Turistas en la 'Noche de las velas' en el barrio de Santa Cruz de Alicante.

Turistas en la 'Noche de las velas' en el barrio de Santa Cruz de Alicante. M.H.

Opinión

Turismo para todos

Más allá del récord de visitantes, la urgencia de recuperar un turismo accesible que mantenga el equilibrio con los residentes.

José Mancebo
Alicante
Publicada

En 2009 pasé unas semanas en Costa Rica por un trabajo de suficiencia investigadora, previo a la tesis. Estudiaba cómo los recursos de un territorio podían convertirse en desarrollo económico sostenible y, sobre todo, en oportunidades para quienes viven en él.

Allí me encontré con una paradoja aparente . Costa Rica era —y sigue siendo— sinónimo de uno de los mejores cafés del mundo. Sin embargo, buena parte del producto se destinaba al exterior y no siempre estaba al alcance de quienes llevaban generaciones produciéndolo. Diecisiete años después, los datos confirman que aquella realidad sigue vigente: según el Instituto del Café de Costa Rica (ICAFE), en la cosecha 2024-2025 cerca del 86% de la producción nacional se destinó a la exportación.

Aquella experiencia me lleva hoy a preguntarme si, salvando las distancias, podría estar ocurriéndonos algo parecido con nuestro sector de sectores.

España vive un momento turístico extraordinario. En los siete primeros meses de 2026 recibimos 58,1 millones de turistas internacionales, un 4,6% más que el año anterior, mientras su gasto alcanzó los 82.054 millones de euros, un 7,8% más. Son cifras que debemos celebrar. El turismo genera empleo, inversión, actividad empresarial y riqueza, y debemos seguir trabajando para mejorar nuestra oferta, desestacionalizarla y avanzar hacia un modelo turístico de mayor valor. Pero el éxito también merece preguntas.

¿Puede una familia española disfrutar hoy de la oferta turística de nuestro país con la misma facilidad que hace unos años? ¿Estamos construyendo destinos cada vez más competitivos hacia fuera mientras una parte de quienes viven en ellos encuentra mayores dificultades para disfrutarlos? Y, si ese fuera el diagnóstico, ¿qué nos está llevando hasta ahí?

Sería demasiado simple responsabilizar al turista internacional o a las propias empresas del sector. Los factores, probablemente, son múltiples y muchos trascienden al propio sector. Una demanda elevada presiona los precios y, en un mercado global, la oferta tiende a orientarse hacia quienes están dispuestos a pagar más por ella. A ello se suman unos costes empresariales crecientes y el esfuerzo por mejorar, segmentar y desestacionalizar nuestra oferta. La cuestión no es solo cuánto han subido los precios, sino cómo lo han hecho en relación con nuestra capacidad adquisitiva. Salarios, vivienda, renta disponible y coste de vida forman parte de una ecuación bastante más compleja.

Más allá de la economía, hay otra variable que deberíamos considerar: la relación del residente con el turismo y con las transformaciones que experimentan los destinos más demandados. Quien vive en ellos participa de sus beneficios, pero también convive con algunos de sus retos: congestión en determinados momentos, presión sobre algunos servicios o transformación urbana. Si, además, percibe que cada vez tiene más dificultades para disfrutar de cuanto le rodea, puede producirse un distanciamiento que no beneficia a nadie.

Durante décadas hablamos con orgullo de la democratización del turismo. Viajar dejó de ser privilegio de unos pocos y pasó a estar al alcance de millones de familias. El turismo se defendió también como instrumento de desarrollo local, redistribución de riqueza y generación de oportunidades. Quizá haya llegado el momento de recuperar esa idea y preguntarnos qué significa hoy realmente un turismo para todos.

Bien pensado, no es casual que la idea nos devuelva al café. En los años de la Transición, el profesor y ministro Manuel Clavero acuñó una expresión que terminaría haciendo fortuna: «café para todos». Defendía con ella que el derecho a la autonomía no debía quedar reservado a unos pocos territorios. Años después, él mismo aclararía su sentido: «el café para todos significaba el derecho a tener autonomía para quien lo quisiera».

En cierto sentido, podemos rescatar el espíritu de aquella expresión. Turismo para todos tampoco significa el mismo turismo para todos, ni exige que quienes promueven negocios y empleo renuncien a su legítima rentabilidad. Significa algo bastante más elemental: preservar la posibilidad real de disfrutarlo. El éxito de un destino no puede medirse solo por cuántos quieren venir, sino también por la capacidad de quienes viven en él para seguir disfrutándolo.

Café para todos, decía Clavero. Turismo para todos, decimos hoy. No como consigna, sino como compromiso. Y no solo cada 27 de septiembre.

José F. Mancebo es doctor en Empresa, Economía y Sociedad. Director del Patronato Provincial de Turismo Costa Blanca.