Memoria Histórica

Último Cara al Sol en el bar Jarete de El Pardo

Entre los 30 hitos franquistas que Carmena retirará del callejero de Madrid, esta plaza es la más querida por sus vecinos.

El Pardo se niega a perder al Caudillo

El Pardo se niega a perder al Caudillo

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Cualquiera sabe que en la vida de todo español llega un momento en el que terminará cantando el Cara al Sol. Puede ser el día en que no te llevas el Gordo, en el Bar Jarete de El Pardo. Vaya por delante, amabilidad y servicio impecable. Las rabas congeladas son de primera y los grandes éxitos musicales franquistas amenizan el rato.“¡Escuchadme! Hoy no nos ha tocado la Lotería, este año tampoco. Y la Carmena ha dicho que va a venir a quitarnos el nombre a nuestra plaza. Esto va por ella”. Jarete, el dueño, ha salido de la cocina. Ha dejado calentando los calamares “dos minutos” y ya está junto a la cadena de música, haciendo las dos peinetas para la alcaldesa, enfundadas en sus guantes de plástico. La higiene es lo primero.

Ya suena el himno de la nación, el que tiene letra, el inconstitucional, ese que dice: “Triunfa España/ los yunques y las ruedas/ cantan al compás del himno de la fe”. Antes de saltar la barra, avisa a los clientes, quien no quiera escuchar que abandone el bar: “¡Arriba España! ¡Viva Franco! ¡José Antonio, presente!”. El local está lleno y nadie piensa moverse de su sitio: “¡Arriba! ¡Viva! ¡Presente!”, le contestan.

¡Escuchadme! Hoy no nos ha tocado la Lotería, este año tampoco. Y la Carmena ha dicho que va a venir a quitarnos el nombre a nuestra plaza. Esto va por ella

“Tú no eres de El Pardo, ¿verdad?”. No, respondo a la camarera. Prefiero ahorrarme detalles y absorber todo el folclore español que le falta a un hijo imperfecto de la democracia. El dueño se ha calzado la boina roja requeté. Está listo para la siguiente oleada de temazos. Llegan los calamares, humeantes. “Olé, olé, olé, olé, olé/, olé, olé, olé, olé, olé/, olé, olé, olé, olé, olé/, al Rocío yo quiero volver/ a cantarle a la Virgen con fe”. No es fácil tararear con la boca llena de delicias marinas, recalentadas en microondas.

Mapa de El Pardo con las dos calles anuladas.

Mapa de El Pardo con las dos calles anuladas.

El niño de la barra juega con un micromachine, que es un coche enano que corre mucho, pero no lo suficiente como para llevarle lejos de todo lo que ocurre a su alrededor. Estrena su primer día de vacaciones de Navidad con los cuernos de reno de Papá Noël. Su madre canta el Cara al Sol junto al resto del bar. Su abuela prefiere la musiquita de la Legión: “Soy un hombre a quien la suerte/ hirió con zarpa de fiera/ soy un novio de la muerte/ que va a unirse en lazo fuerte/ con tan leal compañera”.

La mesa de seis sesentones lo están gozando en la sobremesa. Vodka y ron. Jarete ya marca los pasos de la Legión en el cuchitril. “¡Arriba con el Cristo!”, le jalean. Lo lleva en fotografía. La gala niquelada se estropea cuando alza el brazo y roza con la palma de la mano el techo. Todo el local va al gotelé y le rasga los guantes de plástico. Ahí, dejándose la piel por la hermandad.

Una niña juega en la Plaza del Caudillo de El Pardo.

Una niña juega en la Plaza del Caudillo de El Pardo.

“Aquí no hay tortilla, eso es de paletos”, dice antes de colocarme el plato de calamares. Esta es la filosofía: español es lo que yo digo. “Más adelante hay otros bares que sí te la ponen”, Jarete me invitó a abandonar el local antes de empezar el show. “Me encantan los calamares”. Mucho más que el “gamo de furtivo” que sirven en el siguiente restaurante y del que están dando cuenta unos clientes de traje tieso y raya recta. “Escucha Manolo, este gamo está en su punto y mira que he tomado gamos buenos aquí”.

Un plan histórico

No quiero que se me escape el sabor a Franco de todo lo que acaba de suceder en el bar Jarete y escribo las primeras líneas del encuentro entre la Ley de Memoria Histórica de 2007 y la España franquista de 2015 en un banco con mesa de tablas roídas, en la carretera que cruza los encinares del Monte del Pardo, a unos pocos kilómetros de la Plaza del Caudillo. La plaza va a cambiar de nombre como otros 30 hitos que homenajean al franquismo. Serán fulminados en menos de seis meses por Carmena, con apoyo de Ciudadanos y de PSOE, y con la oposición del PP. El plan lo acaba de aprobar el pleno de la Asamblea del Consistorio y no hay quien lo pare, son las últimas tardes antes del ocaso de la Dictadura. Un coche para en el descampado éste, es la hora de comer y hay llenazo en busca de cruising gay -sexo gratis y rápido. Le digo que muchas gracias, pero estoy ocupado.

