Alicante

La prostitución no ha desaparecido con la pandemia, sino que ha cambiado de escenario. Si antes la actividad de las mujeres prostituidas se centraba principalmente en las calles principales de la ciudad, clubs de alterne y algunos bares de carretera. Ahora se localiza en pisos, y las redes sociales son la principal vía para acceder hasta ellas.

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Según informó la consellera de Justicia, Gabriela Bravo, en la presentación del Foro valenciano para la abolición de la prostitución, esta actividad supone el 0,24% del PIB de la Comunidad Valenciana, dónde unos 8.500 hombres pagan por sexo de forma diaria, gastando 762.000 euros. Esto contribuye a qué más de 10.000 mujeres en Alicante, Valencia y Castellón estén obligadas a prostituirse para poder sobrevivir.

Oblatas, una organización para ayudarlas

Hermanas Oblatas de Alicante llevan lleva a cabo un proyecto de acompañamiento a mujeres en situación de prostitución y/o en caso de trata. La congregación lo aborda desde una perspectiva de género y de defensa de derechos humanos. Las personas voluntarias de la congregación salen al encuentro de la mujer prostituida para proporcionarle información sobre sus derechos como ciudadanas y sobre la red de recursos a los que pueden acceder.

Desde Oblatas, cuentan que tras años luchando para proteger a estas mujeres se generan muchas anécdotas y recuerdos. Pero que el nexo común en la mayoría de los casos es la buena acogida que tiene el programa entre las mujeres prostituidas. “Con el paso del tiempo, estas mujeres van cogiendo confianza y la que nos saludaba a dos metros de distancia en la calle, ahora nos escribe whatsapps pidiendo información, o incluso nos prepara un rico arroz nigeriano”.

El objetivo del programa es conseguir que las mujeres se sientan acogidas y respetadas como ciudadanas, así como generar un espacio común en el que sentirse bien recibidas.

En el informe de julio de 2020, sobre la situación de las mujeres que ejercen la prostitución tras la pandemia, Oblatas registró un total de 2.759 intervenciones entre marzo, abril y mayo en los territorios de España, Portugal e Italia. Más de la mitad que en todo el año 2019. 

Pandemia y prostitución

En una entrevista de Radio Onda Ilicitana, hablaron sobre la situación de las mujeres prostituidas tras la pandemia. "El escenario al que nos enfrentamos ahora es de mayor vulnerabilidad, pobreza y exclusión", indicaban.

La realidad de estas mujeres fue muy dura durante la pandemia, ya que a algunas el confinamiento les pilló en clubs, lugares donde hasta en ocasiones se les “racionaba la comida”. Otras muchas se vieron obligadas a mantener conversaciones sexuales a través del ordenador.

La prostitución se encuentra deslocalizada y la movilidad es un requisito necesario para las chicas que la ejercen. “Se mueven, acuden a los lugares donde pueda haber más movimiento de dinero. En estos momentos, debido a la pandemia, las restricciones y falta de actividad turística, las mujeres prueban donde les pueda ir mejor”, afirman desde Oblatas.

Desde el proyecto, han visto como el ejercicio se ha adaptado a la nueva situación. Mujeres que ejercían en la calle y en los clubes, han comenzado a hacerlo en pisos, que en ocasiones son más clandestinos. Para las organizaciones que se encargan de ayudarlas es mucho más difícil acceder a ellas y controlar si hay explotación.

Muchas mujeres han regresado a sus países de origen porque “no pueden seguir viviendo en España. No tienen dinero y no pueden pagar el alquiler”, admiten las hermanas.

El virus: doble amenaza

Estas mujeres están más expuestas al virus que otras personas. Ellas aseguran llevar la mascarilla como medida de prevención frente a la enfermedad, pero algunos clientes se niegan a llevarla. Por lo que corren más riesgo de contraerla, lo que supondría dejar de trabajar unos días, amenazando a su única fuente de ingresos.

Las mujeres comparten el miedo a ser contagiadas a las hermanas de la congregación. “Las mujeres nos cuentan que no saben si los hombres que acuden a ellas tienen o no el virus. Y que en caso de tenerlo, tampoco lo dicen porque no les importa su salud”.

En el programa, las personas que lo solicitan suelen pasar un mínimo de 6 meses y hasta un año entero. Desde él, abordan varias líneas de actuación, que van desde la sanitaria, pasando por la intervención psicológica, hasta llegar al área laboral. “Se les acompaña durante todo el proyecto, también en la salida, para que puedan desarrollar una vida plena”, añaden las religiosas.