Una historia de solidaridad

El vagabundo adoptado por el buen samaritano vegano

Un jubilado minusválido vivía en la indigencia y dormía en un cajero de Barcelona. La iniciativa de un grupo de veganos le ha proporcionado un hogar.

Josué, con su perro Tichu y Pedro, su nuevo compañero de piso.

Josué, con su perro Tichu y Pedro, su nuevo compañero de piso.

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La historia se hizo viral en redes sociales la semana pasada: Pedro, un jubilado minusválido, estaba mendigando en las calles de Barcelona y durmiendo en un cajero. Su casera le había echado de la habitación que tenía alquilada. Una pareja de veganos conoció el caso e intentó ayudarle. Durante unos días estuvieron proporcionándole comida, pero cuando supieron que iba a quedarse en la calle, decidieron mover la historia por internet. Para ello postearon el caso en las redes sociales. Cuando lo subieron a una página de veganos, centenares de usuarios se pusieron a ofrecerle la ayuda que desde la administración le han negado. Al final, otro vegano se solidarizó con Pedro y le ha acogido en su piso.

Acto I: El minusválido que duerme en un cajero.

Pedro tiene 65 años, es minusválido y en diciembre se separó. “Bueno, en realidad mi pareja me echó de casa. Un día me dijo que creía que yo la estaba drogando y que me tenía que marchar. Yo no sé de dónde iba a sacar la droga, si no tengo ni para comer”, lamenta.

Pedro obedeció y ahí empezó su odisea. Se vio en la calle. Cobra algo más de 700 euros de pensión pero invierte más de la mitad en pagar antiguas deudas y préstamos. “He pasado 14 años viviendo con mi expareja que sólo cobra 300 euros. Yo asumía la mayor parte de los cargos. Alquiler, tarjetas, créditos rápidos… todo para poder vivir”. Así, con casi todo su dinero virtualmente embargado, le quedaban poco más de 200 euros para buscarse una habitación.

Tras la separación consiguió una habitación por 250 euros, lo que le suponía quedarse sin dinero para comer. Por eso empezó a mendigar. “Para pagar menos de alquiler, los fines de semana no dormía en la habitación. Me iba a un cajero y allí pedía limosna. Cualquier ayuda era buena. Sacaba para comer y para poder pasar el resto del día en un locutorio. Allí puedo leer el periódico, jugar al ajedrez, hablar con otras personas...” Además, tiene muchos achaques y su movilidad es reducida.

Josué prepara comida vegana ante la atenta mirada de Pedro.

Josué prepara comida vegana ante la atenta mirada de Pedro.

Como necesitaba dinero y un espacio donde poder descansar, empezó a mendigar. “Me sentaba en la puerta de un cajero y dormía dentro los fines de semana. El problema es que a veces venía el director expresamente a echarme. No le tocaba trabajar los sábados pero venía sólo a decirme que daba mala impresión y que me largase de su sucursal”.

Su casera le echó de la habitación el domingo pasado. “Me dijo que me marchase porque iba a venir familia suya a dormir allí. Y dónde voy a ir yo ahora, con mi artritis, con mi parálisis en el pie y sin dinero”, pensó. Se puso en contacto con la asistenta social para pedir ayuda. “Me dijo que a ver qué podía hacer, pero que somos muchos en esta situación. Fue la única respuesta que tuve por parte de la administración”.

Acto II: Los veganos entran en escena

Audrey y Fer son una pareja de veganos que viven en Barcelona. Se definen como activistas totales. “Somos veganos, pero también defendemos al colectivo LGTB, nos sumamos a las manifestaciones contra el machismo...” cuenta ella. La solidaridad es un pilar en su filosofía de vida. Por eso, cuando vieron a Pedro durmiendo en el cajero, se interesaron por su caso. “Empezamos a hablar con él. Al principio no se abría porque no quería contarle su historia a unos desconocidos. Pero un buen día decidí traerle comida. Le bajé un plato de boloñesa vegana y ahí empezamos a entablar conversación”.

Eso sucedió en febrero. Pedro sólo ocupaba el cajero los fines de semana y durante todo este tiempo, Audrey y Fer han estado proporcionándole comida. Pero no hace ni siete días, la historia se complicó. “Pedro nos explicó que lo habían echado de la habitación que tenía alquilada. No encontraba sitio donde quedarse y se veía literalmente en la calle”.

Fer y Audrey, la pareja que subió la historia a las redes.

Fer y Audrey, la pareja que subió la historia a las redes.

