Un camino inconcluso

Por Juan Pedro Iglesias García, @jiglesiasgarci

Hace rato que ha dejado de llover y aunque el cielo amenaza, el sol pelea entre las nubes por hacerse un hueco. Me he parado junto a la Plaza de la Barbacana para observar a una madre que, de la mano, cruza con su hijo por el paso de cebra de la calle mártires. Ella lo mira con una sonrisa cómplice, de esas que ganan amor y afecto, mientras el niño va saltando de raya en raya y tiro porque me toca.

Madre e hijo han entrado en la Biblioteca y mientras, una cigüeña cruza a pocos metros de altura sobre mi cabeza. El sonido de su fugaz planeo, me hace seguirla con la mirada en dirección al convento de carmelitas de la Encarnación. Se ha posado en el nido que tiene encima del frontón. Su acicalado aleteo engalana, junto a otras cigüeñas y al resto de elementos esférico-piramidales, la hermosa fachada de piedra.

Al otro lado de la plaza, el dueño del bar próximo desata las cadenas de las mesas que guarda apiladas en un rincón todos los días. Lo hace convencido de que el tiempo va a darle tregua y como no queriendo la cosa, se la juega montando la terraza para la merienda.

El ruido de las cadenas me recuerda a otro tiempo, a un tiempo pretérito, en donde las mercancías y los carruajes entraban o salían hacia el puente de piedra, por el camino de Madrid. Un eco soñador de agricultores acarreando los productos de las huertas cercanas al Palacio y al trasiego del ganado que baja a beber a los viejos pilones de agua.

Casi desierta, la tarde refleja sobre el suelo y los tejados los brillos de un camino inconcluso a través del tiempo. Dos boadillanos caminan en conversación. Se han detenido cerca de mí y mientras escribo, les oigo hablar de cómo está España y de la que se nos viene encima, si el PSOE y Podemos pactan para dirigir este país. El mismo, pienso yo, que se descompone a raudales con una sociedad anestesiada por la corrupción, la crisis y la mediocridad de sus gobernantes.

Como aquel que camina y recoge lo necesario para vivir, voy anotando en mi cuaderno de viaje instantáneas de ayer y de hoy. Y como el que no oye, vuelvo a la conversación de los paisanos. Toca el turno del alcalde. Un tipo aseado y joven. Que ha hecho un buen trabajo por el municipio y que ha sido nombrado Diputado en Cortes. Me fascina ver como la edad en los mayores agudiza su espíritu crítico y sensato.

In memoriam a un tiempo en que la política era otra cosa, hoy, la mentira se ha adueñado de la palabra y para estos lances, no hay honradez ni moral. Para algunos, mal llamados políticos, todo vale y su fatuidad patológica convierte lo real en irreal.Hay noticias por doquier de una antigua y nueva casta. En donde la corrupción, esa novia con la que muchos bailan, vive por encima de las leyes, y es amparada por siglas, banderas, patriotismo de puño en alto y la potencia de los partidos que han mirado hacia otro lado, mientras la sociedad, poco ejemplar en algunos momentos, sufre los desmanes de la estúpida insensatez.

Cuando llegué a este otro lado de Madrid al cielo y sin huir del todo, no se conocían palabras como Gürtel. Años más tarde, estalló todo y la cueva de Alí Babá voló por los aires. A muchos les cogió de sorpresa, estaban ciegos o no querían ver que tanto coche de alta gama, tanto postureo, tanto desmán, tanta ignorancia y tanta fiesta, tenía que terminar mal. Es lo que tiene el poder y la venganza.

Hace rato he dejado atrás el Palacio, que es historia de contar para otro día. Paseo entre fresnos y las ovejas del pastor Alejandro, en un agradecido monte bajo con caminos suaves. He llegado a la silla encina, como yo la llamo, y desde allí, observo el Palacio que como quiero creer, lo hiciera el Infante mientras lo construían. A veces necesitamos observar desde afuera, para ver lo que hay dentro y otras, mirarnos dentro para ver lo que hay ahí, afuera.

Releo sentado un pasaje de Holbach en el que dice: “la política no puede separarse nunca de la moral ni perderla de vista ni un instante, sin que haya peligros iguales para soberanos y súbditos”.

“Las leyes que obligan a prender a un ladrón por cinco céntimos no castigan a un hombre de alcurnia ni deshonran a un poderoso que, por contentar su lujuria, deshonra a una familia honrada o que, por alimentar su vanidad, arruina a sus acreedores, reduce a unos comerciantes a la mendicidad y se convierte, sin peligro alguno para su persona, en asesino de muchas familias. En modo alguno camina por ello con la cabeza gacha; se felicita por haberles embaucado y se ríe con sus iguales de su simplicidad”.

Tras leer esto, pienso en cuántos de esos hombres con poder, que deambulan con la cabeza alta, y que ponen en peligro nuestra sociedad, podemos encontrar en pleno siglo XXI.