CENTROAMÉRICA

La odisea del último niño salvaje

Francisco Tzoy se crió a su suerte en la selva de Guatemala. Cuando lo encontraron, se arrastraba por el suelo, se arrancaba mechones de pelo y se comía sus excrementos. 

Francisco Tzoy en el centro donde vive.

Francisco Tzoy en el centro donde vive.

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Dos agentes de policía patrullan por un camino rural del norte de Guatemala el 3 de mayo de 2010. De pronto descubren a una criatura extraña entre la maleza que no logran identificar. Parece un perro, un zorro o un lobo. Está cubierto de pelo, reposa en cuclillas y se desplaza a cuatro patas. Emite sonidos guturales y se acurruca para protegerse al sentirse amenazado. Los agentes no imaginan que en realidad se trata de un niño de unos 13 años, discapacitado psíquico, que lleva una década vagando por las montañas de la región del Quiché.

El niño se crió solo. Sus padres fallecieron cuando tenía tres años. El resto de su familia lo repudió por su discapacidad. Al encontrarse solo y desamparado, se fue rumbo a la llamada “selva nubosa”. Unos meses después, los agentes averiguaron que su nombre era Francisco Tzoy.

Aquella criatura era el último niño salvaje del planeta. Se considera “niño salvaje” o “feral” a una criatura que se ha criado fuera de la sociedad. La definición incluye a niños abandonados que fueron confinados o que se escaparon de su hogar.

La palabra salvaje invita a pensar en un medio como la selva. Pero hay niños ferales que fueron encerrados en jaulas.

No existe un registro que identifique a los niños salvajes que han aparecido a lo largo de la Historia. Sí se sabe que se han identificado seis casos desde que arrancó el siglo XXI: tres en Rusia, uno en Uganda, uno en Camboya y uno en las islas Fiji. Francisco es el séptimo y por ahora el último.

Así era Francisco cuando lo encontraron.

Así era Francisco cuando lo encontraron.

El niño Tarzán

“Tenemos a un niño Tarzán”, dijeron los policías al trasladar a Francisco al hospital de Santa Cruz del Quiché. Se lo entregaron a Norma Lizette Rivera, la enfermera que lo acabó cuidando durante un año y medio.

“En mi vida he visto casos extraños pero ninguno como ese. Yo creo que es único en el mundo”, asegura Rivera. “En el hospital le llamábamos El niño cavernícola porque tenía el pelo por la cintura y caminaba a cuatro patas”.

Llegó desnutrido. Casi no se podía mover. No sabía hablar ni caminar erguido. Lavarlo era casi imposible. “Se ponía agresivo y no quería que nadie lo tocase”, recuerda la enfermera.

Lo más duro para la cuidadora fue descubrir que el niño se comía sus propias heces: “Se conoce que estaba acostumbrado a hacerlo. Se había criado en la selva sin ningún contacto humano, por lo que tenía que alimentarse con lo primero que encontraba”.

No sólo ingería sus excrementos: “También se restregaba en ellos y los esparcía por toda la habitación. Por eso hubo que aislarlo. No podíamos dejarlo con otros pacientes”.

Lo primero que hizo la enfermera fue intentar encontrar a un familiar que pudiese hacerse cargo del niño. Así fue como descubrió la dramática historia del pequeño.

Huérfano de dos alcohólicos

Guatemala es uno de los países más pobres del mundo. La región más castigada por la guerra civil que azotó el país durante casi cuatro décadas es El Quiché. Allí las zonas más míseras son las aldeas rurales, donde reside la población indígena. Una de las más pobres es Paraje Parraxaj, donde nació Francisco.

Hijo de padres alcohólicos, vino al mundo en una cabaña tras un parto sin asistencia médica. “Cuando un alumbramiento tiene tantas anomalías, no es raro que el bebé sufra algún tipo de daño cerebral”, indica la enfermera Rivera.

Se calcula que Francisco nació entre 1997 y 1998 aunque no se conserva ninguna partida de nacimiento que lo certifique. Su padre se llamaba Reginio y falleció cuando él tenía unos tres años. Su madre, Antonia Petrona, murió un mes después. Al verse solo, el niño empezó a vagar por los bosques. Nadie se preocupó de él.

