En el diván del psicoterapeuta

Rajoy, el fugitivo de sí mismo que no perdona

Viaje a la mente del presidente en funciones cuando acaba la legislatura más corta y empieza una nueva campaña electoral. 

El presidente en funciones, Mariano Rajoy.

El presidente en funciones, Mariano Rajoy.

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Todos nos hemos preguntado alguna vez qué se esconde tras la cara de póker de Mariano Rajoy. Vamos a tratar de adentrarnos en el interior de Rajoy, a desentrañar qué se oculta tras ese hieratismo del que siempre ha hecho gala en su perfil público, tarea complicada por otra parte dada la casi total ausencia de manifestaciones personales del sujeto que permitan ver con claridad en su psique. Contamos únicamente con su perfil público en el que se advierte la fuerza del adiestramiento y las hagiografías de turno en las que hay que leer entre líneas para obtener datos reales.

Antecedentes

Mariano Rajoy procede de una familia tradicional, una familia patriarcal a la antigua en la que se impone el peso de la tradición. Tenemos al hijo del juez que, además, era un empollón, tal como le describen sus compañeros de la época. Era torpe, larguirucho, desgarbado y parece que le costaba aceptar esa desventaja frente a otros niños y jóvenes de su entorno. Su fuerte era el tesón y la perseverancia, además de una notable inteligencia que puso también al servicio de compensar limitaciones en otras facetas como, por ejemplo, las actividades deportivas en las que siempre anheló sobresalir.

La automentira

Todo ser humano quiere ascender, ser algo en la vida, destacar. Pero esto se busca a menudo por caminos que no corresponden con la verdadera naturaleza del buscador. El problema surge cuando uno sacrifica demasiado de sí mismo para acercarse a esos objetivos. Esto vuelve a una persona estrecha de miras y otras partes de la personalidad se rebelan ante la opresión.

Alfred Adler, gran psicoterapeuta vienés, denominó “la mentira de la vida” a creer que los objetivos vitales, las directrices que uno se marca, son unos, aunque en la conciencia sean otros muy distintos. Mariano Rajoy se puso como objetivo destacar en sus estudios y después en su profesión y en la política, probablemente como una distracción ante su propia torpeza y la humillación que eso conllevaba.

La estrategia de la tinta del calamar. De ese modo, además, conseguía la aprobación de la tradición, representada normalmente por el padre. Mataba, así, dos pájaros de un tiro. Lo que ignoraba en aquellos momentos era que había más pájaros que morían de aquel tiro: la individualidad, ser original y único, ser valiente y hacer frente a sus fantasmas.

El huidizo

Esta estrategia de la distracción, a menudo inconsciente, produce una huida que conduce a la persona a convertirse en un fugitivo, un fugitivo de sí mismo. La huida es el síntoma de la fobia, un tipo de neurosis en la que se magnifica lo temible.

Walter Odermatt, psicólogo profundo suizo discípulo de C. G. Jung explica que en las neurosis hay un conflicto de fondo no resuelto entre la moral tradicional que se ha asumido y las necesidades básicas del hombre. En la fobia se acepta de otros una representación de algo que no coincide con la realidad, es decir, se asume lo que llamamos un disparate. Al asumir la tradición se desaloja en parte la realización del ideal personal y esto tiene como consecuencia el rechazo y la estupidez.

En esa tradición bien pensante, como aquella de la que procede nuestro presidente, se rechaza el enfado, cualquier salida de tono se interpreta como si fuera una blasfemia y esto provoca en la persona una huida permanente. No se conocen salidas de tono de Mariano Rajoy, salvo sus meteduras de pata y el famoso cachete que propinó a su hijo en una entrevista encaja en esta actitud de mojigatería tradicional.

Esta tendencia a la huida también se muestra, por ejemplo, en su escasísima presencia en medios de comunicación en periodos no electorales, en su afán de evitar las situaciones conflictivas como hizo con su ausencia en el debate entre candidatos a las elecciones del 20 D o en declaraciones como las que expresó en la entrevista con Jordi Évole cuando al preguntarle sobre Esperanza Aguirre y su falta de confianza mutua dijo: “cuando veo que algunas personas actúan como a mí no me gusta, no me enfrento, procuro ir en paralelo para no coincidir y así se es más feliz”.

