Informar desde el frente

La vida "tirada" de un reportero de guerra, en primera persona

El fotógrafo Manu Brabo vierte su "mala hostia" por la precariedad en la profesión, tras la liberación en Siria de sus compañero.

Manu Brabo junto a un guerrillero

Manu Brabo junto a un guerrillero

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La noche es fresca en la llanura cercana a Bashica, a unos 15 Km de los suburbios de Mosul. Hace unos minutos que las posiciones de los peshmergas kurdos han sido iluminadas por dos bengalas y los soldados están en sus posiciones del frente contra el Estado Islámico. Ante los movimientos sospechosos, las ametralladoras comienzan a abrir fuego. Voy de aquí para allá intentando tomar fotos como puedo. La luz es escasa y no quiero molestar los movimientos de aquellos que defienden esta posición. Tampoco quiero que me hagan un agujero.

Escondido tras unos sacos terreros, siento mi teléfono vibrar en el bolsillo del pantalón constantemente. Me parece extraño. Es tarde para llamadas o mensajes. Quizás se trate de una urgencia, de algún problema en casa. Decido ignorar el combate por un rato y echar un ojo, a ver de qué se trata. Es un mensaje de Eloy Alonso, compañero y fotógrafo de Reuters en Asturias “No hay nada seguro, pero parece que les han liberado. A los tres”.

En ese momento, una alegría enorme recorre todo mi cuerpo y abandono mi posición para irme hasta el otro extremo del puesto avanzado donde Niklas Meltio, fotógrafo finlandés, se pelea con la misma ausencia de luz en un puesto de ametralladora. -“Los han liberado, hermano” “Estupendo”, contesta. Le abrazo, sonreímos y seguimos al lío, yo con una estúpida sonrisa de satisfacción en la boca. Tras 10 meses, mis compañeros, mis volverán a casa. Todo ha quedado en un susto: familiares y amigos volverán a abrazar a los chavales. Correrá el vino.

"Me rebosa la mala hostia"

Al llegar al hotel al día siguiente, lo primero que hago es abrir las web de los diarios nacionales y tratar de comprobar su estado mental y de salud por las imágenes de video que distribuyen. Flacuchos, desubicados, incrédulos a ratos … eso creo imaginar desde los miles de kilómetros que nos separan. Desgraciadamente, sigo leyendo las noticias. Entonces me sobreviene la mala leche: me rebosa mala hostia por los cuatro costados. Todos los medios con los que han colaborado se quieren apuntar el tanto. Antonio nuestro colaborador, las fotos de López para tal o cual. ¿Son los mismos medios que les pagaban una mierda por su trabajo mientras ellos asumían los riesgos? Para apuntarse el tanto les ha faltado tiempo.

Una foto de Brabo en el campo de batalla

Una foto de Brabo en el campo de batalla

Desde entonces llevo madurando la idea de escribir (aunque se que no es lo mío) sobre cuales son las condiciones en las que trabajamos. Poner toda esta mala hostia en datos, en cifras, en ejemplos prácticos con el fin de que el lector sepa cuales son nuestras condiciones de trabajo y, en consecuencia, nuestras condiciones de seguridad. Para que sepan la enorme hipocresía que reina en los medios de comunicación (los de Españistán son un caso sangrante) que, por un lado defienden la libertad de prensa y por el otro atentan contra ella. Llevan a sus profesionales a una precariedad laboral que se traduce, en aquellos que ponemos nuestro pellejo en la primera línea sí o sí, en precariedad en la seguridad.

Al margen quiero dejar nuestras inestables vidas amorosas, los quebraderos de cabeza que regalamos a nuestros seres queridos imponiéndoles nuestra pasión por informar desde sitios de los que quizás nunca volvamos, las terapias o las escapadas artificiales de nuestro PTSD (Trastorno por estrés postraumático)

Familias alarmadas

Cada periodista desaparecido, herido o asesinado es una alarma de incendio que salta en el alma de nuestras madres y novias, de nuestros padres, amigos, hermanos. Todos callan por amor, pero en realidad quieren gritar. “Gilipollas, me estás matando a disgustos”. Y nosotros erre que erre… con la misma canción. Pero todo eso, como quien dice, queda en casa y es aquello con lo que nosotros debemos lidiar y no pasar cuentas a nadie. Tampoco aquí pinta mucho, pero hoy solo vomito, ya me lo editarán.