En la aldea viven más miembros de la familia pero ninguno se hizo responsable de Francisco. “No fuimos capaces de cuidarlo”, se justifica su tío Ricardo Tzoy, que sigue viviendo en el Paraje Parraxaj.

“El niño no estaba bien desde su nacimiento. Le fallaba la tecnología”, intenta explicar Tzoy, una persona casi analfabeta que asegura que lo intentaron cuidar.

“Lo lavábamos y le poníamos ropa limpia”, explica. “Al rato se escapaba, desaparecía y volvía muy sucio. En esta aldea somos muy pobres y no hay agua potable. No podemos estar por él porque salimos a trabajar. Aquí se lucha por la vida”.

El niño pasaba largas temporadas en la selva. Según creen en el hospital donde lo cuidaron, comía hojas, raíces y sus propias heces. Cuando no encontraba alimento, bajaba al poblado.

La enfermera Rivera.

La enfermera Rivera.

Se peleaba con los perros

En la aldea nadie apostaba por la supervivencia del niño. “Yo pensé que estaba muerto”, reconoce una de las vecinas cuando le pregunto por él.

“Vivía en el bosque y a veces bajaba y se quedaba durmiendo debajo de los camiones. No tenía padre ni madre. Nadie lo cuidaba. Pobrecito ese niño”, lamenta en un castellano muy rudimentario.

Cuando se le pregunta por qué nadie ayudó al pequeño, se pone a hablar en quiché, la lengua que usan los indígenas.

Los habitantes de la aldea se desentienden. Nadie quiere hablar del niño igual que nadie quiso darle cobijo. En el hospital contaban que se limitaban a arrojarle sobras de comida debajo de un camión. Allí se peleaba con los perros por los restos de las tortillas de maíz. Luego volvía a la selva.

“Según nos explicaron en la aldea, el niño no bajaba muy a menudo”, explica la enfermera Rivera. “Pasaba la mayor parte de su tiempo en las áreas rurales donde convivía con los animales. Cuando llegó al hospital, tenía la piel quemada por el sol y numerosas cicatrices provocadas por ramas y piedras pero no por el ataque de un animal”.

Un año y medio en el hospital

Al rescatar al niño, el hospital logró localizar a su familia. “Nos avisaron del Gobierno o no sé de dónde porque yo no me enteraba mucho”, reconoce su tío Ricardo. “Nos llamaron y les dijimos que si nos hiciesen el favor de cuidarlo sería mucho mejor”.

El tío desconoce su paradero y no quiere saber nada del pequeño: “Si está bien cuidado, que se quede donde está. Para mí es un gusto saber que está bien, pero que no vuelva porque no podemos mantenerlo”.

El niño se quedó en el hospital de Santa Cruz del Quiché, donde lo lavaron, le cortaron el pelo e intentaron educarlo. “Era imposible”, dice la enfermera Rivera.

Otra de las grandes batallas que mantuvo el personal del centro con Francisco fue la relacionada con la ropa. “Se la quitaba enseguida”, dice Rivera. “Nunca la había necesitado y se desnudaba en cuanto conseguíamos vestirlo”.

No era un niño agresivo pero se lesionaba a menudo arrancándose mechones de pelo. “Su entretenimiento preferido era romper una bolsa de basura de nylon”, recuerda la enfermera. “Le hacía más caso que a los juguetes”.

Francisco estuvo un año y medio en aquel hospital. “Es demasiado tiempo para nuestra institución, que no es un centro especializado para niños con discapacidad”, dice Rivera. “A veces teníamos que dejar de atender a otros pacientes para estar con él. Descuidábamos a los demás pero no estábamos con Francisco todo el tiempo que requería. No hay recursos para todo”.

Todo cambió cuando entró en escena la ONG catalana Vida i Pau.

