Zona de confort

Mover el esqueleto

Cuando Carlos Floriano dijo en aquel publirreportaje del Partido Popular lo de "quizá nos ha faltado un poquito de piel", debió haber añadido que por favor no se recurriera a la de Pablo Motos. Nos habríamos ahorrado entonces la presencia de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría en El Hormiguero.

Me he puesto el vídeo para ver el baile y he encontrado algo más embarazoso aún: el tuteo desde el primer momento del presentador, con el consentimiento de la vicepresidenta, que en su agenda tenía esa noche el mostrarse cercana. Don Juan Carlos abdicó, pero dejó atada y bien atada la campechanía. O mejor dicho: la dejó campando a sus anchas (por la piel de toro).

En cuanto al baile, habría estado bien si la vicepresidenta no fuera vicepresidenta: ella misma queda graciosa, pero causa desazón que el poder se ponga discotequero. Reconozco que este final de musical no me lo esperaba. Y no me refiero al del programa, sino al del bipartidismo (y lo que se lleve por delante).

Cuando Miquel Iceta se lanzó a bailar en las pasadas elecciones catalanas, la alegría resultaba tragicómica. Bailaba el candidato de un partido que se hundía y que era uno de los mayores responsables del resquebrajamiento institucional; quizá el responsable decisivo. El PSC-PSOE, en vez de esconderse debajo de la cama, se ponía a bailar desinhibidamente. De pronto la socialdemocracia en crisis encontró una manera de superar el crepúsculo de las ideologías y el fin de la historia, todo junto. Mejor embarcarse en el lenguaje no verbal que en un discurso que hace agua.

Al presidente Mariano Rajoy se le acusa de inmovilista, pero gracias a la vicepresidenta sabemos que al menos en la intimidad se mueve: "Es un bailongo". Para soltarse le gusta la música de los ochenta, "pero de la mala, que es la que mejor se baila". Gracias a esta preferencia, las paredes de Moncloa habrán conocido al fin esa música, porque en los ochenta en cuestión, en que Alfonso Guerra era el pinchadiscos, sólo les constaba la de Mahler. El desacople estético, sin embargo, no es ningún problema para Rajoy: si se refugia en la banda sonora de esa década es porque no le evoca a Zapatero ni a Aznar, sobre todo a Aznar. Su baile es en un paraíso sin esa serpiente.

Y así han confluido el PP y el PSOE en la afición de bailar. Lo que no terminaba de cuajar como gran coalición, empieza a visualizarse como gran guateque. Al fin y al cabo, antes de ser cadáver al bipartidismo le quedará siempre mover el esqueleto.