Así que hablaré en términos puramente económicos, algo que todo el mundo puede entender. Y no hablo de los beneficios; solo unos pocos idiotas están en esto para hacerse ricos. Hablo, como ya he dicho antes, de que para hacer bien nuestro trabajo hace falta una inversión que pocas veces se cubre desde el medio. A nuestras casas también llegan las facturas y las tasas como a todas las demás.

El primer ejemplo práctico que se me ocurre es Iraq, lugar desde el que escribo. No es de los más caros. Tampoco de los más baratos.

Costes inasumibles

Descontados vuelos, un conductor fiable puede costar entre 100 o 200 dólares al día. Un fixer de confianza (fixer es la persona local que habla inglés y con mucha suerte tu idioma y maneja una serie de contactos que nosotros, extranjeros, tardaríamos años en hacer) cuesta la friolera de 200 a 400 dólares. La combinación de estas personas, aparte de poder hacer que las noticias y reportajes se hagan en un tiempo apropiado, también está directamente relacionada con nuestra seguridad. Una mala combinación puede hacer que, por accidente, uno acabe en el lado de la línea donde no es bien recibido. En definitiva, sin una combinación adecuada, uno puede dar con sus huesos en una prisión o en el hoyo con más facilidad.

Brabo en el frente, entre trincheras y ametralladoras

Brabo en el frente, entre trincheras y ametralladoras

Un seguro especializado ronda los 250 dólares semanales. El seguro es el que va hacer que la factura de repatriación, de atención médica, etc., no haga que quedes empeñado de por vida. Como podréis imaginar, un avión medicalizado o el tratamiento por haber pisado una mina no debe ser nada barato. Gracias a Dios, no sé lo que cuesta, pero hay compañeros que si.

Un hotel, sin lujo de ningún tipo, son 25 dólares al día. Comer algo menos. También sin lujos. Una alimentación y un descanso adecuados son esenciales para el buen funcionamiento de nuestro cuerpo y sobre todo de nuestro cerebro. Estar cansado puede llevarte a decidir muchas tonterías y el trabajo que hacemos, sobre todo aquellos que informamos de primera línea, es tremendamente físico. Yo, personalmente, pierdo una media 3 a 5 Kilos por viaje.

Menos seguridad

El gasto de producción de un reportaje de una semana en Iraq, si lo hiciéramos por el libro viene a ser de 600 a 1000 dólares por semana. Obviamente, nos buscamos la manera de bajar los gastos todo lo que podemos. Esto se hace reduciendo gastos en comida, hoteles, transportes, seguro, etc. Esto es, bajando nuestra seguridad y estando espabilados. Tambien empotrándonos con milicias, ejércitos, etc., que por unos días te mantienen y no gastas.

Ir “de tirao”, que se dice, es la única manera de hacer este trabajo rentable. Nos hemos acostumbrado a ello y pocas veces nos quejamos ya. Podría decirse que hasta hemos hecho de la necesidad virtud. Entramos más en la historia, vivimos intensamente con los sujetos objeto de nuestro trabajo. Di que nos gusta, que también. Pero no es una elección como debería ser. Es pura necesidad.

Su argumento, el de siempre: en digital se paga menos (me pregunto porque si implica menos gasto). La crisis del sistema, la falta de publicidad, ese largo etc. de cosas que cuesta creer cuando uno ve el dineral que se pagan por fotos de un falso Hugo Chavez entubado, o por imágenes de tonadilleras, toreros y demás celebrities en tanga. Sin ir más lejos, estaría bien saber cuánto cuesta el despliegue informativo de la próxima Eurocopa. Ahí si. Cada medio tendrá de todo y tendremos mil puntos de vista sobre algo tan intrascendente como 22 millonarios corriendo detrás de un balón, un pulpo que adivina las semifinales, o una familia japonesa que hace sushi y maki con los nombres de los goleadores. Por supuesto, no faltará el concurso de las piernas más largas, las tetas mas gordas y las aficiones más pintorescas (Aclaro, me encanta el fútbol y si juega el Sporting paro la guerra si hace falta)

Por eso cuando los hipócritas se ponen las medallas del dolor de tres compañeros y sus familias por 10 meses (y lo que les queda) también les pediría que dijeran alto y claro cuánto les pagan y que en realidad ese dinero invierte en pulpos adivinos y no en la seguridad de sus “colaboradores”. Pero eso sería hacer periodismo. Por lo que parece, sería mucho pedir.