obituario

La alcaldesa que murió en el destierro

Ferrer Molina y Mariano Gasparet

La muerte le ha llegado a Rita Barberá a los 68 años en un hotel de Madrid, alejada de Valencia y apartada del PP, es decir, desterrada y sola, por más que su hermana y su sobrino estuvieran junto a ella cuando le sobrevino el infarto fatídico. El lunes negó en el Supremo que participara o siquiera conociera la financiación irregular de su partido en Valencia, un caso por el que ha sido imputado al completo su último equipo municipal.

Hija de periodista y periodista ella también, con 28 años se afilió a Alianza Popular y se olvidó de los micrófonos y de las máquinas de escribir. A Manuel Fraga no le cayó particularmente bien, pero antes de cumplir los 40 ya era cabeza de lista a la Generalitat. Perdió, pero cuatro años más tarde se presentó como candidata a la alcaldía de Valencia y se hizo con la vara de mando gracias a un pacto con los regionalistas de Unió Valenciana.

La muerte de Rita -así la llamaba todo el mundo, excepto sus colaboradores, que se referían a ella como La Jefa- guarda cierta similitud con la de Vicente González Lizondo, el líder de Unió Valenciana que le sirvió el trampolín en el momento oportuno para catapultarla a una larga y exitosa carrera política.

A Lizondo, hombre apasionado, le sobrevino un infarto fulminante en pleno uso de la palabra en el Parlamento autonómico cuando, tras ser expulsado de la formación que había fundado, tenía que intervenir desde la bancada del grupo mixto. A Barberá, suspendida de militancia hace dos meses por el partido que ayudó a levantar con sucesivas mayorías absolutas, la muerte la sorprendió horas antes de ocupar su escaño en el grupo mixto del Senado.

Valencia ha tenido en la etapa democrática dos alcaldes que han transformado sus hechuras. En los ochenta, el socialista Ricard Pérez Casado. Fue el primero que creyó en las posibilidades de la ciudad y quien se propuso ubicarla entre las principales capitales europeas, aunque con más ideas y proyectos que dinero. Su principal legado fue el Jardín del Turia, convertido hoy en uno de los parques urbanos más grandes y el mejor aprovechado de España.

Rita Barberá culminó aquel sueño. Valencia, marginada durante décadas de las grandes infraestructuras, se desquitó merced a una política de inversiones que los valencianos recibieron como la justa compensación a un agravio histórico. Fueron los años de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, de Feria Valencia, de la Copa América, de la Fórmula 1, de la Ópera... cuando casi cualquier gasto parecía justificado por aquello de la proyección internacional de la ciudad. Zaplana, primero, y Francisco Camps, después, estuvieron al lado de la superalcaldesa.

Valencia se puso en el mapa a la misma velocidad que se vaciaban las arcas autonómicas y municipales -que no del Estado-, y se multiplacaban los números rojos. Eran tiempos de bonanza y nadie pensaba entonces que la fiesta pudiera terminar. El PP llenaba Mestalla para recibir a Aznar, y Barberá se permitía saludar en suajili al estadio: "¡Hakuna matata!". Luego reventaría las plazas de toros, incluso con Rajoy.

Rita se convirtió en un icono. En muchos hogares valencianos, no necesariamente conservadores, era un referente. Había pasado a formar parte del paisaje, como la playa de la Malvarrosa o la Albufera. Rita con sus vestidos rojos. Rita y sus cuentas de perlas. Rita y sus carcajadas estentóreas. "Alcaldesa de España", la llamaron. Símbolo de la imbatibilidad del PP.

Pero llegó la crisis y la fiesta terminó. Pudo librarse del ocaso de Camps pese a los indicios que apuntaban a que ella también había sido agasajada por la banda de El Bigotes. Si lo del presidente de la Generalitat fueron cuatro trajes, lo de la alcaldesa no llegó a tres bolsos. A Rita no le interesaba el dinero sino el poder. Tras 40 años en política su patrimonio personal no ha experimentado incrementos dignos de reseñar.

En el episodio del "caloret", su último discurso en las Fallas, Rita parecía una caricatura de lo que fue. Había pasado un cuarto de siglo y ni ella era la misma ni la ciudad tampoco. Despertó a la realidad en la noche electoral de las municipales de 2015. Desencajada, un micrófono abierto captó su reacción: "¡Qué hostia! ¡Qué hostia!".

Estar imputada, tener cámaras permanentemente bajo su casa y verse apartada de su partido, la hundió. En poco más de año y medio pasó de estar en la cumbre a perder todo el reconocimiento que acaparó. Su deterioro físico era palpable. Su familia ha reconocido que estaba medicada.

Visto ahora, reunía todas las características para que le fallara el corazón. Exagerada en las filias y en las fobias. Simpática cuando quería. Llana. Con un carácter abrupto. Mala encajadora de la crítica. Espontánea. Autoritaria. Mujer de armas tomar. De las de salirse siempre con la suya. Y fumadora. Tampoco hacía ascos a un buen trago.

Si hubiera que juzgarla por los últimos años sería imposible absolverla. Permanentemente peleada con el mundo. Persiguiendo fantasmas. A la caza de periodistas incómodos. Ensoberbecida. El tiempo exageró sus defectos.

Pero hubo otra Rita. La que se propuso cambiar una ciudad y lo consiguió. A lo grande. La que se deba baños de multitudes. La que se echó al PP a sus espaldas y trituró a la izquierda. La que pudo ser ministra de lo que hubiese querido. La política arrolladora a la que todas las vendedoras de los mercados de Valencia querían besar.

En aquellos tiempos de vino y rosas nadie hubiera podido imaginar que Rita Barberá Nolla moriría abandonada por los suyos y lejos de la ciudad a la que se entregó y que, en reciprocidad, todo le dio.