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Ilustración

"Una andaluza de Jerez de la Frontera defiende la autonomía catalana frente al embate soberanista". Semejante titular, plausible donde los haya, merecería haber visto la luz entre la fronda de noticias que estos días se han ocupado del drama que acaece en el Parlament.

Inés Arrimadas, en efecto, se ha constituido en azote de Artur Mas y su patulea, entre la que incluyo a la CUP y aun a CSQEP. Cuando, el pasado 3 de julio, y coincidiendo con su trigésimo cuarto cumpleaños, se convirtió en candidata a la presidencia de la Generalitat por Ciudadanos, el recelo se apoderó de quienes creíamos que la amenaza nacionalista aconsejaba, casi exigía, que Albert Rivera se embutiera en el traje de Superman y compareciera en la contienda. Arrimadas, a qué engañarnos, no inspiraba confianza, ya fuera por su inexperiencia en grandes lides, por su aparente fragilidad o por esa ronquera que parece preludiar una fatal afonía.

A mediados de julio, entrevisté al eurodiputado Juan Carlos Girauta para el libro Alternativa naranja (Debate), que firmo con el periodista Iñaki Ellakuría. Preguntado por Arrimadas, Girauta me aseguró que estábamos ante una de las figuras más prometedoras del panorama político español. "Inés", prosiguió, "no sólo es brillante; además, es una de las personas más perseverantes que he conocido; en las reuniones de la ejecutiva, por ejemplo, defiende sus puntos de vista con un empeño extraordinario; y créeme, como rival puede llegar a ser terrible, agotadora. A mi juicio, Artur Mas tiene un problema. Además, el hecho de que sea mujer le va a dificultar aún más la papeleta, porque conociendo a Mas, no va a saber qué trato dispensarle para no ser descortés. En definitiva, un problema; si no, al tiempo".

Ciertamente, Girauta no se equivocaba, pero es probable que ni siquiera él sospechara entonces que Arrimadas se desempeñaría con el aplomo con que lo viene haciendo. Sus andanadas de cordura han restituido la dignidad del cargo de jefe de la oposición, que Oriol Junqueras degradó hasta lo inverosímil durante la pasada legislatura.

Por lo demás, basta imaginar en qué se habrían convertido las sesiones del Parlament sin las intervenciones de la gaditana para aquilatar debidamente la influencia de Ciudadanos en la vida pública catalana, una influencia que, a mi modo de ver, se resume en la certidumbre de que España es hoy, diez años después de que quince intelectuales divulgaran el manifiesto fundacional de la organización, un país mejor. Cuando menos, sigue siendo el país que era en 2005.

Asimismo, la proyección de la figura de Arrimadas sobre los veintitrés años anteriores a la emergencia de C's explica a la perfección por qué algunos comentaristas tildamos la autonomía catalana de "régimen", dicho sea no en el sentido de ausencia de democracia, sino en el de fallo clamoroso en la calidad de la misma. ("¡El régimen del 78!", vocea el podemismo con ánimo de denigrar la monarquía parlamentaria, sin percatarse de que el único régimen que se tiene en pie en España es, precisamente, el catalán).

No en vano, entre 1980 y 2006, el PSC, abducido por el complejo ancestral de la izquierda, esto es, la identificación de progresismo con nacionalismo, nunca osó cuestionar los cimientos doctrinales de CiU, a saber: la perversa equiparación entre lengua, cultura e identidad, de la que se deducían el llamado "hecho diferencial" y su no menos perverso corolario: los privilegios diferenciales. En cuanto al PP, tan solo Alejo Vidal-Quadras levantó la voz, con el resultado de sobra conocido: su defenestración. And all the rest was silence.

Hay quien ve en el no tranquilo de Antonio Baños a Artur Mas una descarga contra el nacionalismo desde el flanco antisistema, como si la CUP no fuera más que la avanzadilla quinqui del movimiento. Como si la CUP, en suma, no fuera lo que niega ser: nacionalista.

Las negociaciones entre la CUP y JpS son a cara de perro, sí, pero no mucho más que las que se producen entre directivas y representantes cuando lo que está en juego son apenas unos flecos. Y el repudio que se prodigan ambas fuerzas (para Mas, la CUP no deja de ser una turba mugrienta y para la CUP, Mas es un burgués al que convendría desposeer de los medios de producción); ese mutuo desprecio, en fin, no impide que converjan en un horizonte en el que los catalanes no nacionalistas no tenemos cabida. En eso, en definitiva, consiste el nacionalismo: en el despojo del derecho de ciudadanía a quienes no profesan la fe en el mismo Dios.

En cierto modo, la CUP y JpS han convenido en expulsar del rectángulo de juego a quienes, conforme al credo que profesan, no ameritan el estatuto de jugadores. El sentido abrazo entre Artur Mas y David Fernández al término del 9-N es solo una ínfima evidencia de hasta qué punto los nacionalistas restringen a su mismidad la categoría de adversario. El resto somos una caterva anómala que, incomprensiblemente, ha escapado a su ingeniería social. Así, el tira y afloja entre burgueses y ¿neofranciscanos? no desvía un milímetro el punto de mira del procés.

Los cupaires aspiran a deshuciar a Mas para pescar en el caladero de CSQEP, y JpS aspira a mantener a Mas para no perder el favor de la clase media. Les hermana, no obstante, la semántica: tanto unos como otros se reafirman en la necesidad de "seguir ampliando la base social del soberanismo", aunque ello implique admitir que no disponen de quórum.

En caso de que alcancen un acuerdo, no faltarán la foto de familia (el sentido abrazo) ni los agasajos recíprocos, que incluirán, cómo no, exaltaciones de la "madurez (democrática)", la "visión de país" o "la generosidad (democrática)". La principal artífice del pacto, sin embargo, será Inés Arrimadas, y la expectativa, en absoluto descabellada, de que en caso de que se celebren otras elecciones seguiría ampliando, ella sí, su base social. La base social de la democracia.

***José María Albert de Paco es periodista. Ha publicado recientemente junto a Iñaki Ellakuría La alternativa naranja (Debate, 2015)

***Ilustración: Jon G. Balenciaga