Democracia interna, ¿cuándo? (I)

Ni con primarias ni sin primarias estos partidos tienen remedio

La elección abierta de líderes en los partidos políticos no debilita automáticamente el peso del aparato.

Carteles electorales de Rajoy y Sáenz de Santamaría en las calles madrileñas

Carteles electorales de Rajoy y Sáenz de Santamaría en las calles madrileñas Reuters

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Ningún partido español ha hecho unas primarias serias para escoger a sus candidatos de cara a las elecciones del 26 de junio. El PSOE ha convocado unas primarias exprés para elegir el candidato en las que Pedro Sánchez no ha tenido rival. Podemos e Izquierda Unida preguntan a sus bases por su acuerdo, pero ya está claro que Alberto Garzón irá de número 5 por Madrid. Ciudadanos ha descartado repetirlas. El PP ni siquiera se lo plantea, aunque sus líderes están abiertos a cambiar sus estatutos de cara a futuras elecciones.

La excusa es el tiempo y tienen parte de razón. Ciudadanos, Podemos y el PSOE hicieron sus primarias para el 20-D entre junio y julio, cuando aún no se sabía la fecha electoral. Ahora los plazos son más justos. Hay al menos otros dos motivos: uno, ha sido una legislatura excepcional y, por ejemplo, apenas cambiarán los programas. Y dos, como dice Pablo Simón, profesor de la Universidad Carlos III, ”es arriesgado escenificar división interna tan cerca del 26-J”.

La falta de democracia interna en este ciclo es más notable porque ni siquiera se convocan primarias. Pero las primarias no son una garantía automática de democracia interna. Exigen de muchas condiciones que los partidos españoles cumplen a medias.

Los aparatos montan las primarias

Los partidos políticos tienen muchas funciones. Hay una evidente: seleccionar el personal que ocupará cargos públicos. Su funcionamiento es parecido a una empresa cualquiera. Los jefes escogen a sus trabajadores y los colocan en puestos. Escogen a quien más les gusta, lo que no implica que sean los más aptos.

Las primarias quitan el poder de selección del personal de las manos de los altos cargos. Los empleados por tanto ya no están obligados solo a hacer la pelota a sus jefes para ascender. Si un jefe no puede despedir o promocionar, pierde parte de su capacidad de amenaza.

Las cúpulas de los partidos políticos retrasan esa pérdida de control. Pero tienen un problema ajeno: las primarias en España se han vuelto inevitables. Penaliza más no tenerlas que tenerlas. La entrada de dos grandes partidos nuevos -Podemos y Ciudadanos- que presumen de ese proceso, la intermitente pero creciente aceptación en el PSOE y las peleas en el PP, hace que en los próximos años se conviertan en casi obligatorias, más allá de si una nueva ley de partidos las incluya. Pero todos tienen aún un truco: hacer ver que tienen primarias serias.

No son una varita mágica

Las primarias no son una varita mágica. “El diablo está en los detalles”, dice Pablo Simón. Los aparatos de los partidos son los encargados de montar el proceso. Quien hace la ley, sabe la trampa. Los líderes de cada partido intentarán construir un proceso donde conservan toda la influencia posible.

Esta serie de reportajes analiza las primarias del PSOE, Ciudadanos y Podemos y el modo en que el PP ha escogido a sus candidatos. En los tres primeros casos, los sistemas montados por los aparatos dejan muchos huecos por los que los líderes puedan influir o el fraude se pueda colar. Ninguno de los tres partidos ha usado todas las medidas posibles para hacer de las primarias un proceso justo, transparente y abierto. De momento, la palabra “primarias” ha colado y la sociedad no ha castigado los defectos clave.

Siempre ganan los mismos

Según datos inéditos del proyecto europeo COSPAL (Comparative Study of Party Leaders), “las posibilidades en España de que un líder en el cargo sea reelegido con primarias es de un 90%, porcentaje mayor que en otros países”, dice Juan Rodríguez Teruel, profesor de la Universidad de Valencia. Esa seguridad no impide que las primarias impliquen algo más de rotación de altos cargos que la mera designación del aparato.

Ahí está lo mejor y lo peor de las primarias en un sistema como el español: los aparatos siguen teniendo una cuota enorme de poder, pero es algo menor porque las primarias implican más rotación de cargos y que en algún caso no gane la persona deseada por el partido. Con primarias, una derrota electoral tiene más probabilidades de enviar al dirigente perdedor a casa. Si el PP hubiera tenido primarias, es probable -pero no seguro- que Mariano Rajoy se hubiera ido en 2008.

