Existen destinos de la Costa Blanca que todavía conservan su autenticidad. Moraira es uno de ellos. Concretamente, pertenece al municipio de Teulada, en la provincia de Alicante, y se ha convertido en una alternativa ideal para quienes buscan disfrutar del Mediterráneo sin las aglomeraciones que suelen acompañar otros lugares más conocidos como Benidorm o Calpe.
Su mayor atractivo es precisamente ese equilibrio entre desarrollo turístico y conservación del entorno.
Aunque el turismo es una parte importante de su economía, Moraira ha sabido mantener su escala humana. No hay grandes bloques de hoteles ni discotecas ruidosas; lo que predomina son apartamentos bajos, pequeñas urbanizaciones rodeadas de vegetación y un ambiente relajado que invita a recorrerlo sin prisa.
El centro se extiende alrededor del puerto y de la zona del Castillo, una antigua fortificación del siglo XVIII que hoy es uno de sus símbolos.
Un litoral diverso y bien cuidado
Moraira presume de tener más de ocho kilómetros de costa con playas con bandera azul para todos los gustos. La playa del Portet es probablemente la más famosa. Una pequeña bahía de aguas tranquilas y arena fina, ideal para familias o para quienes prefieren nadar o practicar paddle surf.
A pocos minutos a pie está la playa de l’Ampolla, más amplia y equipada, con bares y chiringuitos que ofrecen una buena opción para pasar el día sin preocuparse por nada.
Sin embargo, quienes buscan algo más tranquilo pueden acercarse a las calas menos accesibles, como Llebeig o Cap Blanc. En estas zonas, rodeadas de acantilados y vegetación mediterránea, el paisaje es más salvaje y el agua cristalina invita al buceo o al simple descanso.
Todas las playas y calas de Moraira tienen bandera azul, un reconocimiento a la calidad del agua y a los servicios que ofrecen mediante la Bandera Azul.
Gastronomía con sabor local
Además del mar, otro de los grandes atractivos de Moraira es su gastronomía. El puerto pesquero sigue activo y abastece a los restaurantes locales de pescado fresco y marisco.
En el centro y en la zona del puerto abundan los locales donde se puede probar una fideuà, un arroz a banda o simplemente una ración de calamares con vistas al mar. También hay una notable presencia internacional: muchos residentes extranjeros, sobre todo británicos y alemanes, han abierto pequeños negocios y restaurantes que aportan variedad a la oferta.
Un lugar para desconectar todo el año
Moraira no desaparece cuando termina el verano. A diferencia de otros pueblos costeros, mantiene vida durante todo el año. Muchas personas lo eligen como segunda residencia por su clima suave, su seguridad y la tranquilidad que se respira incluso en temporada alta.
En invierno, los senderistas y ciclistas aprovechan el buen tiempo para recorrer sus caminos rurales y miradores, mientras que los vecinos disfrutan del ritmo pausado de un pueblo que ha sabido conjugar tradición y comodidad moderna.
Eventos como las fiestas de Moros y Cristianos o las celebraciones en honor a la Virgen de los Desamparados dan un toque de color a la vida local y son una buena oportunidad para conocer su cultura desde dentro.
En resumen, Moraira representa una versión más calmada y auténtica del turismo en la Costa Blanca. Un destino que combina confort, naturaleza y vida local sin renunciar a la modernidad. Un lugar que demuestra que aún se pueden encontrar pueblos costeros con identidad propia, donde el Mediterráneo se vive con calma y sin masificación.
