La tribuna

Pese a todo, Europa tiene futuro

la democracia en Europa

Ilustración

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Un referéndum puede ser la manera más sencilla de resolver un problema complejo. Un referéndum puede ser también la manera más sencilla de hundir tu moneda, de asomarte a una recesión, de abrir la puerta a tu desmembramiento territorial, de poner en peligro las relaciones con tus vecinos, de hundir a los dos principales partidos políticos y, lo que es más grave, de plantar las semillas del odio entre los distintos grupos que componen tu sociedad.

A la hora de reflexionar acerca de lo que ha sucedido en Reino Unido y qué nos indica acerca del mundo en el que vivimos, podemos perfectamente partir de la idea de que la democracia -dicho así, en general- no tiene la culpa de lo sucedido. Resulta evidente que la democracia es un instrumento, y que, como tal, se puede usar tanto para tomar decisiones sensatas como para arrojarse por un acantilado. Esto es cierto tanto en unas elecciones municipales como en un referéndum nacional.

Sin embargo, lo que ha sucedido en Reino Unido nos demuestra lo frágiles que son los cimientos sobre los que sostienen nuestras abigarradas y complejísimas sociedades democráticas, y lo destructivos que pueden resultar algunos de los procesos -como la toma colectiva de decisiones- que deberían mantenernos unidos. Y esto es algo que,  acercándonos a la situación presente, nos obliga a pensar en los nuevos cimientos que permitirán al proyecto europeo sobrevivir a esta crisis.

Es difícil calcular la fuerza destructiva que el 'brexit' tendrá, a corto y medio plazo, en Reino Unido, empezando por la economía

En cuanto a la complejidad de los procesos de la democracia, es difícil exagerar la fuerza destructiva que el resultado -impecablemente democrático- del referéndum tendrá, a corto y medio plazo, en Reino Unido. El efecto más visible el viernes fue, por supuesto, el económico, con el desplome de la libra y de los mercados tras conocerse el resultado. Las principales figuras de la campaña del brexit se apresuraron a salir a la palestra en la mañana del viernes para explicar que esto eran problemillas coyunturales: a los mercados no les gustan las sorpresas, y en cuanto se les pase el susto todo volverá a la normalidad.

No deja de ser paradójico que quienes animaron a los votantes a desoír los consejos de los economistas -mayoritariamente favorables a la permanencia en la UE- pidan ahora que se haga caso a sus predicciones acerca del mercado bursátil. Pero además, su análisis se basa en la premisa de que el propio Reino Unido regresará pronto a una cierta estabilidad. Y esto no va a suceder.

No se trata solamente de la crisis de liderazgo en los dos grandes partidos, con la salida de Cameron y el descrédito de un Corbyn incapaz de convencer a sus propios votantes de que apoyaran la causa del bremain. Mucho más conflictivas prometen ser las ramificaciones territoriales: los nacionalistas escoceses ya han planteado la necesidad de un segundo referéndum independentista, con el argumento de que Escocia ha votado unánimemente a favor de permanecer en la UE y no debería tener que abandonarla por culpa del mayor peso demográfico de Inglaterra.

El voto a favor del 'brexit' ha sido, mayoritariamente, un voto de rechazo a la inmigración proveniente de la UE

Más impredecible aún resulta la situación en Irlanda, donde habrá una gran resistencia ante el restablecimiento de una frontera “real” entre el Ulster y la República. Recordemos que el acuerdo de Viernes Santo sigue siendo bastante reciente (se alcanzó en 1998), y que hasta su firma los Irish troubles habían dejado un saldo de más de 3.500 muertos y cerca de 48.000 heridos. La sociedad norirlandesa sigue viviendo en una paz tensa, e incluso antes del referéndum ya empezaron a saltar las alarmas ante la posibilidad de que el brexit trajera consigo un regreso a la violencia.

Más intangible en cuanto a análisis cuantitativo, pero indudablemente real a nivel de calle, está la cuestión de la cohesión social. El voto a favor del brexit ha sido, mayoritariamente, un voto de rechazo a la inmigración proveniente de la Unión Europea. Esto no sale gratis: estamos hablando de comunidades muy grandes (sólo los polacos residentes en Reino Unido sobrepasan los 800.000) que han recibido de pronto esta bofetada de parte de sus vecinos, sus jefes, sus compañeros de trabajo, los otros padres del colegio de sus hijos.

