Conflicto de interés

Así pagó el azúcar a la ciencia para culpar a la grasa de los infartos

Documentos internos de la industria demuestran que se fomentó una investigación dirigida de la Universidad de Harvard. 

Una cucharada de azúcar

Una cucharada de azúcar Pixabay

  1. Industria azucarera
  2. Universidad de Harvard

"Lo dice la ciencia" es uno de los mejores argumentos que se pueden esgrimir en cualquier discusión. Pero a veces hay que preguntarse por qué la ciencia dice determinadas cosas, como demuestra el artículo publicado en la última edición de la revista JAMA Internal Medicine, que desvela las artimañas que utilizó la industria azucarera para evitar ser vista como lo que el tiempo ha demostrado que es: la fabricante de un producto que es un auténtico enemigo de la salud cardiovascular.

Aunque la publicación habla de actuaciones documentadas en los años 60 y 70, ni los autores ni otros expertos consideran que la tendencia haya acabado. "La industria de la alimentación es el primer motor económico del mundo, sólo superada por la del sexo y con dinero se puede conseguir todo", resume a EL ESPAÑOL el dietista nutricionista Juan Revenga, autor de, entre otros, el libro Adelgazame, miénteme (NB, 2015).

El episodio que relatan los investigadores de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) se remonta a finales de la década de 1950. En esta época, se empezaron a observar elevadas tasas de mortalidad cardiovascular en varones estadounidenses. Así, se puso de manifiesto la necesidad de estudiar el papel de los factores dietéticos en este riesgo.

Alrededor de diez años después, la ciencia había establecido dos hipótesis. El nutricionista del Queen Elizabeth College (Reino Unido) John Yudkin identificó a los azúcares añadidos como el principal contribuyente a esta plaga; por su parte el profesor de la Universidad de Minnesota Ancel Keys -el gran promotor de la dieta mediterránea- hizo lo propio con la grasa saturada y el colesterol. 

La segunda teoría pronto aventajó a la primera, hasta el punto de que las primeras Guías dietéticas para estadounidenses, publicadas en 1980, se limitaban a recomendar que se redujera el consumo de grasas y que se intentara mantener a raya el colesterol también a través de la dieta.

Negación de la industria

Los años han pasado y es obvio que la incidencia de enfermedad cardiovascular no sólo no ha remitido, sino que ha aumentado, aunque la medicina ha hecho que la mortalidad sí haya bajado. En este tiempo, Yudkin ha seguido manteniendo sus teorías antiazúcar, que la ciencia nunca ha abandonado del todo. De hecho, cada vez se cuestiona más el papel de las grasas saturadas y se mira más hacia los hidratos de carbono simples, como los azúcares añadidos.

Pero ¿por qué se pasó por alto al azúcar como elemento contribuyente a las enfermedades del corazón? El trabajo publicado en JAMA Internal Medicine apunta hacia una dirección y es que se trató de una maniobra interesada; en concreto, de la Fundación de Investigación sobre el Azúcar (SRF), la patronal de fabricantes de esta sustancia -actual Asociación del Azúcar-, que hizo que los científicos trabajaran para ella. En realidad, estos ya no se pueden defender; como resaltan en el texto, casi todos los protagonistas de la historia están muertos.

Los autores del estudio trabajan en el Centro para la Educación y la Investigación en el Control del Tabaco de la UCSF, por lo que son grandes conocedores de las maniobras de la industria para modificar a la opinión pública. De hecho, Stanton Glantz -primer autor-es la cabeza detrás de los documentos de la industria tabaquera que pusieron hace años de manifiesto cómo los fabricantes de tabaco influyeron desde en médicos hasta en políticos para minimizar ante la opinión pública los daños de los cigarrillos.

Primero el tabaco, ahora el azúcar

Ahora, han destapado el pastel de la industria azucarera en lo que a recomendaciones dietéticas se refiere. Previamente, habían subrayado cómo los fabricantes habían influido en la investigación pública referida a la salud dental, en un artículo publicado en 2015 en PLoS.

Lo que los investigadores estadounidenses han encontrado y analizado ahora es, entre otros documentos, la correspondencia entre la SRF y dos prominentes científicos de la época: Roger Adams, que fue presidente de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), la editora de la revista Science y Mark Hegsted, profesor de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard (HUSPH).

El presidente de la SRF en 1954 ya dejó claro en un discurso público que hacer que los estadounidenses tuvieran una dieta más baja en grasas podría hacer que la gente consumiera más azúcar. De hecho, decidieron gastar 600.000 dólares (el equivalente a 5,3 millones de dólares en la actualidad) en enseñar "a la gente que jamás ha hecho un curso en bioquímica que el azúcar es lo que mantiene al ser humano vivo y con energía para afrontar sus problemas diarios".

