Lejos de las aulas

Cosas menos rentables que la filosofía que aún estudiamos

Gonzalo Torné
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Como el lector sabrá bien a estas alturas un estudiante español podrá terminar el bachillerato sorteando la asignatura de filosofía.

La medida de la LOMCE -ha marginado a Aristóteles, Platón, Kant, Nietzsche y compañía, que pasan a ser obligatorios sólo en primero de Bachillerato- ha despertado toda clase de protestas y quejas en defensa de la filosofía (como materia). Intentos muy loables en los que percibo un denominador común un tanto molesto: en la mayoría de ellos se asume la escasa utilidad de la filosofía, se hace una defensa de lo “inútil”. Dicho de otro modo: se acepta el presupuesto del “enemigo”.

En primer lugar conviene señalar la trampita que identifica la utilidad con la rentabilidad. Se trata de una identificación muy restrictiva, pero incluso asumiéndola es sencilla de replicar a favor de la filosofía. En Europa “la cultura” es el tercer sector en empleo directo (por encima de los diversos “telecos”), en Andalucía (por poner un ejemplo local) proporciona el doble de empleos que la industria agroalimentaria…

El Basic, la mecanografía a diez dedos, las matemáticas (de las ecuaciones de segundo grado en adelante), la formulación química, a revelar fotografías, la disposición y el nombre de los huesos del cuerpo...

¿Cómo creen nuestros ministros que se participa y se “consume” cultura si no es poniendo en juego parte de lo que uno aprende en las humanidades? ¿Con emprendeduría? ¿Con pensamiento simpático? Por no mencionar a la flota de profesores que en institutos, universidades, e incluso en escuelas de negocios, se ganan la vida enseñando filosofía.

En mi caso (personal, pero transferible) me aturde pensar lo mucho que hubiese tenido que trabajar y lo bueno que hubiese tenido que ser en otro desempeño profesional para ganar el mismo dinero que escribiendo novelas y editando libros, tareas que difícilmente podría desarrollar si a los 16 años me hubiesen arrojado la filosofía (la asignatura) encima.

Ser ciudadano

Siguiendo con mi caso (enseguida termino): he estudiado decenas de cosas mucho menos rentables que la filosofía: el Basic, la mecanografía a diez dedos, las matemáticas (de las ecuaciones de segundo grado en adelante), la formulación química, a revelar fotografías, la disposición y el nombre de los huesos del cuerpo, las jarchas y Pere Quart… De hecho, si nos atenemos al criterio de rentabilidad, lo mejor que podrían estudiar nuestros jóvenes, lo más útil, para ajustarse al país que nos dejan nuestros políticos corruptos y nuestros bancos sin crédito es a cocinar y servir copas.

(Inciso: en un país así no es de extrañar que un partido con aspiraciones a gobernar proponga introducir el “pensamiento emocional” en la universidad, pues equivale un poco –como el emprending- al papel que desempeña la danza de la lluvia en territorios donde la sequía es inveterada: una declaración, simpática y mágica, de impotencia).

Señalamos poco que la filosofía no solo da compañía, despierta la curiosidad y proporciona placer, sino que también le proporciona al alumno herramientas básicas para ejercer de ciudadano

Claro que se necesita una mente muy estrecha para asociar utilidad con rendimiento (económico). La vida (la de cada uno) es un proceso complejísimo (que les voy a contar) que se dispara hacia docenas de intereses que para mayor se renuevan o se alteran con el tiempo. Muchos de estos objetivos (y las placenteras rutas que llevan a ellos) no tienen nada que ver con el rendimiento económico. Se han escrito docenas de artículos sobre esta clase de utilidad sin rendimiento (económico), pero sí que quiero añadir una pequeña protesta, de nuevo sobre el tono, en un contexto de coincidencia.

Señalamos poco que la filosofía no solo da compañía, despierta la curiosidad y proporciona placer, sino que también (como el derecho y la economía, desplazados desde hace décadas de los estudios secundarios) le proporciona al alumno herramientas básicas para ejercer de ciudadano. Algo parecido sucede con la literatura. Claro que la lectura es placentera y sociabilizadota y no sé qué más cosas amables.

Poder y armas

Pero también, como indicaba en una conferencia ejemplar Belén Gopegui, nos ayuda a entender y controlar nuestros sentimientos y emociones, ampliar el alcance de nuestra comprensión sobre la sociedad y las fuerzas que la mueven. La filosofía, como la literatura, no es solo esparcimiento ni evasión (ya les gustaría) sino poder: sobre nosotros mismos, sobre el aquí y el ahora.

Igual que la novela o la poesía van pegadas a nosotros y nos ayudan a recibir y asimilar mejor la realidad, a reaccionar de manera más sutil

La historia de la filosofía y su ejercicio (incluso la pedestre lógica analítica) contribuyen a afinar nuestro pensamiento, nos permiten situarnos, reaccionar. Nos dan poder y armas. Igual que la novela o la poesía van pegadas a nosotros y nos ayudan a recibir y asimilar mejor la realidad, a reaccionar de manera más sutil.

No conozco nada más útil ni que emplee a diario más que la filosofía: en mi vida pública y en la privada, en el desempeño profesional y en el íntimo. Su disimulo en los estudios de secundaria, de manera premeditada o involuntaria, supone proyectar una ciudadanía más desvalida e impotente. Este es el principal motivo por el que convendría oponerse a partidos que tratan de laminar los estudios de filosofía o sustituirlos por las versiones contemporáneas de la danza de la lluvia.

*Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) es escritor, traductor y editor. Autor de novelas como 'Hilos de sangre' y 'Divorcio en el aire'. En 2015 publicó su primera novela negra, 'Nadie debería irse a dormir', bajo el seudónimo de Álvaro Abad.