocurre hoy en la comunicación política. Cuando reducimos la complejidad del mundo a una docena de epítetos, no solo simplificamos el discurso; encogemos nuestra propia capacidad para comprenderlo.
Wittgenstein lo resumió de este modo: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. No es una frase bonita para imprimir en una taza, sino una advertencia sobre la arquitectura mental que sostiene nuestro pensamiento. Si no disponemos de palabras para conceptos como “corresponsabilidad” o “complejidad geoestratégica”, esas ideas desaparecen del mapa. Solo podemos pensar aquello que somos capaces de nombrar.
Esta reflexión cobra una vigencia incómoda cuando observamos el léxico de Donald Trump, la persona con mayor poder del planeta. Y no es una impresión subjetiva: varios estudios han analizado y comparado sus discursos, y concluyen que su gramática y vocabulario equivalen a los de un alumno de quinto o sexto de primaria. Mientras Obama o Clinton recurrían a subordinadas (esas construcciones que permiten introducir un “aunque”, un “sin embargo”), Trump prefiere frases cortas, casi monolíticas. “Haremos un muro. Será un gran muro.” Sin matices, sin sombras, sin espacio para la duda.
El mismo mecanismo cuando califica a España como un aliado “terrible”. En su universo lingüístico, terrible funciona como un comodín de desaprobación absoluta, el mismo que ha utilizado para la OTAN, para los jueces estadounidenses que bloquean sus medidas o para cualquiera que no encaje en su guion. Al otro lado del tablero, solo existe lo great, lo tremendous, lo amazing. Todo lo demás es ruina o traición.
¿Por qué funciona un lenguaje tan aparentemente pobre? En ciencias de la comunicación hablamos de reducción de la carga cognitiva: cuanto más simple es el mensaje, menos esfuerzo exige al cerebro del oyente. El eslogan sustituye al razonamiento. A esto se suma el etiquetado. Un apodo despectivo (Crooked Hillary, Sleepy Joe) no busca describir, sino sustituir. Es un anclaje emocional: una vez que la etiqueta se pega, la complejidad de la persona desaparece detrás de la etiqueta, del mote.
George Orwell comprendió y explicó bien el vínculo entre lenguaje y libertad. En su novela titulada 1984 (publicada en 1949) explicó que, si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento. Tan sencillo y tan devastador. Ese es el peligro de este empobrecimiento deliberado: cuando aceptamos un lenguaje reducido, aceptamos también un marco mental reducido.
Trump añade otra capa: la validación ficticia. Muletillas como “creedme” o “mucha gente dice” cumplen una doble función. Por un lado, desactivan la necesidad de aportar pruebas. Por otro, transfieren la responsabilidad a una masa anónima e incuestionable. Es una forma de crear consenso por repetición, no por evidencia.
El mayor problema de este mundo limitado es su efecto corrosivo sobre la vida democrática. Una sociedad que reemplaza los argumentos por etiquetas es una sociedad más sorda y vulnerable a la manipulación. Por ello, defender el lenguaje no es un capricho de especialistas y profesores, sino que es una defensa básica de nuestra capacidad colectiva para pensar.
Cada vez que rechazamos un adjetivo reduccionista y buscamos la palabra justa, ensanchamos nuestro propio mundo. Y, como advertía Wittgenstein, cuando renunciamos a las palabras precisas, no nos quedamos en silencio: quedamos atrapados en el ruido. En ese ruido que alimenta muros, no debates; consignas, no ideas; caricaturas, no atardeceres.