La tribuna

Comités de Defensa de la Revolución ¡en Madrid!

Ernesto Hernández Busto
Lavapiés

Ilustración

  1. Manuela Carmena
  2. Ayuntamiento de Madrid
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  6. Ahora Madrid

Leo con sorpresa que la señora alcaldesa de Madrid se ha inventado un nuevo modelo de seguridad para esa ciudad donde gobierna a golpe de anuncios espectaculares. Permítaseme rectificar: doña Carmena no ha inventado nada. El sistema político-policial que ha decidido implantar en los barrios de la ciudad está ya inventado hace mucho en una isla del Caribe: son los CDRs o Comités de Defensa de la Revolución.

El ahora llamado gestor de barrio es nuestro viejo conocido, el “jefe de Zona”, que lo mismo denuncia si hay extranjeros de visita en alguna casa que llama a la policía para que arresten a los rockeros del grupo disidente Porno para Ricardo. Con el pretexto de luchar contra la inseguridad y la delincuencia -que fue el mismo que usó Fidel Castro el 28 de septiembre de 1960, cuando fundó la más conocida y longeva de las “organizaciones de masas” en la isla- un Ayuntamiento descolocado ha diseñado una estructura paralela a la ya existente en seguridad, servicios sociales y judicatura, pero en plan “aldea gala progre”.

Algo semejante sólo ha podido funcionar en un régimen totalitario, donde los jurados vecinales son “ojos” del poder central

Las ganas revolucionarias de esta izquierda radical son tantas que se atropellan y, como las penas de la famosa canción de Sindo Garay, se agolpan unas con otras y así no nos hacen demasiado daño. Eso sí, gastan el presupuesto público. Tales “planes piloto” engendrados por la siesta del sentido común fracasarán, por supuesto, porque algo semejante sólo ha podido funcionar de manera regular bajo un régimen totalitario, en donde lo jurados vecinales son sencillamente los empleados y “ojos” del poder central.

La base de este despropósito, lo que sirve de antecedente común tanto a los comités cubanos como al programa de seguridad de Carmela para Madrid no es otra que el jesuitismo. En el mundo secularizado donde la historia hace mucho reemplazó a Dios como referencia del destino de los hombres, aparecen con frecuencia nichos perfectos donde se acomodan tanto los nacionalismos como esas ideologías que hablan siempre en nombre del bien común. Antes eran grandes proyectos de sistemas perfectos, encarnaciones grandiosas de la utopía. Ahora, que al menos en Europa se ha visto con claridad a dónde conducen esas alamedas del futuro, el jesuitismo encarna en una serie de absurdos comunitarios y biempensantes, una suerte de ecología del alma.

En la extrema izquierda siempre hay alguien que defiende el control comunitario disfrazado de las mejores intenciones

Raspen la piel de la extrema izquierda y encontrarán siempre un nervio eclesiástico. Lo mismo en aquellos Castro que fueron alumnos del colegio Belén, que en todos los que han encarnado las variantes sucesivas del lema Cum Ecclesia omnia, sine Ecclesia, nihil, o defendido el control comunitario disfrazado de las mejores intenciones. Ahora, en Carmenaville, los delincuentes y víctimas “tienen la oportunidad de encontrarse con el entorno social donde se cometió la infracción, reconocer su culpa y acordar conjuntamente vías para restaurar el daño hecho a la comunidad”.

Vale la pena ahondar sobre esa figura emblemática, esa nueva nómina que representa el “gestor de barrio”. Echando mano de la jerga de la era digital, el Ayuntamiento lo define como un “community manager que dinamiza la participación ciudadana, la convivencia y la colaboración entre servicios”. En realidad, es una suerte de Gran Inquisidor dostoievskiano sin contenido de trabajo preciso, pero con un organigrama que ocupa tres pantallas de Power Point. En cuanto a la policía alternativa que encarnarían los “círculos de custodia ciudadana”, uno se la imagina como una tuna con porras, fenómeno aciago en cualquier ciudad y bajo cualquier gobierno imaginable.

Lo peor que podría pasarle a los madrileños es que se les imponga esa mezcla de vigilante y confesor como un remedio

No vivo en Madrid, aunque voy a menudo. Celebro en esa ciudad la mezcla, aún amable, de barrio provinciano y urbe moderna. Nunca me ha parecido una ciudad especialmente peligrosa. Me encanta Lavapiés, y aunque hay gente pobre y jodida (perdón, quería decir “las bolsas de ciudadanos vulnerables y en riesgo”) como en muchos otros barrios del mundo, lo peor que podría pasarle a los madrileños es que se les imponga esa mezcla de vigilante y confesor que algún brillante cerebro educado en los malos hábitos de las revoluciones longevas ha conseguido disfrazar ahora de remedio. Nadie tiene que “gestionar la convivencia”, allí donde la convivencia es sencillamente la vida privada de una comunidad.

Al menos yo, que viví una buena parte de mi vida en un sistema “perfecto” de esos, cuando oigo hablar de Programa Comunitario (lo mismo si es de Seguridad, que de Alimentación, distribución de Juguetes o Condones gratis) me voy preparando para lo peor.

*** Ernesto Hernández Busto es ensayista cubano.