La mayoría de los vecinos de este barrio se oponen. En las últimas Elecciones Municipales, votaron 1.960 personas y 960 lo hicieron al PP, 324 al PSOE, 250 a Ciudadanos y 235 a Podemos

Jarete sigue su espectáculo. Podría decir que ha sido el instinto lo que me ha metido en esta catacumba, pero fue un vecino: “Ahí la especialidad de la casa es el aguilucho”. Cierto. La decoración es material de primera. Una réplica de la placa de la plaza sentenciada cuelga de la puerta que da acceso al salón comedor. “Que vengan a quitar ésta también si tienen cojones”, dice. Es un tipo grande, Jarete. De los de antes, sin ciclar. Botellas de la famosa Casa Pepe (en Despeñaperros), vajilla con el escudo del águila, una lista de la Falange española de la JONS de las últimas Elecciones Generales, gorras de servicio de la Guardia Civil, una pizarra que anuncia unos exquisitos callos caseros (adornada con estampitas de Franco y la cruz del Valle de los Caídos). Franco es un icono Pop.

“¡Viva la Virgen del Rocío! ¡Viva la Blanca Paloma! ¡Y vivan mis clientes que se dejan el dinero aquí! Esto va pa Carmena y el coletas”. Vuelve con la salve rociera. La camarera que me ha hecho la ficha, sirve otra caña y sonríe: “Esto es… de Almodóvar”. Qué va, esto es puro astracán berlanguiano a dos pasos de una plaza que va a cambiar de nombre. La mayoría de los vecinos de este barrio se oponen. En las últimas Elecciones Municipales, votaron 1.960 personas y 960 lo hicieron al PP, 324 al PSOE, 250 a Ciudadanos y 235 a Podemos. En la superficie, El Pardo es un pueblo tranquilo y amable, de casas pequeñas y otoños bucólicos, con el río Manzanares amansando las prisas. De repente, botas militares y abrigos de camuflaje entre los avíos civiles.

Otra de las plazas que desaparecerán del callejero, en Chamartín.

Otra de las plazas que desaparecerán del callejero, en Chamartín.

Pero en pequeñas aldeas, grandes incendios. “No se termina con la Historia, no nos dejan tranquilos nunca”, dice Antonio, en el lugar de los hechos. Dos niños juegan con una pelota, otra de uniforme hace equilibrios por la fuente y en los soportales toca ronda de botellines para celebrar el sorteo. Ha vuelto a tocar “salud”. El sol hace brillar a la Harley Davidson Forty-Eight 1200, inmaculada, negra y cromada, aparcada junto a las mesas y las sillas apiladas de las terrazas. “Mire cómo no han volado los pantanos”, replica un anciano junto a Antonio. “Esto es una venganza pobre. Estamos tranquilos, ¿por qué vienen a hacernos esto?”, se pregunta. “Lo que no ganaron entonces quieren ganarlo ahora así. Deje usted las cosas tranquilas, que aquello ya pasó. Franco no se merece esto”, dice Antonio, abrigado en Barbour y sombrero. “Las personas debemos estar agradecidas y calladas”. Frío soleado.

Un proyecto polémico

Al otro lado del teléfono contesta Sergio Gálvez, de la Cátedra de Memoria Histórica de la Universidad Complutense de Madrid, un grupo de trabajo con diez años de experiencia, con un comité asesor de más de 200 expertos nacionales e internacionales. Ha sido contratado por el Ayuntamiento de Madrid para desarrollar la aplicación de la Ley de Memoria Histórica. Con el Artículo 15.1 por delante, el próximo 22 de abril lo tendrán cerrado por completo. También el renombramiento de las calles. “Será un trayecto polémico y doloroso, pero todos tenemos un compromiso democrático con nuestro país”, explica a EL ESPAÑOL. Cuenta que estas son las 30 primeras localizaciones, pero que en estos momentos trabajan en dos listas: una de 170 y otra de 300. Sólo en Madrid.

No es la primera vez que alguien intenta retirar la placa de la Plaza del Caudillo de El Pardo. Hace años. Alguien agarró una escalera, a plena luz del día, y escaló hasta la maldita señal. Un Guardia Civil retirado, uno al que llamaban el Cardoso, le sorprende con las manos en la masa y le dice que subir subirá, pero que de ahí vivo no va a bajar. Esta mañana me han contado la anécdota en varios bares, primero con un cuchillo jamonero, luego con una escopeta. Uno de los vecinos en la plaza dice que un día llegarán los operarios y la quitarán, así, como han puesto las luces de Navidad, que llegan después de tres años sin adornar las Navidades del Real Sitio.