CARTA DEL DIRECTOR

Rajoy o el estorbo nacional

¿Se puede caer más bajo? Rajoy lo ha demostrado al engañar al Jefe del Estado, anunciando el jueves por la noche que concurriría a la investidura, provocando que le hiciera el encargo y declinando acto seguido acometerlo. La excusa de su voltereta no puede ser más pueril e inconsistente pues la oferta que, en un golpe de audacia pasado de revoluciones, dirigió Iglesias a Sánchez no pasa de ser una propuesta envenenada, falta de apoyos y con escasas posibilidades de prosperar, a la vista de la reacción en el PSOE.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

Que algo en el fondo tan nimio le haya servido de coartada para escurrir el bulto revela su nivel de cobardía. Pero aún mayor es su egoísmo al empecinarse en bloquear cualquier combinación que incluya al PP y no pase por hacerle presidente. Mi "proposición muy decente" ha saltado así por los aires: ni Rajoy consume su turno ni se aparta a un lado para que lo intente otro. Esto es lo peor que está sucediendo ahora.

Reconozco que lo que venimos proponiendo para España desde EL ESPAÑOL no parece español. Estamos convencidos de que, en las actuales circunstancias, sólo un pacto de Gobierno entre el PP y el PSOE, con la soldadura de Ciudadanos, permitiría afrontar el desafío separatista catalán, evitar su contagio de ida y vuelta al País Vasco, estabilizar la economía, regenerar la democracia y emprender la reforma constitucional. La necesidad de esa gran coalición ha quedado aún más patente después del vodevil del viernes. Pero supondría que una parte importante de la izquierda y la derecha se fundieran en un abrazo político que hiciera, al menos durante un par de años, de las dos Españas una sola; y esto, como digo, no está en nuestra naturaleza ni a primera vista tiene precedente en nuestra Historia. ¿O si lo tiene?

No estamos hablando sólo de otro consenso constitucional u otros pactos de la Moncloa -que ya sería mucho- sino de un gobierno a la alemana con ministros del PP, ministros del PSOE y ministros de Ciudadanos. Esto no ha sucedido nunca ni durante la transición porque siempre ha habido un claro vencedor en las urnas, capaz de completar su mayoría; ni durante la República porque sólo se pactaba entre afines, hasta llegar al frentismo de las elecciones de hace 80 años que Iglesias sueña reeditar; ni durante la Restauración alfonsina porque el pacto entorno al trono requería el turnismo de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas, con la alternancia de sus estructuras caciquiles.

No estamos hablando sólo de otro consenso constitucional sino de un gobierno a la alemana con ministros del PP, ministros del PSOE y ministros de Ciudadanos

Pero aunque tantos compatriotas ignoren todo sobre ese periodo, en el siglo XIX ocurrieron algunas cosas entre el final de la Guerra de la Independencia (1814) y la reposición de los borbones en el trono (1874). Fue la etapa de la desventura de la libertad primero y del triunfo del parlamentarismo luego, pletórica en pronunciamientos, revoluciones y constituciones. Y ahí, en plena era isabelina, es cuando ese primer vistazo sobre la falta de precedente de lo que se requiere ahora queda desmentido y rectificado.

Es el 29 de julio de 1854 y hemos acudido como tantos madrileños, recién salidos de detrás de las barricadas, a la Puerta del Sol. La muchedumbre se apiña ante la Casa de Correos. Todas las miradas están pendientes del balcón principal. Mientras dura la espera se alternan los cánticos y chistes soeces contra la corrupción del inmovilista partido derrocado, con los cánticos y chistes soeces contra la corrupción de una parte de la familia real: el conde de San Luis y sus ministros "polacos" también tenían su Gurtel, su Púnica y sus Bárcenas; y el único negocio que dejaron de hacer la reina madre María Cristina de Nápoles y su consorte Fernando Muñoz fue el del fondo Hispano-Saudí de Juan Carlos y Corinna.