Dificultad con las emociones

Mariano es cerebral. Hay en él un predominio del intelecto y un cierto desprecio por otras facetas de la personalidad. Es frío, gélido quizás. Es ese tipo de hombre al que se le ve incómodo con los sentimientos. La ausencia de emociones mosquea, sobre todo cuando hay tanta ambición que alimentar. Y uno se pregunta de dónde saca combustible para mantener vivo todo ese montaje existencial.

Apenas se le ha visto emocionado, salvo al comentar eventos deportivos, ni enfadado como sucedió cuando llamó a Pedro Sánchez “ruin y mezquino” durante el último debate a dos que mantuvieron o últimamente al ser declarado “persona non grata” por el ayuntamiento de Pontevedra. Estas pocas excepciones señalan con claridad la aburrida neutralidad emocional de nuestro presidente.

Tampoco se le percibe como una figura paternal, alguien que guía con su valentía, que crea buen ambiente y que está siempre dispuesto a perdonar. Un hombre debe adquirir estas cualidades paternales, sobre todo antes de los cincuenta, si quiere tener un desarrollo sano de su personalidad y ser apreciado por los que están a su alrededor. La valentía no es una característica que destaque en él. Mariano Rajoy es de los que prefieren luchar en segunda línea, de tapadillo. Como hemos visto sólo da la cara cuando no queda más remedio y la guía que ofrece a sus seguidores es más bien opaca.

Lo del buen ambiente tampoco parece que sea algo perceptible en su entorno. Siempre se capta cierta tensión a su alrededor. Las cosas no fluyen fácilmente. En cuanto a lo de perdonar, no es una cualidad en que destaque particularmente. Es de los que te la guarda y espera su momento. Como le ha sucedido con numerosos colaboradores: Mayor Oreja, Zaplana, Pizarro, Acebes, Cospedal, Rudi, Fabra, Ruiz Gallardón, Aguirre... la lista es interminable y se amplía, además, con otras personas en distintos ámbitos de la sociedad, sin olvidar al mismo José María Aznar, la persona que le nombró como su sucesor.

La máscara

Mariano Rajoy lleva una máscara. Una persona encuentra su identidad cuando los papeles que desempeña en la vida coinciden con lo que lleva en su interior. De esta forma se transmite y se amplifica lo que hay detrás, lo que uno lleva dentro, como sucedía con la persona, la máscara que llevaban los personajes del teatro griego.

La máscara de Rajoy es impenetrable, no permite ver lo auténtico, al ser humano que hay detrás. Está forjada de tal manera que se ha confundido con lo esencial en este hombre y esto no inspira confianza. La falta de identidad desorienta a un hombre y le impulsa a la impostura. Esto conlleva el pago de un elevado tributo; no ser tú mismo e interpretar un personaje durante el resto de tu vida.

La retirada

El año pasado, Mariano Rajoy cumplió sesenta años. A partir de los sesenta, más o menos, un ser humano entra en una fase de la vida en la que la prioridad es la búsqueda de la sabiduría y la relación trascendental con las cosas. Es una transición que no resulta fácil y a Mariano se le nota cansado. Necesitado de mirarse más por dentro y ocuparse de sí mismo.

Esta fase es tiempo de redondear la vida y pulir sus aristas. De ofrecer consejos que la experiencia de la vida ha traído. De otro modo, uno puede atrofiarse con relativa rapidez y convertirse en un viejo que va contando “batallitas”. Tanto desgaste hace mella. A Rajoy le llega el momento por fin de enfrentarse a los temores y desmontar personajes, de dejar lastre. Pero de momento no quiere ni oír hablar de ello. Se le ve reafirmado en su personaje, aunque cada vez con más fisuras.

No ir al fondo de las cosas puede terminar pasándole una abultada factura. Todo esto se advierte, por ejemplo, en muchos momentos de la entrevista más “personal” que le hizo Bertín Osborne en su programa de televisión y en la que se ve a un Rajoy necesitado de abrirse, de contemplar su vida con perspectiva humana, pero incapaz de hacerlo con sinceridad.

A Rajoy no se le ve mala persona. Hará cosas mal como todo el mundo, pero se intuye cierta nobleza en él. Sería bueno ver de verdad a Mariano para poder respetarle más. Que saliera de ese encorsetamiento donde está atrincherado y mostrase sin tapujos a ese tipo desgarbado y torpón que puede despertar mayor simpatía y credibilidad a la gente.

*Francisco Llorente es terapeuta de la Escuela de Psicología Profunda.