Cambio Climático

¡Es el metano, estúpido!

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Cuando oímos hablar del calentamiento global nos viene en seguida a la mente una molécula: el CO2. No es de extrañar, pues este gas es la causa número uno del cambio climático antropogénico y, por tanto, centra la atención de las políticas de mitigación. Sabemos, porque lo hemos oído hasta la saciedad, que el CO2 escapa por las chimeneas de las centrales térmicas, las industrias y los tubos de escape de nuestros coches. Sin embargo, al centrarnos casi en exclusiva en el dióxido de carbono, apenas prestamos atención al metano (CH4), que es relegado al papel de hermano menor a pesar de que su contribución al forzamiento radiativo de la atmósfera no es en absoluto despreciable, como se desprende de los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

Forzamiento radiativo entre 1750 y 2011.

Forzamiento radiativo entre 1750 y 2011.

Error: "Metano, 25 veces más potente que el CO2"

El metano es un gas muy peligroso para el cambio climático. Su potencial de calentamiento global (GWP, por sus siglas en inglés) es mucho mayor que el del CO2. A medida que han ido saliendo nuevos informes del IPCC, el GWP se ha ido revisando al alza. El último informe, de 2013, nos dice que el metano es 86 veces más potente que el CO2 en el horizonte temporal de los primeros 20 años desde su emisión a la atmósfera. Esta cifra elevaba las aportadas en el informe de 2007 (72) y 2003 (56).

Sin embargo, lo habitual en muchas noticias y charlas de cambio climático, sean del ámbito que sean, es escuchar frases como "el metano es 25 veces más potente que el CO2". ¿De donde viene esta frase tan repetida? 25 es el valor que aportaba el cuarto informe del IPCC (2007) para el potencial de calentamiento del metano en un horizonte de cien años. El valor que el último informe (2013) da para este horizonte temporal es de 34, pero muchas organismos y agencias gubernamentales, como la Agencia de Protección Ambiental estadounidense (EPA, por sus siglas en inglés), aún no se han dado por enteradas del cambio y siguen utilizando aquel valor para contabilizar las emisiones de las industrias. ¡Incluso algunas siguen utilizando el valor de 21 recogido en el informe del IPCC de 1996! En cualquier caso, dar el dato del horizonte temporal de cien años, suaviza mucho la importancia que este gas en realidad tiene a la hora de calentar el planeta.

¿Por qué desde el ámbito político se escoge el valor para el horizonte temporal de cien años? Esta elección es arbitraria, y tiene la ventaja política de presentar el problema del metano de una forma más amable. El IPCC en su último informe deja claro que no existe ninguna razón científica para elegir el horizonte de 100 años en vez de cualquier otro horizonte temporal. La elección de un horizonte u otro depende del peso relativo asignado a los efectos en diferentes momentos. La vida media atmosférica del metano está en unos 12 años, frente a los 200 que puede llegar a perdurar el CO2. Por tanto, un GWP calculado en un horizonte temporal de 10 o 20 años refleja mucho mejor el daño climático potencial infringido por el metano, sobre todo en el contexto de la urgencia climática y escaso margen de reacción que vivimos, y el de las acciones que, en virtud del Acuerdo de París, deberíamos tomar. El elegir un horizonte temporal de 100 años, aparte de darnos una imagen "distorsionada" de la realidad, implica trasladar una mayor parte de la responsabilidad de la mitigación climática a una generación futura que no ha generado el problema.

Una bomba "natural" de metano

Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de origen antropogénico son la principal causa del calentamiento global. Sin embargo el aumento de la temperatura media de la tierra que estos GEI antropogénicos provocan, tiene un efecto también sobre la contribución de las fuentes naturales, así como en la pérdida de capacidad de atrapar estos gases por sumideros como los suelos o los océanos. En relación al metano, el gas atrapado en moléculas de agua congelada (hidratos o clatratos de metano), en los fondos marinos y en el permafrost –el suelo permanentemente congelado en las zonas periglaciares– se libera a la atmósfera cuando se produce la fusión del hielo. Como describen Zimov et al (2006) esta es una importante reserva ancestral de metano, subestimada como fuente potencial de contribución climática, que rara vez se incluye en los cálculos de los presupuestos de GEI.

