Xulio Ferreiro

El alcalde inesperado de la marea que tomó el poder

Seis meses antes de ser elegido en A Coruña, Xulio Ferreiro ni siquiera había pensado ser candidato. Así es ahora su vida como alcalde novato de su ciudad.

Xulio Ferreiro

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No se ve un palmo de superficie bajo el despliegue de periódicos que descansan sobre la mesa. Las páginas se mezclan, formando un mosaico de titulares y fotografías. Alrededor están sentados el alcalde de A Coruña, Xulio Ferreiro, su jefe de Gabinete, Iago Martínez y el jefe de Comunicación del Ayuntamiento, Rodri Suárez. 

Es el tridente que encabeza la Marea Atlántica, el movimiento ciudadano convertido en partido que gobierna la ciudad desde mayo de 2015. En el centro de la mesa, abierto con exhibición, un periódico muestra un titular que sirve de eje sobre el que gira la escena: Manuela Carmena: “Tranquilos, no soy comunista”. Son las nueve de la mañana de un martes de septiembre en el pazo de María Pita, la sede del ayuntamiento coruñés.

“Mucha gente cree que tenemos orejas y rabo”, dice Xulio con paso apurado por el pasillo del edificio. Acaba de mantener una reunión con el prior de los dominicos coruñeses, Alejandro Pérez, un hombre de rostro sonriente y arrugado por los años, el pelo blanco y una preocupación en mente: el alcalde sostiene en su programa que el ayuntamiento no participará nunca en actos religiosos.

“Me acaba de preguntar si podrán celebrar la misa de las fiestas del Rosario”, cuenta Ferreiro tras el encuentro, con una mueca de sorpresa. “Le he dicho que cómo no van a poder celebrar una misa. Que claro que pueden, pero que yo no asistiré. Después me ha preguntado si podrán celebrar la procesión. Y otra vez le he tenido que decir que por supuesto que sí, y que estará la Policía Local para organizar todo. El hombre se ha ido feliz. Yo no sé qué esperaba escuchar”.

El alcalde regresa a su despacho y se sienta en uno de los sofás, frente al mosaico de periódicos. El titular sigue ahí: “Tranquilos, no soy comunista”.

Xulio Ferreiro, alcalde de A Coruña.

Xulio Ferreiro, alcalde de A Coruña.

Un triunfo en los penaltis

El partido que gobierna la ciudad de A Coruña ni siquiera existía un año antes de las elecciones. Fue en febrero de 2014 cuando un puñado de activistas sociales decidieron organizarse. Entre ellos, no estaba el actual alcalde: Xulio Ferreiro (A Coruña, 1974) se encontraba entonces apartado de los movimientos ciudadanos, después de lograr plaza de magistrado suplente en Lugo y de ser padre por primera vez.

Aquel puñado se fue convirtiendo en un grupo más amplio que aglutinó asociaciones vecinales y políticas con muchas caras: desde asociaciones de amas de casa “que hablaban castellano” hasta okupas pasando por organizaciones universitarias o cooperativas de vecinos.Ocurrió en junio en 2014. En una asamblea en la Casa Tomada de A Coruña, el escritor Manuel Rivas bautizó involuntariamente a aquel movimiento. Lo tildó voz en cuello como marea atlántica y así se quedó. En ese momento Ferreiro ya acudía regularmente a las reuniones y su voz se fue elevando –“con sosiego y sentidiño”, como dice él mismo– sobre las demás.

En junio de 2014 decidieron dar el paso y perfilarse como partido político. Buscaron la bendición de Podemos, apenas presente en la ciudad. Sus responsables en Madrid les hicieron jurar que no pasarían del nivel municipal y luego les prestaron todo su apoyo. En julio nació el nuevo partido. En A Coruña entonces no los conocía nadie. Diez meses después, ganaban las elecciones en la ciudad.

Durante el invierno de 2015, la Marea Atlántica organizó reuniones y asambleas en distintos barrios de la ciudad. Una tarde de enero, Iago Martínez y Ferreiro se tomaron una cerveza y se propusieron mutuamente como candidatos a las elecciones locales. Como en una peli romántica, casi lo dijeron a la vez. Algo así como: “Quiero que seas candidato!. "Yo más”. Al final Iago convenció a Xulio y desde ese día comenzó a llamarle alcalde.