De repente se abre el gran ventanal y a la terraza salen dos figuras de uniforme. El uno es el general Espartero, líder histórico del partido progresista. La Reina ha tenido que sacarle de su huerta logroñesa junto al Ebro para encauzar la revolución. El otro es el general O'Donnell, líder del partido moderado que, al alzarse en Vicálvaro contra la insoportable podredumbre de la situación, ha precipitado los acontecimientos. La chispa de la vicalvarada ha prendido la mecha de la sublevación popular y media España está en manos de juntas revolucionarias, dominadas por radicales de inquietantes intenciones que ríete de los de Podemos.

Sólo los grandes remedios pueden atajar los grandes males. La multitud sabe que Espartero y O'Donnell no sólo son rivales políticos, sino enemigos personales. Unos creen que se odian, otros que simplemente se detestan. Pero ambos tienen un adversario común execrado por el pueblo: el reaccionario rey consorte Francisco de Asis, alias "Paco Natillas", que creyéndose gracioso ha bautizado a Espartero como "Perdigón" -ay, "siempre tan negro y tan feo"- y a O'Donnell como "Fieramosca" -ay, "muy alarmado y muy malo a mi modo de ver"- y ya se sabe que en España el enemigo de mi enemigo se convierte fácilmente en mi amigo. Por eso cuando uno y otro se funden en un público abrazo, el júbilo estalla entre el pueblo.

ODonnell y Espartero aclamados en Madrid en julio de 1854.

ODonnell y Espartero aclamados en Madrid en julio de 1854.

Las gorras proletarias y los sombreros burgueses vuelan por el aire mientras sus propietarios, unos con blusa gris, otros con levita parda, remedan el ejemplo de los dos militares. Es imposible resistirse a la tentación de abrazar al vecino. Todos creen que el trono está salvado, que la Constitución será reformada y que la gran familia liberal podrá hacer frente al mismo tiempo a la involución carlista, de la que proceden los Puigdemont, Urkullu y compañía, y a la subversión revolucionaria.

Así, a la vista de todos, nace el gobierno de la Unión Liberal -hoy lo llamaríamos de unidad constitucional- con Espartero como presidente y O'Donnell como Ministro de la Guerra. Pero hay una tercera figura clave, probablemente oculta entre los visillos: el gran jurista Joaquín Francisco Pacheco, cabeza de los moderados "puros" que ocupa, como Albert Rivera, el centro del espectro y que, según Urquijo y Goitia, antecede al líder de Ciudadanos en dos de sus obsesiones: "necesidad del respeto de la legalidad, práctica del juego limpio". Pacheco ha sido el gran muñidor del acuerdo y su presencia en el gabinete como ministro de Estado es su mejor rúbrica.

"¿Será una utopía, un sueño del buen deseo, esta anhelada fusión?", se pregunta enseguida el dirigente progresista e historiador de los hechos Cristino Martos. "Las circunstancias, dueñas y señoras de la política, se imponen a los propósitos de los hombres y obligan a perdonar los agravios", sentenciaría Romanones en su estudio sobre Espartero, admitiendo que la singular combinación dio lugar a "una lucha sorda" desde el primer día.

Aquello duró los dos años del "bienio progresista", tras los que Espartero se volvió cual Cincinato a su huerta y O'Donnell subió el último peldaño hacia el poder. Ahora tampoco haría falta más tiempo, media legislatura, para dar estabilidad a la política, crecimiento a la economía e impulso a las reformas, incluida la constitucional. Y elecciones en 2018. El problema es que ni Sánchez tiene la envergadura de "Perdigón" ni Rajoy la flexibilidad de "Fieramosca".

El líder del PP ha terminado convirtiéndose en ese "estorbo nacional" que veía Ortega en quienes encarnaban la vieja política. Escuchándole decir que "no renuncia a nada" porque esa es la "voluntad de la gente" queda claro que ya sólo "aspira a sustentarse con vocablos como san Francisco de Asis se alimentaba del canto de la cigarra". Al mismo tiempo las tres cuartas partes de los dirigentes del PSOE tienen los pelos como escarpias ante la prepotencia perdonavidas de Iglesias y la amalgama, en la que los separatistas tendrían la llave, sobre la que pretende encaramarse Sánchez. El Comité Federal del sábado lo pondrá de manifiesto, veremos en qué términos.

