Libro primero, Camino del 36

El regreso de Indalecio Prieto

(10 de diciembre de 1935, martes)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

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  2. Opinión
  3. Indalecio Prieto

Resumen de lo publicado.-Joaquín Chapaprieta presenta su dimisión. Indalecio Prieto vuelve a Madrid y visita el panteón de Pablo Iglesias.

-Pues aquí estamos, don Pablo, otra vez en la capital. Ya sé que el aniversario de su muerte fue ayer, pero no pude venir. Así hablamos más tranquilos. Se preguntará usted quién me aloja esta vez, y no se lo voy a decir, no sea que se le escape alguna indiscreción, con tanta gente que viene a visitarle… Es una broma, don Pablo, no se lo tome a mal. El piso me lo deja un simpatizante socialista y está en la propia calle de Ferraz, no lejos de nuestra sede, de modo que aquí me tiene usted, otra vez en los madriles...

Nada más instalarse, lo primero que había hecho había sido desplazarse en tranvía a través de este Madrid con el que volvía a entrar en contacto al cabo de un año de exilio, para visitar en el viejo cementerio civil el panteón de Pablo Iglesias. Allí depositó la rosa que traía. El día había salido tristón y el abrigado Indalecio Prieto destacaba por su físico masivo delante del pequeño panteón a la entrada del cementerio. Era lo primero que te encontrabas. A sus pies había media docena de jarras llenas de rosas. A esas horas apenas se veía a un par de familias delante de una tumba esquinera. Las de Salmerón y Pi i Margall, vecinas de la de Pablo Iglesias, rivalizaban con este, pero Prieto les seguía dando la espalda.

Don Inda era bajo, corpulento y calvo. En sus tiempos de ministro, cada vez que se sentaba en el banco azul, su enorme cara, con su doble barbilla y sus pliegues producían una impresión de ordinariez tremenda. Pero en cuanto se ponía en pie para hablar se producía una transformación y su voz sonaba como un clarín. Al embajador norteamericano, sus ademanes y ese crescendo al final de los periodos le recordaban a Burke Cockran. Los discursos los aderezaba con resonantes golpes de puño sobre el pecho o virulentas palmadas en el muslo, cuando quería impresionar al adversario. Prieto tenía una personalidad poderosa y una naturaleza generosa e impulsiva que lo convertía en un compañero divertido y alguien generalmente ponderado, lo que no dejaba adivinar el monstruo de oratoria que llevaba dentro. Lleno de agudeza, sarcasmo, humor, invectiva y burla, era un maestro en la sicología de masas. Tenía un talento natural extraordinario y una capacidad de asimilación única. Cada vez que un técnico le explicaba una cuestión complicada, al día siguiente era capaz de exponerla como el más experto. Era alguien que había devorado y asimilado todo lo escrito por Pablo Iglesias, de quien había aprendido el arte de la claridad, la rectitud y la sencillez.

-Acabo de llegar, maestro, y hay muchas cosas que van a cambiar… Va a haber movimiento en la Villa… Hemos desenmascarado por fin al truhán de Lerroux y ya no aguantarán mucho ni él ni el resto de esos fascistas que ocupan el Parlamento. Ya verá, maestro, cómo volvemos en breve a ser dueños de la Cámara. Será un triunfo para todos los socialistas. Y yo, cuando ocurra, se lo dedicaré a usted…

Prieto sintió siempre una afinidad especial con Iglesias. Desde muy joven, viviendo todavía en su Bilbao natal, había sentido un cariño infinito por el fundador del Partido. La afinidad era también profesional. Él no era tipógrafo, como el Abuelo, pero había sido taquígrafo –así aprendió la oratoria, tomando nota en el Congreso y cogiéndoles sus trucos a los mejores parlamentarios, impregnándose de su cultura y sus referencias- y había acabado vinculado a la política a través de los rotativos. Además de colaborar como columnista en varios medios, con la edad había comprado El Imparcial, diario que utilizaba para vocear sus opiniones. Aquella actividad había sido muy notable durante su reciente exilio en Francia, donde, falto de los recursos que procura la cercanía al poder, aprovechó para escribir y reflexionar sobre la mejor manera de reconquistarlo.

-Y esta vez, don Pablo, el triunfo será rotundo y definitivo –concluyó, sonriendo satisfecho para sus adentros.

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