Al principio sus rivales políticos los ignoraban. Sobre todo el PP, que entonces estaba al frente del municipio coruñés. “Siguieron haciéndolo una vez iniciada la campaña”, según cuenta Iago, el jefe de Gabinete. “En realidad el PP ni nos mencionó hasta el viernes anterior a las elecciones”. No vieron venir la marea y la marea les estalló en la cara.

El alcalde, en el pazo de María Pita.

El alcalde, en el pazo de María Pita.

Según las encuestas, en la última semana de campaña, Marea Atlántica ganaba un concejal al día . “Una gran parte de los que nos votaron se decidieron entre el sábado y el mismo domingo de elecciones”. Ese fin de semana el partido organizó una serie de marchas que confluyeron frente al mar desde todos los barrios de la ciudad. Allí, con el sol cayendo, Ferreiro se subió a un banco y alentó a las masas con improvisado ímpetu. “Imos gañar!”.

“Yo no daba un duro ¿eh? ¿Pero cómo íbamos a pensar que iban a ganar?”. Se ríe Julio, el padre del alcalde. “Pues pensaba, hombre, igual saca cinco o seis concelleiros...”.

Tampoco los amigos parecían convencidos. Lo recuerda Jorge, compañero del instituto del alcalde. “Nos lo fuimos creyendo esa semana previa, pero nadie hablaba de ganar”. En realidad nadie creía en la victoria excepto los integrantes de Marea. “Lo teníamos claro. Todo nos estaba saliendo bien”, dice Rodri Suárez. “Lo que pasa es que los nervios no te los quita nadie”.

Julio y Fina, los padres del alcalde, jugaban con sus nietos mientras A Coruña votaba el domingo 24 de mayo. “De pronto sonó el teléfono y era un amigo”, recuerda Julio. “Me dijo: '¿Viste que están por encima del PP?'. Yo le dije: 'Estás de coña'”.

No estaba de coña. El recuento se convirtió en un partido ajustadísimo: con el 94% del escrutinio, la Marea ganaba por cuatro votos (36.842 por 36.838). Se paró entonces el recuento, a petición del PP, por disconformidades en 15 mesas electorales. Poco importaba ya: el empate en escaños era inamovible y el PP no tenía apoyos. Marea ganaba las elecciones en los penaltis a pesar de que, en el recuento final, se impondría en votos el PP.

Se acabó así un largo periodo de bipartidismo coruñés. Durante años, la ciudad fue un monopolio socialista. Desde 1983 hasta el año 2006 Francisco Vázquez (PSOE) encadenó mayorías absolutas como alcalde de la ciudad. Le pasó después el testigo a su colega Javier Losada, que gobernó hasta 2011, año en el que el PP de Carlos Negreira tomó el relevo. El popular duró una legislatura hasta que le pilló la marea.

“Allí saltaron hasta colegas que eran de derechas “, cuenta un amigo del alcalde refiriéndose al momento en el que se conocieron los resultados. “Joder, fue como si el Depor hubiera ganado un título en el último minuto”.

Composición del Concello de A Coruña.

Composición del Concello de A Coruña.

Muy noble y muy leal ciudad

El pazo de María Pita, sede del Concello de A Coruña, es un pomposo edificio modernista de principios de siglo XX. Está en la plaza del mismo nombre y un lema recorre su fachada: Muy noble y muy leal ciudad de La Coruña, cabeza, guarda y llave, fuerza y antemural del Reino de Galicia.

Por dentro la atmósfera es aristocrática: techos altos, alfombras ostentosas, escaleras de trasnochado tamaño que se curvan bajo pesadas lámparas. En las paredes hay retratos de señores muy serios. Casi todos políticos, la mayoría alcaldes.

Destacan dos: José Fuciños Gayoso y Hernán Martín de Barbadillo. Fueron alcaldes en 1936 y 1937 respectivamente. Fuciños, cuyo aspecto en el óleo encajaría perfectamente en el decorado de una película de Boris Karloff, accedió a la alcaldía tras el fusilamiento de su antecesor, el republicano Alfredo Suárez Ferrín. “Qué cara de buena persona tiene ¿eh?”, comenta al pasar a su lado Rodri, el jefe de Comunicación.

En el despacho del alcalde no están ya ni la bandera de España ni la de Galicia. Tampoco el retrato del Rey. “La ley no obliga, así que lo quitamos”, dice el alcalde. “En el pleno sí que es obligatorio. Tampoco es una cuestión que tenga importancia. Ni siquiera lo comentamos con la prensa. Mira tú lo que se montó en Barcelona por un busto...”.

