ASÍ FUE EL COMITÉ FEDERAL

Las heridas que deja el Comité: "Amigos me faltaron en lo personal"

Apoyos de Pedro Sánchez le advirtieron de que al perder la votación tenía que dimitir.

La última comparecencia de Pedro Sánchez como líder del PSOE, el pasado sábado.

La última comparecencia de Pedro Sánchez como líder del PSOE, el pasado sábado.

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Pasaban unos minutos de las 20:15 del sábado y Pedro Sánchez llevaba 12 horas en la sede del PSOE en Ferraz. Había perdido la votación sobre su propuesta de celebrar un congreso del partido. Entonces, anunció su dimisión. 

Ha pasado una semana desde el Comité Federal que marcó el fin de algo más de dos años de mandato de Sánchez como secretario general. Lo ocurrido entonces fue "bochornoso" y "lamentable", en palabras de Javier Fernández, presidente de la gestora socialista que esa misma noche se hizo cargo del día a día del partido.

Pero miembros del Comité Federal describen a EL ESPAÑOL la reunión más como un desgarro interno del propio partido que como una guerra entre dos sectores. "Me faltaron al respeto. Amigos con los que he tenido buena relación toda la vida, independientemente de las posiciones políticas, me faltaron en lo personal", explica un miembro de los más veteranos en el órgano.

Tanto miembros de la Ejecutiva socialista como del sector crítico coinciden en que, por ambas partes, se perdieron los papeles como nunca antes en la historia del partido en democracia. "Vamos a partirnos la cara", decía unos días antes un destacado miembro de la Ejecutiva de Sánchez. 

Excepcionalidad por todas partes

La jornada transcurrió bajo la excepcionalidad desde el principio. Las puertas de Ferraz fueron oscurecidas para evitar que desde la calle se vislumbrase el vestíbulo, lugar de debate y contactos entre dirigentes, junto al patio interior, muy usado por los fumadores. La prensa estuvo todo el día en la calle y sólo pudo entrar a la sala de prensa al final del día, cuando Sánchez compareció tras dimitir. Susana Díaz entró por el garaje y no paseando y haciendo declaraciones, como es habitual. 

Dentro, el PSOE se dedicó durante doce horas a despellejarse a sí mismo sin tener ningún debate político de fondo, ni sobre los resultados electorales de las elecciones vascas y gallegas (que parecía que se habían celebrado hace meses y no seis días antes), ni sobre la gestión del partido, ni sobre la gobernabilidad de España.

Las horas fueron pasando mientras el PSOE afrontaba debates normativos sobre la propia autoridad de la Mesa (las tres personas que ordenan la reunión, presidida por Verónica Pérez), el dictamen de tres de los cinco miembros de la Comisión de Garantías, la readmisión de los 17 dimitidos de la Ejecutiva, el voto de los que se habían quedado o, finalmente, la votación sobre si debería celebrarse un congreso exprés con primarias el 23 de octubre. 

"¡Todos a votar!"

Según varios miembros del Comité Federal, el detonante fue la votación forzada por Sánchez sobre el congreso. "¡Todos a votar!", dijo el secretario general, acudiendo a una urna que estaba fuera del alcance de los ojos de los miembros y que no tenía ni una mesa de control (similar a la que vigila el proceso en las elecciones en las que participan los ciudadanos), sin control del censo que votaba. 

"Ahí es cuando Pedro perdió", explica un miembro del Comité. "Hasta los que estaban con él le dieron la espalda en ese momento. El exministro Josep Borrell, que durante toda la semana había hecho una interpretación de los estatutos que coincidía con la de Sánchez, le dijo que así no podía decidirse nada. José Antonio Pérez Tapias, cabeza visible de la corriente Izquierda Socialista, la única reconocida en el partido, decidió marcharse de la sede socialista. Mientras los más cercanos a Sánchez votaban tras él, los críticos se llevaban las manos a la cabeza y gritaban en la sala Ramón Rubial del sótano de la calle Ferraz 70, donde Pablo Iglesias, el fundador del partido, murió en 1925.

"Una votación sin mesa, sin censo y con la urna escondida fue lo que aceleró el desenlace", explican las mismas fuentes. En ese momento, Sánchez perdió a parte de los suyos, con los que había bloqueado lo inevitable: una votación sobre su continuidad que sabía que tenía perdida desde el inicio mismo de la reunión. Los críticos comenzaron a recoger firmas para una moción de censura que podía no celebrarse ese día, pero que acabaría por certificar que el reparto de fuerzas no favorecía al secretario general. En cuestión de minutos los críticos tenían no sólo el 20% de firmas necesarias para iniciar el proceso, sino más de la mitad, lo necesario para ganar la votación. 

Desbandada de catalanes y vascos

Después, la votación se hizo de nuevo, pero por llamamiento. El resultado fue demoledor: 132 frente a 107, y eso incluyendo a los miembros de la Ejecutiva que no dimitieron, no reconocidos ya como tal por los críticos. 

"Los catalanes y los vascos advirtieron a Pedro de que así no podía continuar", explican fuentes del Comité. "Nosotros lo teníamos claro, si perdíamos esa votación, nos teníamos que ir. Sabíamos que era probable que la perdiésemos, pero queríamos que se retratasen", explica un miembro de la Ejecutiva. 

Los miembros del Comité fueron llamados uno a uno a votar. Luego, Sánchez anunció que había sido "un orgullo" y un "honor" y advirtió de que "tiempo hay" para que se pronuncien los militantes, comenzando a sembrar las dudas sobre su retorno, que han sido alimentadas por sus próximos en los días posteriores.