Los líderes de la campaña del brexit pueden decir que no van a echar a los inmigrantes que ya están en el país, que sólo les preocupan los que podían llegar en el futuro: pero no serán pocos los que votaron esa opción con la idea de que debía tener un efecto retroactivo. Y ¿quién puede predecir la futura ira y frustración de estas mismas personas, quienes sin duda pensaron que una salida de la Unión Europea supondría un rápido cambio a mejor en su situación laboral? Todo esto por no hablar de las profundas divisiones generacionales y socioeconómicas que ha revelado el referéndum. Recomponer la cohesión social después de esto será una tarea titánica.

La cuestión más compleja a la que nos enfrentamos es la enorme fragilidad que ha mostrado el proyecto europeo

A estas alturas hay que precisar que nada de esto era necesario. El referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea no fue más que una jugada calculada de Cameron, quien creyó que los votos que le robaban los euroescépticos eran imprescindibles para ganar una mayoría absoluta. Por ¿un millón? ¿medio millón? de votos Cameron se apuntó al carro del referéndum; y por la ambición de convertirse en próximo líder del partido conservador, Boris Johnson decidió dedicar su talento a liderar la campaña del brexit.

Es, por tanto, profundamente naïf pensar que el resultado del referéndum se debe a un sentimiento latente que siempre estuvo ahí, establecer una teleología del Brexit y, por extensión, del euroescepticismo. Una victoria del 51.9%, cuando hace menos de un año la gente comprometida con la salida de la UE no llegaba al 40%, muestra que, de haberse realizado el referéndum en otro momento, en otras circunstancias o con una estrategia de campaña diferente, el resultado podría haber sido muy distinto. Esto, junto a todo lo ya mencionado, es lo que nos debe llevar a reflexionar acerca de la manera en que utilizamos los mecanismos democráticos.

Pero sin duda la cuestión más compleja a la que nos enfrentamos es la enorme fragilidad que ha mostrado el proyecto europeo. El brexit pone fin a muchas de las premisas y creencias sobre las que se ha cimentado la integración de nuestro continente. Durante décadas se pensó que la cooperación económica sería, por sí sola, el pegamento que iría erosionando de manera irreversible las divisiones provocadas por los nacionalismos y la xenofobia. Se ha repetido hasta la saciedad que el estado-nación se estaba vaciando, que vivíamos en la era posnacional. Y, a pesar de todo, el viernes Nigel Farage podía proclamar que en el referéndum habían ganado “la fe en la nación” y la Europa de “Estados soberanos”.

La nación sigue ofreciendo una identificación sentimental mucho mayor que la que ofrece ese ente llamado Europa

Hay que aceptarlo: a día de hoy la nación sigue ofreciendo, para la mayoría de ciudadanos europeos, una identificación sentimental mucho mayor que la que ofrece ese ente difuso que llamamos Europa y que hemos tratado de organizar a través de la UE. Esta es la batalla en la que se perdió realmente al Reino Unido para la causa europeísta: la batalla identitaria, el sentimiento de que pertenecemos a un todo que es mayor que las partes que lo componen, y al que, cuando vienen mal dadas, tenemos el deber de reformar y no de abandonar. Cierto que los británicos, por ciertas peculiaridades de su identidad nacional (como la obsesión con su propia insularidad), siempre iban a ser un hueso duro de roer para el europeísmo; pero el auge del euroescepticismo en otros países muestra que no se trata ni mucho menos de un caso aparte.

Ante esta encrucijada, creo que la única forma de dar una mayor densidad al proyecto europeo es precisamente reivindicarlo como una identidad. Esto resulta sumamente arduo en un continente tan irreductiblemente plural, en todos los aspectos, como el nuestro; es difícil saber por dónde empezar a la hora de reivindicar una cultura europea en la que todos nos podamos sentir reconocidos, o cómo sobreponerse a una historia que se divulga casi exclusivamente en base a guerras y masacres de unos contra otros.

Pero no debería ser imposible elaborar una identidad basada en la ciudadanía, en un concepto de pertenencia cívica que no se detiene ante las fronteras nacionales. Una aceptación de una serie de derechos y de deberes comunes que unen a norte y sur, este y oeste, en un proyecto del que todos debemos formar parte de forma activa y crítica. El voluntarismo sale gratis, por supuesto; pero, lo queramos o no, el rescate del proyecto europeo se ha convertido ya en un desafío histórico del que no nos podemos esconder.

*** David Jiménez Torres es doctor por la Universidad de Cambridge y profesor en la Universidad Camilo José Cela.