Ferreiro no usa la mesa destinada a él, sino una situada enfrente. No lo hace porque la silla es una especie de trono de tortura, un asiento imposible de madera maciza con animales tallados. “Me dejaba la espalda, así que prefiero la otra mesa”.

Hay una tercera mesa, rodeada de sillones. Ésa en la que descansan los periódicos del día. Debajo se amontonan libros. A represión franquista na comarca da Coruña; El 15M, una brevísima introducción, de Carlos Taibo; La hora del recreo: erradicar el trabajo infantil en Latinoamérica, de Carlos Spottorno y Fernando Marías; Modesta proposición e outros ensaios, de Lois Pereira; Vivas en nós. Mulleres represaliadas polo franquismo na Coruña.

Ferreiro, en una de las estancia del pazo de María Pita.

Ferreiro, en una de las estancia del pazo de María Pita.

Contrastan los títulos de los libros con el señorial ambiente del pazo. Contrastan también las zapatillas deportivas y los vaqueros de los tres jóvenes que ocupan el despacho. Las caras sin afeitar y las camisas de cuadros. “Ojo, que son de Inditex”, ríe el alcalde. Contrasta, en general, que los chavales ocupen hoy el Gobierno de A Coruña.

Dos caras

“Xulio hace seis meses era una persona anónima”, cuenta Rodri. “Pero en su caso no hubo que construir el personaje. Es tal cual se muestra”. Después precisa: “Tengo que estar un poco pendiente del tema de afeitarse”. “Es que no me gusta”, replica el alcalde. “Aunque reconozco que a veces me veo en fotos y digo: 'Joder, estoy muy gualtrapas aquí'”.

Todos coinciden en que nada ha cambiado en la personalidad de Ferreiro desde que es alcalde. “Siempre fue algo dejado para temas de imagen, se preocupa más por otras cosas. Por cosas importantes, vaya”, cuenta un amigo.

Un ejemplo: después de la reunión con el prior de los dominicos, toca firmar un convenio con el Banco Santander. Ferreiro y un directivo con corbata pasan las páginas del contrato y van firmando cada una de ellas entre los flashes de los fotógrafos. Detrás de la escena, Iago, su jefe de Gabinete, contiene una sonrisa mientras contempla cómo el alcalde humedece con estrépito sus dedos para pasar las páginas del contrato. “Pero hombre…”, le dice después. “¿Cómo pasas así las páginas?”. Ferreiro ríe a carcajadas. “Venga, bajamos a fumar”.

Bajan a fumar un par de veces cada mañana a la entrada del ayuntamiento. Los turistas que hacen fotos en los alrededores no pueden ni imaginar que esos tres jóvenes son los que dirigen A Coruña ahora y que uno de ellos (el que se lía un cigarro) es el alcalde de la ciudad.

Algunos coruñeses tampoco reparan en quién es cuando se cruzan con él. La mayoría sí se fija, y la reacción es casi siempre la misma. Un grupo de chavales cuchichea al verlo, girando las cabezas sin disimulo mientras se alejan. “A veces, cuando tengo un respiro en toda esta vorágine, paro y digo: 'Hostia, que soy el alcalde de Coruña'”.

Trascender de la apariencia de Xulio Ferreiro es encontrar un expediente académico como no conoció otro alcalde coruñés en democracia. “Es un cocazo”, cuenta un amigo. “No suspendió una asignatura en la vida y no era el que más estudiaba ¿eh? El cabrón se lo leía una vez y ya está”.

En selectividad sacó un 9,2 y acudió al Premio Extraordinario. “Yo nunca le tuve que decir que estudiara”, cuenta el padre. “Los profesores me decían que no hacía falta que fuera a las tutorías”.

El alcalde, firmando unos convenios.

El alcalde, firmando unos convenios.

Ferreiro nació en Os Mallos, un barrio popular castigado por las drogas y el desempleo en la década de los 80. Fue a los Escolapios y de niño no tenía ni un atisbo de vocación política. “Yo quería ser conductor de un camión de bomberos, dedicarme a apagar incendios”, cuenta el alcalde. “Bueno, lo conseguiste”, añade entre risas Rodri.

