Alicante
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"Cuando no tienes nada, nada tienes que perder". Con esta letra tan directa como demoledora relataba en 1965 Bob Dylan en una de las canciones más impactantes de la historia, la caída en desgracia de una joven de la alta sociedad que pierde todos sus privilegios, dinero y protección, teniendo que enfrentarse sola a la realidad del mundo.

"How does it feels?" -"¿Qué se siente?"- ,repite una y otra vez Dylan en Like a Rolling Stone. Una pregunta atemporal e imperecedera que puede aplicarse a muchos contextos, y que, sirve como recordatorio de que dar unos determinados privilegios por sentados no siempre puede salirnos bien.

"Yo tampoco pensaba terminar un día en la calle". José María, -Tintín para los amigos-, conoce de primera mano lo que significa perderlo todo de un día para otro. Su trabajo, su piso, su familia.

En una tarde de septiembre, mientras miles de familias siguen organizando la vuelta al cole, -para los pequeños y mayores-, José María espera sentado en una de las calles del centro histórico de Alicante.

Son poco antes de las siete de la tarde y aguarda a que se abran las puertas del convento de la Sangre, donde la asociación Centro de Atención a Personas sin Hogar San Agustín (CASA) ofrece una cena a personas que atraviesan dificultades económicas. A él muchos no le conocen por su nombre completo. En el barrio y entre quienes acuden cada miércoles a la plaza de las Palmeretas le llaman Tintín.

"Si preguntas por José María, a lo mejor no me conocen", explica con una sonrisa. Su presencia en este punto de encuentro va más allá de la búsqueda de una comida. También forma parte de un grupo de cinco voluntarios que ayuda a otras personas a tramitar la Renta Valenciana y distintas prestaciones sociales.

De Lleida a Alicante

José María nació en La Salud, en Lleida, pero llegó a Alicante en 2008 tras terminar viviendo en la calle. La crisis se llevó por delante su empleo en la construcción y, con él, la posibilidad de seguir pagando la hipoteca.

"Cuando se terminó el trabajo en la construcción no podía seguir pagando la hipoteca y me quitaron el piso", recuerda. En Alicante entró en contacto con plataformas y movimientos sociales vinculados a los desahucios y a las personas afectadas por las participaciones preferentes. Incluso llegó a viajar al Congreso para participar en sus reivindicaciones.

Con la llegada de la Renta Valenciana, José María pudo contar con un ingreso que le permitió seguir adelante. Explica que la prestación ronda los 800 euros, aunque para acceder a ella es necesario tramitar primero el ingreso mínimo vital y, después, los complementos autonómicos.

"Gracias a eso he podido seguir adelante, porque antes de venirme a Alicante conocí lo que era vivir en la calle", afirma.

Una habitación en un piso compartido

Su situación económica, sin embargo, continúa siendo extremadamente ajustada. José María cobra una pensión, pero debe destinar 300 euros mensuales a la manutención de su hija. El resto apenas le permite afrontar los gastos básicos.

"Ahora mismo vivo en un piso compartido entre cinco personas porque, si no, es imposible llegar", cuenta. La vivienda compartida se ha convertido en la única alternativa para poder mantenerse bajo techo en una ciudad donde el precio del alquiler deja fuera a muchas personas con ingresos reducidos.

"Con 80 euros a la semana no tengo ni para la bombona de butano", lamenta.

Hace entre un mes y medio y dos meses comenzó a acudir a la asociación CASA para recibir comida. Allí espera la cena, pero también encuentra un espacio para conversar y relacionarse con otras personas que atraviesan situaciones parecidas.

"Yo hablo con todo el mundo porque todos tenemos la sangre roja", dice. En el punto de información, además, trata de ayudar a las personas migrantes que llegan al grupo. «Les decimos que aquí son bien recibidos y que no van a encontrar discriminación», explica.

Sobrevivir

José María sabe lo que significa vivir sin una vivienda. Antes de instalarse en Alicante pasó por la calle en Lleida, una ciudad donde, según recuerda, los inviernos son especialmente duros.

"Allí hicimos una acampada en el ayuntamiento pidiendo que, cuando se llegara a cinco grados, nos dejaran ir a una nave de los militares", relata. Después de aquella protesta, consiguieron acceder a ese espacio para protegerse del frío.

También viajó a Galicia para trabajar en las labores relacionadas con la limpieza del chapapote tras la catástrofe del Prestige. Más tarde pasó casi dos años trabajando en República Dominicana.

"Allí nadie me discriminó por ser blanco, mientras que aquí la situación para los migrantes es muy complicada, hay muchos prejuicios y discriminación", afirma.

Su experiencia le ha llevado a rechazar los prejuicios contra quienes viven en la calle o no consiguen llegar a fin de mes. "La calle no es tan bonita como la pintan", advierte. Recuerda que algunas personas pueden mostrarse amables delante de los demás y, después, robarle a alguien hasta el saco de dormir.

Por eso, considera que todavía hacen falta más recursos. "Faltan muchas ayudas", resume.

Mientras espera a que abran las puertas del convento de la Sangre, José María conversa con quienes están a su alrededor, siendo una persona más dentro de una realidad que afecta a muchos ciudadanos, jubilados con ingresos insuficientes, familias que no pueden asumir un alquiler y personas obligadas a compartir vivienda para sobrevivir.