Pero el escenario cambia cuando a principios de la década de 1960 se empieza a apuntar a los carbohidratos como posible causa de enfermedad cardiovascular y la SRF decide tomar cartas en el asunto. Se contactó con el jefe del Departamento de Nutrición de la HUSPH, Fredrick Stare, para que formara parte del comité asesor científico de la Fundación. Pero eso no bastaba.

Científicos concretos

El 1 de julio de 1965, miembros de la SRF visitaron a un subordinado de Stare, Mark Hegsted. El científico había publicado dos artículos en los que demostraba que la sucrosa tenía relación con la enfermedad cardiovascular. De hecho, iba aún más allá y afirmaba que el nivel de glucosa en sangre era mejor predictor de la aterosclerosis que el de colesterol o la hipertensión. Todo un golpe para el azúcar que "amenazaba a todo el negocio", como se publicó en un artículo pagado en el New York Herald Tribune

Así que se ofreció dinero al científico y otro colega para llevar a cabo el proyecto 226, una revisión sobre la literatura científica sobre el metabolismo del colesterol y los carbohidratos. Eso sí, el montante recibido aumentaría si, antes de incluirlos en la revisión, los autores pasaban a la fundación todos aquellos estudios que asociaban el consumo de azúcares a la enfermedad cardiovascular.

En la correspondencia hecha ahora pública, queda claro que Hegsted sabía lo que hacía. "Somos conscientes de vuestro particular interés en carbohidratos y lo cubriremos tan bien como podamos", escribe al representante de la SRF.

Los documentos demuestran que, antes de que la revisión se enviara a revistas científicas para su publicación, la SRF hubo de dar su visto bueno. El resultado fue una revisión publicada en una de las revistas médicas más importantes del mundo, The New England Journal of Medicine (NEJM), que se publicó el 27 de julio de 1967.

La conclusión era clara: la única intervención dietética que se requería para prevenir la enfermedad cardiovascular era la disminución del colesterol y la sustitución de la grasa poliinsaturada por saturada.

Lecciones aprendidas

Más allá de la anécdota concreta, lo que el artículo sugiere es que hay que tener en cuenta quién escribe las revisiones que se utilizan para establecer recomendaciones dietéticas desde las sociedades médicas y las autoridades sanitarias.

Es probable que este caso específico no pudiera volverse a presentar hoy en día; desde 1984, el NEJM requiere que sus autores describan cualquier conflicto de interés. Así, si la industria azucarera quisiera hoy repetir esta hazaña, el científico comprado tendría que especificar qué cobró y de quién. 

Aún así, los propios autores del estudio de JAMA Internal Medicine no tienen claro que esto baste: "Sigue sin estar claro si las políticas actuales sobre conflictos de interés son adecuadas para resistir los intereses económicos de la industria", concluyen.

¿Han cambiado las cosas?

Ese tibio "sigue sin estar claro" de los firmantes del estudio contrasta con la opinión de la nutricionista Marion Nestle, autora del blog Food Politics y que contribuye con un editorial al trabajo. "Este incidente de hace 50 años puede parece historia antigua, pero es muy relevante porque responde algunas cuestiones germinales de la época actual", escribe y añade: "La práctica continúa. En 2015, el New York Times obtuvo una serie de emails que revelaban las relaciones de Coca-Cola con investigadores que llevaban a cabo estudios dirigidos a minimizar los efectos de las bebidas azucaradas sobre la obesidad". 

De la misma opinión es Revenga, que destaca que la declaración de conflictos de interés en las revistas científicas no acaba ni mucho menos con el problema. "Hace poco una de alto impacto ha publicado un estudio sobre los beneficios del yogur en la prevención de la diabetes tipo II. La investigación estaba financiada por una empresa de productos lácteos, pero los autores no declaraban ningún conflicto de interés; el dinero no se les había facilitado a ellos, sino a la institución que les cobija", comenta. 

Entonces, ¿cuál es la solución al problema? ¿estamos destinados a que las decisiones políticas relativas a la alimentación estén siempre sesgadas por la acción de la industria alimentaria? Para Revenga, el remedio es "muy complicado". "Hay que acudir a fuentes independientes, aunque éstas sean blogueros o asociaciones sin mucha tradición, como la Fundación Española de Dietistas- Nutricionistas, que lucha por deshacerse de los patrocinios de empresas de este tipo, aunque aún los recibe", resalta. 

La visión pesimista de Nestle y Revenga no es única. La propia directora de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Margaret Chan, ya recordó en 2013 que las industrias de bebidas azucaradas y comida rápida, entre otras, utilizan tácticas similares a las usadas en su día por las tabaqueras al temer una regulación de sus productos.