Un catalán lo salva

Vida i Pau es una ONG de Viladecavalls (Barcelona) que trabaja desde hace 12 años exclusivamente en la región de El Quiché. Su fundador y presidente es Josep Ibáñez (76 años), que fue a visitar al niño ante la petición de la Procuraduría General de la Nación (PGN).

“Nos comunicaron la existencia de un niño salvaje. Requería un internamiento en un centro especializado de la capital pero no había fondos públicos destinados a hacerlo”, recuerda Ibáñez, que ya había costeado el tratamiento de otros niños enfermos del norte de Guatemala.

“Cuando lo vi por primera vez, lo tenían aislado y metido en una especie de jaula de cristal. Fui a tocarlo y la enfermera me advirtió de que estaba lleno de excrementos. Era asustadizo y costaba acercarse a él. Se seguía quitando la ropa. Sólo se dormía en superficies duras. Sobre unas tablas o en el suelo. Le entretenían dándole trozos de plástico con burbujas”, recuerda Ibáñez, que al volver a España movió el caso por varios medios de la provincia de Barcelona.

Un músico de Viladecavalls llamado Lluís Muro se sensibilizó con el caso. Donó una cantidad de dinero que no quiere hacer pública para hacer posible el traslado del niño a la capital y costear su tratamiento. Así llegó Francisco en 2012 al Centro ABI, donde ha evolucionado hasta su estado actual.

Francisco, con su cordón rojo.

Francisco, con su cordón rojo.

Un cordón rojo

“Lo agarro así [lo abraza por detrás] y lo enderezo”, dice la cuidadora Lorena López al explicar cómo consiguió que Francisco caminase erguido. Ella es la persona que pasa la mayor parte del tiempo con él y a quien le debe gran parte de su evolución.

“Cuando llegó aquí, se arrastraba como un animalito y metía la boca en el plato para comer como hacen los perros con el hocico. Ahora ya camina erguido y usa cubiertos para alimentarse”, dice Estuardo Sitaví, uno de los educadores del centro. El niño ha dejado de arrancarse jirones de pelo y de restregarse con sus excrementos. Ya no se lesiona ni se pone agresivo cuando alguien se le acerca.

La clave para mantenerlo tranquilo es “que tenga siempre en las manos su pita roja y sin nudos”. Pita es la palabra que usan los guatemaltecos para denominar a los cordones de los zapatos.

Francisco ha elegido su pita. Es su nueva distracción y su único amigo. En cuanto se despierta, Lorena le ofrece su cordón rojo y Francisco se calma.

Es una de las pocas decisiones autónomas que toma: discriminar su cordón rojo entre otros de varios colores. Es el sustituto de la bolsa de basura y de los plásticos de burbuja que le calmaban en el hospital de Santa Cruz del Quiché. Acariciando la pita roja y haciendo movimientos estereotipados pasa las horas.

“Antes de percatarnos de lo que necesitaba se pegaba. Lo descubrimos de forma casual. Le dimos un cordón rojo y dejó de lesionarse”, rememora Estuardo.

“Tiene un cociente intelectual de cinco que lo sitúa dentro de la discapacidad mental profunda. De hecho, su edad mental es de nueve meses”, explican Gabriela Rodríguez y Leslie Muñoz, las psicólogas del centro. “No habla, sólo balbucea. Por eso le intentamos estimular el oído con instrumentos musicales. Le gusta mucho la música”.

Lorena, Estuardo, Gabriela y Leslie comparten cada día su tiempo con Francisco. Al igual que Norma, su primera cuidadora, consideran que en Guatemala ha alcanzado su tope evolutivo.

“Se necesita una persona que le estimule y esté por él constantemente y para eso hace falta dinero”, coinciden. Pero también creen estaría mejor en otro sitio. “En un país desarrollado, con suficientes recursos económicos y personal dedicado 24 horas al día a él, sería capaz de evolucionar mucho más”, asegura Estuardo Sitaví, que se niega a hacer una predicción: “Yo no le veo límite. El ser humano está hecho para evolucionar y él es un ser humano aunque durante gran parte de su vida no lo hayan tratado como tal”.

Aquí puedes ayudar a la ONG catalana Vida i Pau.