Acudió más adelante al Instituto Puga Ramón, donde lo recuerdan como un chico “retraído, estudioso, pero muy inquieto por la actualidad y la cultura”. Su padre era entonces linotipista en el periódico La Voz de Galicia y su madre, Fina, administrativa y secretaria. Ambos están hoy jubilados. A Ferreiro lo crió, como a tantos otros niños de los 70 y 80, su abuela, que se llamaba Felicidad. Murió hace unos años y fue un golpe para el ahora alcalde.

Quería ser periodista cuando terminó el bachillerato. Pero su padre se lo quitó de la cabeza y acabó en Derecho, en la facultad de A Coruña. Completó un curso por año y ahí comenzó su inquietud política. Primero como miembro de los Comités Abertos da Facultade (CAF), después como representante en el claustro y finalmente como militante en el Bloque Nacionalista Galego (BNG), que abandonaría poco después. Fueron sus años de mayor implicación en movimientos sociales y políticos y aquéllos en los que conoció a la que hoy es su mujer.

En 2002 defendió su tesis doctoral, titulada 'Protección a la víctima en el proceso penal'. Fue primero becario de investigación, luego profesor ayudante y después profesor titular de Derecho Procesal. Entretanto, ganó becas para investigar en Saint Louis y Michigan (EEUU), Ecuador, Chile, Bélgica y Alemania.

Unos años después, nació su primera hija (le seguiría un hermano un año después) y decidió apartarse del activismo político para lograr la plaza de magistrado suplente de Lugo. En 2014 la Marea Atlántica llamó su atención. El resto ya es historia.

Una extraña mezcla

Hay una mezcla en el alcalde. Un equilibrio entre activista social y doctor en Derecho. Una combinación entre chaval de barrio y jurista, entre descamisado y juez. Se libra una batalla para saber cuál de las dos caras se impone en la percepción del vecino coruñés.

“De Xulio destaca la paciencia”. La frase es atribuible a cualquiera de sus amigos. “Escucha, le gusta escuchar”. En su despacho, en las reuniones, en encuentros con concejales, Ferreiro habla poco y escucha mucho. “Se queda con todo”, dice Iago. “De pronto te saca un dato que habías dado de pasada hace meses. Es una esponja”.

Sus amigos se reúnen los jueves a tomar una caña en un bar coruñés, aunque el alcalde, desde que es alcalde, apenas puede acudir. “Pero cuando viene es el mismo de siempre”, cuenta Jorge. “No le gusta discutir, pero si lo hace, aprendes algo. Siempre aprendes algo de él. Lleva un montón de datos en la cabeza. Es difícil ganarle una discusión”.

En el ayuntamiento coinciden. “No le he oído levantar la voz en la vida y créeme que aquí vivimos situaciones de mucha tensión”, dice Rodri. Su padre, Julio, es el único que discrepa. “Conmigo saca el genio pero porque soy el padre”. Y ríe.

En agosto y ya como alcalde, Ferreiro acudió al estreno liguero del Deportivo en Riazor, como cada año desde que era chaval. Es el socio número 5.274 y acude a la grada de General, la misma que ocupan los Riazor Blues, los ultras del Deportivo. Aunque se sienta alejado de ellos, en otra zona. “De joven a veces iba con ellos, ver el fútbol de pie y cantando me encantaba”, cuenta.

Su primer partido como alcalde causó cierto revuelo mediático. En lugar de sentarse en el palco, Ferreiro decidió ir a su asiento de siempre y tomar unas cervezas antes en un bar pegado al estadio con amigos. Entre ellos, por cierto, el alcalde de Santiago de Compostela, Martiño Noriega. “Es que eso no lo vamos a cambiar”, dice Iago. “Él es así, no es un personaje. Pero la gente se queda en detalles en lugar de valorar, por ejemplo, que es juez. Eso no parece importar”.

“Pero si a veces estamos discutiendo en el despacho y le llamo 'neno'”, dice Rodri.. “Le llamo 'neno' al alcalde. ¿Te das cuenta?”. Y Rodri, otra vez, ríe.

Retrato de Ferreiro acompañado de de Iago Martínez y Rodri Suárez.

Retrato de Ferreiro acompañado de de Iago Martínez y Rodri Suárez.

La visión cambia cuando se acude al tendido de enfrente. En el Partido Popular también ven dos caras en el alcalde, pero en un contraste mucho más turbio. "Su cara pública es la que habla de participación y transparencia", explica Rosa Gallego, concejala del PP en A Coruña. "Su otra cara, la que no enseñan, es la de un Gobierno sectario y excluyente como jamás hemos visto en la ciudad".

