La tribuna

Por qué Cataluña

Por qué Cataluña

Ilustración

¿Qué sentido tiene escribir otro artículo sobre Cataluña? ¿Qué puede decirse que no hayan dicho veinte más antes? De la dimensión económica a la mitológica y de la europea a la lingüística, todos los pormenores del problema han sido diseccionados a ambas orillas del Ebro. La mayoría de los textos sobre Cataluña podría catalogarse en dos tipologías según la intención de sus autores: la de aquellos que buscan contemporizar, a riesgo de confundir la ecuanimidad con la equidistancia, y la de quienes creen poder demostrar que tienen razón.

No cuento entre mis virtudes la del equilibrista en el alambre y jamás tengo razón, salvo cuando de fútbol se trata. En política, además, poco importa tener razón. La política es la gestión de intereses diversos y a menudo enfrentados para hacer posible la convivencia. Esto no quiere decir que haya que dejar de señalar “las cuentas y los cuentos y la independencia”: tomen mis palabras como una torpe declaración de incompetencia para contribuir a tal empresa. Pero, después de leer decenas de tribunas sobre Cataluña que reconfortaron mi seguridad de estar en el bando correcto, quedaba siempre, irresuelta, la misma pregunta: ¿por qué Cataluña?

No cabe afirmar que la deriva secesionista sea inaplazable: ningún proceso político es irreversible

Tener razón no basta para detener la progresión del nacionalismo, pero tampoco cabe afirmar que la deriva secesionista sea inaplazable: ningún proceso político es irreversible, bien lo saben en Canadá. En realidad, Cataluña no es tan distinta como sus patrocinadores creen. Este nacionalismo de masas que se extiende desde Quebec hasta Xinjiang tiene un origen moderno, es una invención tardía: no tiene ombligo, nos dirá Gellner. La politóloga Laia Balcells se preguntó por qué el nacionalismo había prendido en la Cataluña española y no así en la francesa. Su conclusión fue que, en el caso galo, la primera generación de hombres alfabetizados se había educado en el francés, mientras que, a este lado de los Pirineos, esa primera instrucción tuvo lugar en catalán.

Es evidente que la lengua tiene un peso relevante en las actitudes hacia el nacionalismo, pero el dato de la alfabetización nos está dando más información valiosa. Si la primera formación que recibieron los catalanes fue en catalán sucedió porque el Estado español no fue capaz de tejer un sistema educativo que proveyera una doctrina y una cultura nacional homogéneas. Todavía en 1900, el 43% de la población adulta era analfabeta en España. Este fracaso educativo entronca con otro de mayor envergadura: una revolución industrial tardía y desigual que da cuenta del atraso técnico en que se sumía el país en un momento en el que la construcción nacional estaba en juego.

El nacionalismo catalán es históricamente un movimiento clerical y de reacción contra la modernidad

En efecto, como ha señalado Gregory M. Luebbert, uno de los problemas de España a finales del siglo XIX era que existía una asimetría entre el poder político, que ostentaba la atrasada Castilla, y el poder económico, que encontraba mayor pujanza en la periferia industrial, especialmente en Cataluña, Valencia y País Vasco. Esto convertía el caso español es una trampa sin salida: el atraso solo podría revertirse con una redistribución del poder político hacia las regiones más prósperas, pero, al mismo tiempo, los clivajes estructurales impedían una alianza entre el poder central y el periférico.

Allí donde se intentó, como fue el caso del acuerdo entre los conservadores de Maura y la Lliga Regionalista de Cambó, la fractura política se ensanchó. Cuando Cambó antepuso el mantenimiento del orden social a la reivindicación estatutaria para Cataluña, esto es, cuando otorgó mayor peso a la dimensión ideológica que al eje centro-periferia, su partido se fragmentó. De aquellas escisiones nacería el Estat Català de Macià, que más tarde se uniría al Partit Republicà Català de Companys para dar lugar a ERC. Esquerra sería la tumba de la Lliga.

El nacionalismo catalán, que históricamente había sido un movimiento marginal, clerical, tradicionalista y de reacción contra la modernidad, iba ganando apoyos entre la burguesía industrial y las clases profesionales, especialmente a partir de 1898, tras la pérdida de las colonias, que había supuesto un varapalo importante para los intereses textiles catalanes. La tensión territorial escalaría en los años siguientes, alcanzando su punto álgido con la proclamación de Companys, en 1934, del “Estado Catalán dentro de la República Federal Española”. Todo ello sin perjuicio de que, muy poco antes, la burguesía catalana hubiera saludado con aspavientos al dictador Primo de Rivera. Años después, ya en lucha fratricida, Negrín dirá: “No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino”.

No deja de sorprender que las élites políticas hayan emprendido el 'procés' dando la espalda a Barcelona

A pesar de las palabras del doctor, el nacionalismo catalán era entonces minoritariamente secesionista y, más que con Barcelona, tenía que ver, efectivamente, con lo rural. No ha sido sino en los últimos años cuando, espoleado por la crisis y jaleado por el aparato propagandístico de la Generalitat, el separatismo ha ido creciendo hasta aproximarse al 50%. Hay algo, sin embargo, que permanece: Barcelona, su gran capital, no ha abrazado el independentismo. No deja de sorprender que las élites políticas catalanas hayan emprendido el procés dando la espalda a Barcelona, marginado a la que debiera ser su joya mimada y orgullosa. Que el elegido para pilotar el nuevo tiempo político sea el exalcalde de Gerona no añade sino nueva evidencia de lo poco que cuenta la ciudad condal para los nacionalistas.

Dice Luebbert que un reparto de poder más equitativo con Barcelona habría resuelto muchos de los problemas políticos y económicos de España al terminar el siglo XIX y alborear el XX. Quizá estemos a tiempo de enmendarlo. España faltó a la cita con la historia cuando se trataba de construir el Estado-nación moderno. No fallemos también ahora, en los días del Estado-miembro europeo, en la tarea de perfeccionar la integración. Los mecenas del sectarismo y la tribu deben saber que Barcelona será siempre diversa, universal, obrera, burguesa, políglota y, ¡ay!, turística. Que la ciudad se asfixiaría en la estrechez de un reino de taifas. Que Barcelona está llamada a liderar, de la mano de Madrid, los retos de un país del siglo XXI. Y que, en el siglo XXI, el etnosimbolismo y el folclore solo gobiernan en los museos de antropología.

***Aurora Nacarino-Brabo es periodista y coautora de '#Ciudadanos: Deconstruyendo a Albert Rivera'.