Alicante

Desde Alicante, Alfonso Blas y Carlos Cardelle sintieron la llamada del Denali, una montaña en el otro extremo del mundo. Juntos ya habían escalado algunas de las más conocidas, pero ahora se enfrentaban a la considerada cumbre más fría del planeta. Su aventura ahora la presentarán en una conferencia y un vídeo en Casa Mediterráneo el martes 19 de septiembre.

Alfonso y Carlos se conocieron en el cuerpo de élite del ejército de tierra español, el Mando de Operaciones Especiales. Y esa formación extrema es la que les ha ayudado a soportar el aislamiento a temperaturas de 50 grados bajo cero o el agotamiento brusco cuando quieres llegar a los 6.190 metros de altura y estás a tan solo tres grados de latitud del círculo polar ártico.

Un largo viaje les llevó desde Alicante hasta el estado de Alaska, donde se encuentra la cordillera a la que querían ascender. En la última etapa llegaron en una avioneta que aterriza en un glaciar para empezar su aventura tirando de los sesenta kilos que cargaban los trineos donde tenían sus mochilas.

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Ese inicio fue una de las partes más complicadas de lo que ha sido este viaje, reconocen ambos. Pero cargar cada uno de esos kilos era imprescindible para poder ser autosuficientes en los 21 días que tenían previstos para intentar llegar a la cumbre más alta de Norteamérica.

"Lo más duro ha sido tirar el trineo porque llevas una mochila de quince kilos, lo normal al ir a la montaña, y aparte llevas 45 arrastrando. Y no subes recto, si el trineo se mueve, te tira de un lado", explica. Para dos alpinistas como ellos que han estado en las cumbres más altas de Europa, Asia y África, este reto era nuevo. Y por eso se sintieron atraídos a ello, "a tirar de autónomo" rodeados por la belleza brutal del paisaje de Alaska.

A la fortaleza física que requiere su profesión añadieron un entrenamiento específico durante las semanas previas a la partida. Y así lo agradecieron "al tirar de tanto kilo", cuenta Alfonso, para llegar al Campo Base Médico, a 4.300 metros de altitud. Allí es donde "dejas de ser un mochilero y te conviertes en un montañero". 

Y entre otros montañeros que también estaban en ese campo vieron rápidamente que el Denali no lo iba a poner fácil. "Cuando te despiertas y ves que la meteorología ha sido fuerte y, de repente, escuchas que de los que lo habían intentado esa noche no lo había conseguido nadie y que nueve de ellos bajaban con congelación en las manos, te preguntas qué voy a hacer para que no se me congelen las manos", recuerda Alfonso.

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Se apoyaron en la equipación y la experiencia para evitar ese problema. "Lo normal es que llevemos unos guantes muy potentes de expedición y otros más finos debajo por si lo tienes que usar", enumera. Y un tercero lo guardan seco y caliente en su pecho en caso de imprevistos.

"En la montaña, si se te enfría la mano nada te la va a calentar. Y si lo llevas en la mochila, no hay forma de calentarlo", apunta Alfonso mientras Carlos concede que "hemos estado a punto unas veces de congelarnos. Cuando hace frío, no te lo imaginas". 

Si allí arriba estaban Alfonso y Carlos, a más de ocho mil kilómetros de distancia se encontraba otra parte de su equipo, el catedrático Jorge Olcina. Él les asesoraba en la previsión meteorológica para escoger el mejor hueco en el que acometer la etapa final, aprovechando una ventana de buen tiempo los primeros cinco días de junio.

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Tenían margen de tiempo para intentarlo, pero también sabían que no podían confiarse. Estando allí se encontraron con un segoviano, Elías, que nos "avisaba de que el buen tiempo era el aviso para el malo y que la nevada te imposibilitaba para cualquier cosa". Así que "en la madrugada del día 4 decidimos salir y cogemos la mochila a las 2 de la tarde", recuerda Alfonso.

Carlos y Alfonso con la bandera de mochila de la ULOE del MOE.

A finales de primavera, pegados al círculo polar ártico, "prácticamente tienes luz todo el rato porque solo hay cuatro horas de penumbra". Eso es lo que les permitía salir al mediodía "en lugar de madrugar porque en este sales y nunca se va a hacer de noche".

Con todo eso a favor les llegó el imprevisto. Alfonso sufrió la noche anterior una pájara. Y ahí vuelven a destacar la importancia del equipo. En este caso, de su compañero Jorge Palop, miembro del grupo militar de alta montaña y experto en medicina en ese ámbito. Él fue quien le asesoró para señalar el agotamiento brusco y descartar un mal de altura, o un edema en el corazón o pulmonar.

Carlos destaca en esta parte la importancia de su formación militar de élite. "El tipo de entrenamiento es extremo con situaciones difíciles y al límite", indica, y "lo hemos trabajado tantos años que, cuando te encuentras al límite, sabes que todavía te queda mucha tirada. Por eso no nos hundimos. Y cuando Alfonso tiene la pájara tiene la capacidad para seguir adelante. Ese es el trabajo que tenemos".

Así salieron adelante e hicieron la deseada cumbre que habían estado buscando desde hace cuatro años. Una aventura que ahora quieren compartir con amigos y compañeros antes de lanzarse de nuevo a su próximo destino en las cumbres más altas.