Según Rosa Gallego, "gobiernan como si tuvieran mayoría absoluta, como un rodillo. Y ni siquiera son el partido más votado de la ciudad. Todo son obstáculos y secretos. Por ejemplo, los presupuestos no los han compartido con nosotros pero sí con el PSOE. A nosotros no nos los dejan ver".

Tampoco el trato, según la concejala popular, es bueno. "Las relaciones entre Gobierno y oposición siempre han sido duras en A Coruña. En esta legislatura también, pero la diferencia es que tenemos que oírles que son participativos y que escuchan. Cuando la realidad es que nos ponen mala cara solo por hacerles una pregunta".

Rodri, jefe de prensa, es claro al dar la réplica: "Es curioso cómo el PP intenta utilizar contra nosotros toda la transparencia que de buena fe aplicamos. Nunca la oposición tuvo tantos medios ni dispuso (por norma, sin tener que pedir) de tanta información sobre la acción de gobierno". Rodri recuerda que, cuando estaba en el gobierno, el PP "fue apercibido por negar información". 

–¿Y lo de que ponéis mala cara?

–A lo que ponemos mala cara es a la falta de educación y el desprecio, de fondo clasista, con el que se expresan incluso hacia el alcalde. Siguen sin aceptar que el tipo de gente común a la que representa la Marea esté gobernando. Poco democrático lo suyo.

Ferreiro y la oposición, en una concentración contra la violencia machista.

Ferreiro y la oposición, en una concentración contra la violencia machista.

Ocho años son una vida

El alcalde suele comer en alguno de los restaurantes o bares que hay en la plaza de María Pita. Después vuelta al trabajo hasta media tarde. Es raro, sin embargo, el día en que la agenda no da un giro de guión y retiene a Ferreiro en su despacho hasta última hora.

“Está muy cansado”, cuenta Iago. “Fue un año muy duro de campaña y sin descanso empezamos a gobernar”.

“Estoy al 50% de energía”, confiesa el alcalde. “Esto es como una centrifugadora. Estás 24 horas pensando en la ciudad. Vas por la calle y te vas fijando en todo. No hay descanso”.

La calidad de vida de Xulio Ferreiro se ha desplomado. Ha pasado de sueldo y horario de profesor universitario a tener una agenda rebosante. Cobra un sueldo de 40.000 euros anuales, 10.000 menos de los que percibía antes de ser elegido alcalde de la ciudad. 

“Lo más difícil para él está siendo el tema de los hijos. Los ve poco y lo lleva fatal”, cuenta Iago. “Él sólo puso una condición para ser alcalde: poder llevar a sus hijos al colegio y pasar una tarde a la semana con ellos y vamos a intentar que lo pueda hacer”. Después resopla. “Pero es complicado...”.

“Xulio es muy familiar”, dice el padre del alcalde. “Y yo le noto bajones porque no puede pasar tiempo con su mujer y sus niños. Su madre está preocupada”. En realidad, Ferreiro parece el alcalde que no quería ser alcalde. “Alguien tenía que hacerlo”, cuenta casi con resignación. “Es obvio que no estoy aquí por interés personal”.La pregunta es obligada: ¿No se ve como candidato las próximas elecciones? La respuesta primera es prefabricada: “Todavía es pronto… Ya veremos”. La segunda, con tono de reflexión, dice mucho más: “Son ocho años… Ocho años son muchos… Es casi la vida de mis hijos”. Julio, su padre, remata: “No los aguanta. Ocho años no los aguanta. Y ojalá que no los aguante porque es una vida muy dura”.

Cuando termina la jornada, Ferreiro coge el autobús urbano para regresar a casa, en el barrio de A Gaiteira. Consulta en la aplicación del móvil cuánto tardará en llegar y una vez a bordo una señora le saluda, le planta dos besos y le muestra su admiración sin soltarle el brazo. “Moi ben neniño, moi ben”.

El alcalde, regresando a casa en el autobús urbano.

El alcalde, regresando a casa en el autobús urbano.