Ni Sánchez tiene la envergadura de "Perdigón" Espartero ni Rajoy la flexibilidad de "Fieramosca" O'Donnell

De hecho el único propósito del estatuario de Rajoy es estimular el conflicto interno en el PSOE para que los barones bloqueen a Sánchez y todo fluya turbulentamente hacia unas nuevas elecciones que vuelvan a aplazar la democratización del PP y le permitan a él atornillarse en la que sería su quinta candidatura a la Moncloa.

Pero tener que ir otra vez a las urnas sería un fracaso de tal envergadura para el espíritu de negociación y compromiso que da sentido al sistema parlamentario, que desde ahora mismo habría que arrancar a los 350 electos la promesa de no volver a presentarse si eso sucediera. No es broma: ustedes son, de uno en uno y sin mandato imperativo de ninguna clase, los representantes de todos los españoles; ustedes tienen la obligación de configurar una mayoría de la que emane un Gobierno; y si no lo consiguen se van todos a su casa con unas inmensas orejas de burro y sin emolumento alguno. Sería el equivalente a la amenaza de quitarles el tejado o racionarles la comida que pesaba sobre los cardenales cuando en los cónclaves medievales remoloneaban a la hora de elegir Papa.

El campo estará mucho más abierto de lo que parece, siempre que desde el entorno social de los dos grandes partidos se trabaje en favor del equivalente a aquella Unión Liberal. Lo único positivo de lo ocurrido el viernes es que el reloj de los dos meses a partir de la primera votación de investidura no se va a poner aun en marcha. Lo adecuado sería seguir la hoja de ruta de Rivera y formar una comisión negociadora tripartita que sólo hablara de nombres y cuotas de poder una vez que hubiera acuerdo en el programa. Como ponemos de relieve hoy, en Europa hay 24 gobiernos de coalición y el presidente de 6 de ellos no pertenece al partido más votado.

Lo único positivo de lo ocurrido el viernes es que el reloj de los dos meses a partir de la primera votación de investidura no se va a poner aun en marcha

A nada que tome impulso la búsqueda del gran acuerdo, Rajoy comprenderá que su único papel es facilitarlo, quitándose de en medio. Y si se empeña en seguir ahí, plantado como un mueble inservible que ocupa el espacio e impide redecorar la habitación, llegarán los idus de marzo o en último caso tocará manifestarse ante Génova hasta que los pretorianos lo arrojen por la ventana. Sánchez tendrá entonces la oportunidad de reconvertirse, pivotando sobre Rivera para virar 180 grados y entenderse con otro dirigente del PP, siempre y cuando no haya llegado ya el AVE de Sevilla. ¿Será él o Susana Díaz quien desempeñe el papel de "Perdigón"? ¿Podría irrumpir un Feijoo o una Cristina Cifuentes en el papel de "Fieramosca"?

Tan importante como quien aparezca en el balcón es quien trabaje tras los visillos. En una circunstancia así el rol de los ex presidentes González, Aznar y Zapatero o de figuras con predicamento transversal como Bono o Gallardón puede ser coadyuvante. Pero también los intelectuales o los empresarios tienen mucho que decir. Pocos conocen el papel decisivo que el industrial de origen catalán Matheu, muy amigo de Espartero, desempeñó en su acuerdo con O'Donnell.

Y en último extremo queda la opinión pública. Puesto que la mayoría de los españoles prefiere los pactos a la repetición de elecciones, es hora de redoblar el activismo social para que el mensaje llegue nítido a la clase política. Y el papel de los medios de comunicación vuelve a ser crucial a ese respecto. La mayoría siguen prisioneros del tradicional frentismo pero la viralidad de internet provoca huracanes que derriban los cercados. Eso era lo que parecía augurar aquel "mal poema", en justa evaluación de Jorge Vilches, que el progresista Pedro Matas dedicó "Al pueblo de Madrid" tras la revolución de 1854: "¡Ya despertó el león!... a sus rugidos/ de hondo pavor se estremeció la tierra". El león español, sí, queridos leones de EL ESPAÑOL.