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Lenin resiste en el Ártico

Bienvenidos a Pyramiden, la ciudad fantasma de la hoz y el martillo en las Svalbard, un archipiélago al norte de Noruega donde hay más osos polares que humanos.

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Vestido a lo Miguel Strogoff y con el rifle al hombro por si apareciera algún oso, Sasha es uno de los ocho valientes que habita en esta máquina del tiempo a mil kilómetros del Polo Norte. En los ochenta, cuando Pyramiden era el orgullo de la Unión Soviética, llegó a superar el millar de habitantes y los trabajadores, a pesar del aislamiento y el frío, mataban por ser destinados a este próspero asentamiento minero. Durante décadas fue conocida como la ciudad comunista más perfecta del globo. Sus severos bloques de pisos, su teatro, uno de los hospitales mejor equipados de la URSS, las naves donde criaban gallinas y vacas para incluso en el fin del mundo tener leche y huevos frescos, su polideportivo con hasta una piscina a la que sólo le falta el agua… todo sigue en pie en medio de un paisaje helador de cimas nevadas y glaciares. Todo, menos la gente. Como si hubiera caído una bomba de neutrones.

Sasha es de San Petersburgo. Ya sabía pues lo que es el frío, pero vérselas con él en una ciudad fantasma del Ártico son palabras mayores. Desde el invierno de 2012, junto al par de empleados de la minera Arktikugol que mantienen como pueden sus desangelados edificios, vive en Pyramiden de atender a los curiosos que se acercan en barco o motonieve desde Longyearbyen, la diminuta capital de las Svalbard. Hace tres años tienen algo más de compañía: el puñado de trabajadores del surrealista hotel Tulpan, donde hacer noche entre un mobiliario que serviría de atrezzo para una película de Tarkovski.

Fundada en 1910 por los suecos pero vendida a los rusos en el 27, Pyramiden comenzó a explotar su mina de carbón en la década de los cincuenta. Sólo los mejores mineros, que aquí cobraban más, conseguían venir a este remotísimo asentamiento que acabó convirtiéndose en una especie de escaparate para el mundo de los logros soviéticos. Unos oxidados columpios dan fe de que también traían a sus niños. Como va detallando Sasha en inglés –a pesar de que habla un dulcísimo español fruto de sus viajes en autostop por Suramérica–, el colegio y la guardería cerraron en el 93, cuando tras el desmoronamiento de la Unión Soviética las cosas empezaron a ponerse feas. A veces no había con qué pagar a los mineros y cada día resultaba más difícil traer los abastecimientos hasta este gélido rincón donde, de no ser por los invernaderos que también tenían en sus días de gloria, no habría crecido ni una mísera patata. Los niños fueron entonces facturados para Rusia. En el 98, cuando sin previo aviso se cerró la mina, se fueron todos para casa, y en los siguientes nueve años no vivió ni un alma en Pyramiden.

Atrás quedó lo que no se podía transportar en una maleta. Es decir, casi todo: los libros de la biblioteca y los balones con los que se jugaba al baloncesto en las canchas más septentrionales del planeta, los vestidos para las obras que se representaban en el teatro o el menaje del comedor comunitario, desperdigado de cualquier manera, como si todos se hubieran ido deprisa y estuvieran a punto de volver. Más nostálgico aún, el viejo piano de cola o los murales de fotos en blanco y negro que recuerdan con orgullo las ceremonias del Palacio de la Cultura, levantado ante un busto de Lenin que sigue mirando benévolamente hacia los hielos milenarios del glaciar Nordenskiöld.

Bajo su casaca de soldado del Zar, Sasha guarda el manojo de llaves de estos edificios que, a pesar de la decadencia y el olor a húmedo, se intuye fueron un lugar feliz. Advirtiéndole a los visitantes que no se queden rezagados por si merodeara algún oso, va abriendo sus salas mientras se los gana contándoles anécdotas del día a día. La más celebrada: la de la noche de hace un par de otoños en la que un oso hambriento se coló en el hotel. Y también chascarrillos de antaño, como el experimento para mantener el calor que supuso la construcción del lujoso bloque de madera que los habitantes bautizaron como London. En él vivían los mineros solteros, mientras que en el conocido como París, ya de ladrillo, lo hacían las mujeres. Se rumoreaba que entre ambos discurría un túnel. “A fin de cuentas”, apunta sabiendo que va a hacer gracia, “a los mineros se les da bien cavar”.

Al final de la visita, ante un vodka en el inenarrablemente soviet bar del hotel, a este tímido treintañero se le escapa que, en sus largos días de soledad, ha recuperado el placer de escribir cartas. De vez en cuando les traen el correo en helicóptero desde esa otra rareza, ésta todavía en activo, que es la también ciudad minera rusa de Barentsburg, asentada igualmente en territorio bajo soberanía noruega aunque accesible a los ciudadanos y las empresas de los países que hace casi un siglo firmaron en Tratado de las Svalbard. A Pyramiden, claro, no llega el cartero, ni la televisión, la radio o el wifi. Hay que dar gracias de que, por algún misterio de la tecnología, la señal de Telenor logre captarse en una esquina próxima al embarcadero donde Sasha devuelve sanos y salvos a su barco a los turistas. Dos veces al día se da el paseo hasta allí, siempre con el rifle a cuestas, para descargarse los emails. Así sabe cuándo llegarán más visitas y, con suerte, tiene noticias de su chica. Es mexicana y parece que hay boda a la vista. Quizá en breve esta utopía industrial del fin del mundo sume una nueva vecina.

Guía práctica

Cómo llegar

Si de Madrid a Oslo hay tres horas largas de vuelo directo –a partir de unos 130 € con Iberia Express–, de Oslo a Longyearbyen, la minúscula capital de las Svalbard, hay otras tres horas más de avión rumbo al norte –a partir de unos 160 € con Norwegian. Desde allí, empresas como Henningsen organizan excursiones de un día en barco hasta Pyramiden (200 €). La estancia completa se puede organizar a la medida con agencias locales como Basecamp Explorer, con recorridos en motos de nieve, trineos de perros, en barco o sobre esquís, expediciones por las montañas, los glaciares o en busca de las auroras boreales, y alojamientos en algunos de los lugares más remotos del archipiélago. Desde España, a través de empresas como Pangea, con un precio muy ajustado para lo que son estas latitudes –a partir de 1.420 €, con los vuelos incluidos– por una semana entre Oslo y las Svalbard.

Dónde dormir

En Pyramiden, a unos 100 kilómetros de Longyearbyen, la única opción es el hotel Tuplan. Puro estilo soviético y abierto de marzo a octubre (unos 100 € la doble) en mitad de este pueblo minero abandonado del Ártico.

Más informaciónEn Turismo de Noruega y VisitSvalbard.