Psicología

Rabietas de niños ¿o de chimpancés?

La capacidad de autocontrol de los párvulos de tres años es similar a la de estos simios.

Un chimpancé enfadado.

Un chimpancé enfadado. Flickr

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Si alguna vez has pensando que un niño que no obtiene lo que quiere y cuando lo quiere se acercaba más a un animal que a un ser humano, la ciencia te da ahora la razón. El control de los impulsos de los párvulos de tres años es muy similar al de los chimpancés, según un estudio llevado a cabo por el Instituto Max Planck  de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania) en el que participa también la Universidad Complutense de Madrid. 

Los menores mantienen esa capacidad simia de autocontrol hasta que cumplen los seis años, lo que los autores definen como un cambio evolutivo que podría explicarse por la enseñanza por parte de los adultos y la propia cultura humana. El estudio demuestra que la capacidad de controlar los impulsos tiene profundas raíces evolutivas. 

¿Y cómo llegaron a esta conclusión los antropólogos? Pues estudiando a los dos protagonistas de esta historia: 65 niños y niñas de tres y seis años (para ver la diferencia entre ambas edades) y 34 chimpancés. Una batería de pruebas bastó para demostrar la tesis de los investigadores

Los test, llevados a cabo en párvulos alemanes y gorilas del santuario de la isla de Ngamba, en Uganda, pretendían medir la timidez, el temor, la impulsividad, la rigidez, la concentración y la persistencia ante distintos objetos y situaciones. Las actividades se adaptaron a las diferentes especies para que fueran equivalentes. 

En la prueba que analizaba la impulsividad, a los participantes se les presentaban recompensas en pequeñas cantidades a las que podían acceder de forma rápida o en mayor número pero a las que tardaban más en llegar. 

A los niños se les dibujaron diferentes caminos en el suelo de la habitación que tenían que seguir para poder alcanzar los diferentes premios. Para los chimpancés, dado que habría sido muy difícil instruirlos en seguir un recorrido pintando, las recompensas se distribuyeron en diferentes habitaciones, a las que podrían tener acceso eligiendo entre una habitación más cercana con un menor premio o una más alejada con uno mayor. 

Las recompensas eran distintas, a gusto de la especie: para los chimpancés, trozos de plátano y pasas y, para los niños, fichas que luego se podían canjear por regalos. 

Las pruebas no dejaron lugar a dudas. Las rabietas infantiles son disculpables o, al menos, tienen un culpable en nuestro primo el chimpancé.