Audrey y Fernando viven juntos en un minúsculo apartamento de 40 metros. “No tenemos ni sofá cama. No tenemos problema en bajarle comida, pero no disponemos de sitio para albergarlo”. La impotencia que sintieron les llevó a publicar su historia en las redes sociales para buscar ayuda. “Tengo bastantes contactos en las redes sociales y creí que alguien podría brindarle auxilio, así que publiqué la historia en todos los sitios que conozco”.

Audrey posteó el caso en su muro de Facebook y en Twitter, pero también en cuentas de estas redes sociales donde interaccionan con gente a la que no conocen. Cuando ella decidió tomar esta medida, no imaginó que la historia se iba a viralizar. “En un día ya teníamos como mil personas ofreciendo ayuda de algún modo. Había gente que le ofrecía su vivienda, pero la mayoría era gente de fuera de Barcelona. Pedro está muy mal de salud no puede desplazarse”. La solidaridad prendió como mecha con pólvora, pero casi ningún ofrecimiento servía.

Acto III: Un tercer vegano ofrece su piso

Josué rompió con su novia hace unos meses. Ahora vive solo en un piso de la calle Marina de Barcelona, con la única compañía de su perro Tichu. Se define como un emprendedor y una persona espiritual. Abandonó su trabajo como comercial inmobiliario para cumplir su sueño: montar su propia tienda. Ahora regenta un comercio en el Paseo de San Juan donde vende muñecos infantiles y piezas de artesanía que él mismo fabrica. Además, es vegano.

El domingo conoció el caso de Pedro a través de una página de Facebook de veganos. Josué se considera una persona de principios y el de la solidaridad siempre lo ha tenido muy presente. “Creo que el ser humano tiene el deber de ayudar a los demás. No hay que juzgar, sólo ayudar”, cuenta mientras corta unas lechugas para hacerse una ensalada.

No dudó un segundo. Enseguida se puso en contacto con Audrey y Fer para ofrecer su casa. “Me dijeron que me iban a explicar la historia de Pedro pero no quise saber nada. Es mayor y necesita ayuda; suficiente”. Dicho y hecho. Josué fue a conocer a Pedro y a ofrecerle una de las dos habitaciones que tiene el piso. “Él estaba preocupado por dónde iba a poder dejar sus cosas. Ahora ya tiene su espacio en mi casa”.

¿Final feliz?

Ahora Josué y Pedro comparten piso. “Yo trabajo casi todo el día y aún no hemos tenido tiempo para conocernos” confiesa Josué mientras los tres tomamos un café en una terraza de la calle marina. Pedro aprovecha para explicar sus aficiones: “No puedo caminar mucho; lo que me gustan mucho son los juegos de mesa. El dominó, el parchís, el ajedrez...” Josué le contesta: “Hombre, pues si sabes jugar al ajedrez, vamos a jugar unas partidas ahora cuando subamos”.

Pedro, en su nuevo hogar, con Josué y el perro Tichu

Pedro, en su nuevo hogar, con Josué y el perro Tichu

Lo único que le ha pedido Josué a Pedro es “que respete mi condición de vegano. Si tiene que traer carne para comer, que no huela mucho por favor”. Además, para que Pedro no sienta que lo que está recibiendo es caridad, le ha propuesta “que me ayude con algunas de las piezas de artesanía que vendo en mi tienda. Hay unos muñecos que hay que separar por colores y...”. Pedro asiente a todo, feliz.

No se han dado plazo para poner fin a esta situación. Josué no tiene prisa y Pedro cree que “en cuestión de un año espero que mi situación haya cambiado. Si tengo suerte podré liquidar algunos de los créditos que aún tengo que pagar y ya podré disponer de más dinero”, pronostica con optimismo.

Audrey y Fer, por su parte, aún no se creen que la historia haya tenido final feliz. “Por una parte podríamos considerar que sí, porque una persona excepcional como Josué, a la que no conocíamos de nada, ha demostrado su bondad y solidaridad con Pedro. Pero en realidad, ni es un final ni es feliz. Y es que toda esta historia ha demostrado que hay personas que, por su propia voluntad y de forma desinteresada, estamos haciendo el trabajo que deberían estar haciendo profesionales. Asistentes sociales, administración pública… Le ofrecían un albergue de noche en la Zona Franca, un lugar muy lejano al que un minusválido en sus condiciones no puede llegar sin recurrir a un transporte que no puede pagar”. De todos modos, Audrey aprovechar para reivindicar el veganismo. "Siempre nos acusan de que nos preocupamos más por los animales que por las personas. Esto es la prueba de que eso no es cierto".