La fusión de los clatratos de metano es uno de los umbrales de inflexión que, una vez cruzado, puede dar lugar a un cambio climático fuera de control. Hace unas semanas los científicos nos alertaban de que el hielo en Groenlandia se funde a un ritmo mucho mayor del que se pensaba. Es decir, el calentamiento provocado por nuestra especie está acelerando las fuentes de emisión de la propia Tierra, lo que difumina la frontera entre fuentes naturales y antropógenas. Investigaciones científicas sugieren una cifra: si superamos un aumento de 1,8ºC en la temperatura media de la Tierra, estaremos en riesgo de alcanzar el punto crítico en el que se producirá una fusión masiva de los clatratos de metano, liberando todo ese gas atrapado en el hielo. Estamos muy cerca de superar esa temperatura, si es que no lo hemos hecho ya. Podríamos estar sentados sobre una bomba que no sabemos cuando estallará. A más calentamiento, más metano liberado del permafrost, lo que provoca nuevamente más calentamiento. Incomprensiblemente estos fenómenos de realimentación positiva no reciben la atención que merecen en la modelización climática de los informes del IPCC, lo que contribuye a estimaciones conservadoras que se ven superadas siempre al alza en cada nuevo diagnóstico de la situación.

Charcos de permafrost derretido cerca de Groenlandia en 2008.

Charcos de permafrost derretido cerca de Groenlandia en 2008.

El metano de la industria fósil: un sector subestimado

Desde 1750 las concentraciones de metano en la atmósfera se han duplicado. Cuando hablamos de cambio climático y metano todo el mundo piensa en vacas flatulentas. Las emisiones de metano antropogénico proceden, sí, de fuentes como el sector agrícola y ganadero. Pero también de los vertederos en descomposición o de la industria de los combustibles fósiles. En las explotaciones de gas natural, petróleo y carbón se producen fugas de metano en distintos puntos del proceso. El sector de los combustibles fósiles es responsable a nivel mundial de entre el 15% y el 22% de las emisiones globales de metano. O eso se creía hasta ahora, porque una reveladora publicación en Nature de comienzos de este mes, de investigadores de la NOAA y de la Universidad de Colorado, indica que las emisiones de metano de este sector son un 20-60% mayores de lo estimado por organismos como el IPCC. Los autores llegan a esta conclusión tras el análisis, el más exhaustivo hasta la fecha, de un conjunto de datos aportados por los registros de emisiones de este gas a largo plazo y de los isótopos de metano carbono.

Hasta hace poco, era conocido que el metano escapa de las infraestructuras de gas, como tanques de compresión, barcos metaneros, gasoductos, pozos de extracción, almacenes subterráneos... Aún guardamos en la retina las espectaculares imágenes obtenidas mediante cámaras de infrarrojos del escape de un pozo de gas de la compañía SoCalGas en Alison Canyon (California) a finales de 2015. El escape, que tardó cuatro meses en ser controlado, liberó a la atmósfera cerca de cien mil toneladas de metano, produciendo una huella de carbono superior a la del vertido provocado por la explosión de la plataforma Deepwater Horizon. Sin embargo la intensidad y la frecuencia con que estos escapes ocurrían eran objeto de controversia y la información era escasa y opaca.

Escape de metano en un pozo de gas natural de SoCalGas en Aliso Canyon, California.

Escape de metano en un pozo de gas natural de SoCalGas en Aliso Canyon, California.

Recientes observaciones por satélite de las emisiones de metano, sin embargo, han venido a revelar que el sector energético sufre auténticas hemorragias de este gas. Investigadores de la Universidad de Harvard publicaron en febrero de este año unos datos que demuestran que entre 2002 y 2014 las emisiones de metano de los EE UU aumentaron en más de 30%. Los datos oficiales de la EPA mostraban hasta la fecha sin embargo una supuesta reducción del 10%, lo que da idea de que en lo tocante al metano vamos a ciegas; algo muy preocupante cuando hablamos de la segunda fuente de emisiones en importancia. El fuerte aumento de las emisiones de metano durante la última década a nivel planetario se debe en gran medida a este aumento de las emisiones en los EE UU, según el estudio. Una metodología de cálculo poco precisa y la utilización de instrumental inadecuado por parte de la EPA se han revelado como algunas de las diversas causas de esta subestimación.