En COSPAL han analizado 1.078 elecciones internas para escoger a líderes de partido desde 1950 en 13 países (España entre ellos). Los resultados son convincentes. Cuando hay primarias, el líder vigente se presenta un 37,7% de las veces; sin ellas, un 63,3%. Una vez decide presentarse, es reelegido el 71,4% con primarias en lugar del 94,8% sin primarias.

Las primarias por tanto reducen el peso del aparato en la rotación de cargos en un 25%, pero los dirigentes del partido siguen teniendo más peso que otros factores, incluso con primarias. Para un artículo académico, los profesores Montserrat Baras, Juan Rodríguez Teruel, Òscar Barberà y Àstrid Barrio hicieron cientos de encuestas en congresos de partidos españoles. Una de sus conclusiones fue que “la gente con cargos son los que menos democracia interna quiere. Los que no tienen, son los que más quieren”, dice Barrio, de la Universidad de Valencia.

Esa ligera mejora en la rotación parece argumento suficiente para implantar primarias por ley. Pero tiene también una pega. Las primarias dan más legitimidad que el dedazo: cuando un político es cuestionado, siempre puede decir que le escogieron sus militantes. No le puso en su cargo el jefe. Si quiere laminar corrientes críticas dentro de la organización, tendrá más fuerza. “Hay artículos académicos que dicen que las primarias generan bonapartismo. Los partidos son un contrapeso. Si las primarias centralizan el poder en el líder, le permite laminar”, dice Simón.

Los dos grandes trucos

Además de ese beneficio poco democrático para los líderes más conocidos, el aparato tiene al menos dos modos de controlar las primarias: el reglamento y los recursos. Primero, si una parte interesada en una contienda puede elaborar las reglas, tiene más fácil favorecer a su preferido. La transparencia es clave y no se cumple siempre. Segundo, unas elecciones se ganan con recursos: hay que dar a conocer el candidato, explicar posturas, ir a actos, animar a votar. Los recursos no son necesariamente dinero, sino voluntarios, salas, una foto con el líder en Twitter o salir más en la tele. Los tres grandes partidos que han hecho primarias en España han utilizado estos medios para ayudar a las candidaturas más cercanas. “Cuanto más complicada es la elección, más fácil es el margen para manipularla -dice Simón. En España nadie se ha tomado en serio las primarias más allá del nombre.”

Las primarias en España empezaron demasiado bien. En 1998, Felipe González escogió a Joaquín Almunia como nuevo secretario general del partido. Un año antes, en 1997, el PSOE había decidido que escogería a los candidatos por primarias. Fueron convocadas y ganó el candidato alternativo, Josep Borrell. El profesor Óscar Barberà recuerda como desde el extranjero fue un caso estudiado. ¿Montan unas primarias por primera vez y las pierden?, se preguntaban sorprendidos algunos académicos. El aparato perdió otra elección en aquel ciclo: Fernando Morán ganó a Joaquín Leguina para la alcaldía de Madrid. Pero ganó el resto en 7 comunidades y 43 ciudades.

Quedaban dos años para las elecciones y el PSOE se enfrentaba a una bicefalia que acabó con la dimisión de Borrell por la acusación de corrupción de dos inspectores de Hacienda que habían trabajado para él. Almunia fue por tanto el candidato a las elecciones en el 2000 y José María Aznar logró la mayoría absoluta.

Ese resultado sorprendente apagó el fervor de primarias en el PSOE y probablemente en otros partidos. Esta reticencia entre los aparatos de los partidos a perder una de sus herramientas básicas de poder -la selección de personal- es lógica. Es menos lógica la actitud paradójica de los españoles respecto a los partidos: los votantes prefieren primarias y menos disciplina interna, pero a la vez castigan en elecciones a los partidos que aparecen divididos.

Es un equilibrio imposible cuya única solución es un cambio de mentalidad. Unas primarias son un debate de ideas y personas, que no es posible sin diferencias reales.

Las primarias tienen por tanto trampas. Todos los partidos las han hecho. Los dos partidos nuevos optaron por un sistema de voto por internet que no da todas las garantías. El PSOE ha jugado siempre con la elasticidad del reglamento, sobre todo para no hacerlas.

El panorama en España es poco gratificante, pero nada impide que la aparición de las primarias suponga una lenta apertura de los partidos políticos a la sociedad. Si se hacen bien.