Lo del autobús se ha convertido en los últimos meses en un arma arrojadiza en política. Iago, el jefe de Gabinete, lo resume. “Xulio no necesita coche oficial para ir a casa aunque para otras cosas sí. De momento no lo hemos usado, pero lo haremos. No utilizaremos el Audi A8 que usaba Paco Vázquez [PSOE] y que todavía está almacenado [Carlos Negreira, el anterior alcalde coruñés, del PP, tampoco lo usaba]. Pero usaremos una furgoneta o algo así. Me parece lo más normal del mundo”.

Por la calle Ferreiro espera a que el semáforo se ponga en verde aunque no se atisbe un coche en kilómetros. “Cosas de ser alcalde”, dice sonriendo. “Tienes que estar pendiente de detalles que antes ni pensabas”.

Recuerda una anécdota que tuvo lugar una semana antes. “Estaba cenando con mi familia y mi hijo estaba montándome una de carallo. De ésas que no sabes ya qué hacer. Así que le pegue tres gritos. No le suelo gritar, pero ese día…. La gente se giró y días después me contaron que había rumores de que yo trataba mal a mis hijos. Que les gritaba. Tú fíjate”.

El alcalde va a aprovechar hoy para cortarse el pelo. Es la misma peluquería de siempre. “Las tres últimas citas que pedí no pude venir. A ver si me cogen ahora”. Tiene suerte y mientras le cortan el pelo, una peluquera se asoma y le dice: “Me quitaste el concierto de Miguel Bosé, no te lo perdono”. El alcalde responde riendo. “Te ahorré los 90.000 euros que cobra. ¿Qué te parece?”. La peluquera no se rinde: “Bien los vale”.

Xulio Ferreiro, en la peluquería cortándose el pelo.

Xulio Ferreiro, en la peluquería cortándose el pelo.

La guerra

“Esto es gobernar y aprender a la vez”, cuenta Rodri. “Somos un Gobierno y también un grupo de amigos. No sé si eso es bueno o malo, pero es así”. Todavía tienen cuatro años por delante pero en los meses que llevan al frente no se ha declarado una tregua. No ha habido un respiro.

“Hubo días -cuenta Iago- en los que nos temblaron las piernas. Días en los que dijimos: 'Joder, qué cagada. Allá van 10 millones de euros por un plazo mal estudiado. Se acabó todo, nos hundimos'. Luego lo consultas y te das cuenta de que no es para tanto, que no había el peligro que creíamos”. El vértigo del novato. La responsabilidad de quien, por primera vez, tienen al jefe debajo en lugar de encima.

Más allá de su paciencia, de su relajada imagen o de su capacidad intelectual, hay una característica del alcalde que todos priorizan. “Es muy sentido. Muy sensible”, cuenta un amigo. Y todos, amigos, colegas y familiares, asienten con fuerza cuando se les pregunta sobre ello.

Se lo encontró Iago, su jefe de Gabinete, llorando un día en su despacho. Ferreiro venía de una reunión con vecinos afectados por un proyecto de construcción de un parque ofimático en A Coruña que le explicaron la situación: deudas insalvables, familias arruinadas, vidas que se despeñaban por un pozo. “Lloraba porque no podía hacer nada. No tenemos competencias para ayudarles y estaba hecho polvo”.

“El día del accidente del rally de Carral en el que murieron siete espectadores, estaba muy mal”, recuerda el padre. “Es que es mucho corazón, se cree que la gente es más buena de lo que es y yo creo que para esto hay que tener más mala leche de la que él tiene”.

“Cuando estás dentro”, dice el alcalde, “te das cuenta de lo duro que es. De lo brusco que es todo. No hay normas, casi no hay respeto. Vale todo. Van a por ti. Gente con mucha más experiencia en esto y con malas artes”.

A Ferreiro le quedan por delante cuatro años de legislatura. La ciudad observa con lupa cada paso que dan 'los chavales', preguntándose si están preparados. A Coruña encara una etapa nunca vista.

Está a punto de atardecer y, con el pelo recién cortado, Xulio Ferreiro llega por fin a casa. Todavía queda un rato de día que va a aprovechar para ir al parque con sus hijos, uno de cada mano, preguntando sin parar todo lo que cruza por sus pequeñas e inquietas mentes. Estarán de regreso pronto. Mañana toca madrugar y hay una reunión para reformar los accesos a la ciudad. Su hijo pequeño señala el semáforo cuando se pone en verde. Entonces sí, el alcalde cruza.

Ferreiro, en el ayuntamiento coruñés.

Ferreiro, en el ayuntamiento coruñés.