Aunque el estudio indica que no hay datos concluyentes para conocer el origen de estas emisiones, y señala que se requiere un mayor conocimiento e investigación de las fuentes antrópicas de metano en Estados Unidos, a nadie se le escapa la posible relación con la industria del gas y el petróleo, de la mano del auge de la industria del fracking en el país norteamericano en la última década. En ese tiempo la producción de gas y petróleo ha aumentado en un 20% en EE UU, y la producción de gas de lutitas (extraído mediante la técnica del fracking) se ha multiplicado por nueve, llegando a suponer un 40% del total de la producción de gas en EE UU en 2013. Otras observaciones por satélite, publicadas anteriormente en 2014, sí afinaban más en la identificación de las fuentes: al comparar las emisiones de metano en el período previo al boom del fracking en EE UU con aquellas producidas en los primeros años de dicho boom (2009-2011), la coincidencia espacial era innegable: las concentraciones atmosféricas de metano aumentaron dramáticamente en muchas de las regiones productoras de gas de lutitas (Eagle Ford, Bakken, Marcellus).

Políticas climáticas pensando en el metano

La ya cacareada subestimación sistemática de las emisiones de metano en EE UU produjo una tímida reacción por parte de la EPA a mediados de este año. La ausencia de control y la mala calidad de la información sobre este contaminante por parte de las autoridades era tan manifiesta, que la agencia propuso una serie de medidas, que incluyen anulación de excepciones, mejora de los estándares y aumento de los controles. Sin embargo estas medidas probablemente tendrán un efecto claramente insuficiente dada a la dimensión del problema.

Es necesario desmitificar el gas como combustible fósil "limpio". Mientras que esta tesis se asienta en el hecho de que la combustión del gas produce menores emisiones que la combustión del carbón o el petróleo, lo cierto es que estos cálculos no integran en la huella climática el impacto producido por las fugas de metano. Cada vez hay mayores evidencias de que cuando las fugas producidas a lo largo de todo el ciclo de vida son incorporadas, las ventajas climáticas del gas, se anulan con creces. Y en particular, el gas de fracking tendría unas emisiones, según las últimas investigaciones, casi tres veces superiores a las del carbón.

¿Cómo puede ser que entre 2009 y el 2013 las emisiones de GEI en EE UU aumentaran, si las emisiones de CO2 disminuyeron? ¡Es el metano, estúpido!, podríamos contestar transformando la famosa frase de la campaña de Clinton.

Estas evidencias nos señalan la urgencia de hacer un replanteamiento radical de la narrativa actual en relación al gas. A punto de cumplirse un año de la firma del Acuerdo de París, las acciones de mitigación de los países no pueden apoyarse en una pretendida transición del carbón al gas.

El gas no solo es un combustible fósil, sino que es un combustible fósil con una huella climática que no estamos sabiendo o no estamos queriendo ver. La fuerte apuesta que muchos países están haciendo por el gas, disfrazándola de acción climática, no puede estar en ese sentido más equivocada. La Unión Europea sin ir más lejos se está embarcando en una orgía de inversiones millonarias de gasoductos, capacidad de regasificación, importación de gas natural licuado (GNL), etc. que, por un lado, no responde a necesidades energéticas reales y, por otro, nos lleva a un suicidio climático.

Debido a la larga permanencia en la atmósfera del CO2, la necesaria y drástica reducción de sus emisiones hoy tardará aún décadas en tener su efecto, mientras que los efectos de reducir las emisiones de metano hoy se traducirán en una reducción del aumento de temperatura a mucho más corto plazo. Abandonar los combustibles fósiles en general, incluyendo el gas, es la única salida sensata que tenemos.

Samuel Martín-Sosa es responsable de Internacional en Ecologistas en Acción.