Hay viajes que empiezan con un paisaje, otros con una mesa reservada y algunos con la imagen de un edificio.
Para los llamados Archilovers, la arquitectura no es solo algo que contemplar durante las vacaciones. Puede ser el motivo que lleva a elegir un destino, la manera de recorrerlo y una forma de comprender qué lo hace diferente.
No se trata de una categoría turística oficial, sino de una etiqueta que describe a quienes incorporan el diseño y los espacios construidos a su manera de viajar.
La gran bóveda central acristalada de la galería Umberto I canaliza la luz natural hacia el interior del pasaje.
En sus itinerarios caben tanto obras contemporáneas, edificios históricos o alojamientos capaces de dialogar con el entorno.
Esta tendencia se relaciona con el turismo cultural, un ámbito que va más allá de visitar museos o monumentos.
Patrimonio y emoción
Según la publicación Cutting Edge de la UNESCO (2021), el 40% del turismo mundial encuentra la verdadera esencia de un destino en su patrimonio vivo, la herencia de sus tradiciones y la huella invisible que dejaron las culturas anteriores.
Pero bajo esa superficie también late una corriente emocional. En el estudio Heritage Site Perceptions and Motivations to Visit, publicado en 2006 en la revista académica Journal of Travel Research, se analizaron las motivaciones de potenciales visitantes de la Casa de Ana Frank, en Ámsterdam.
El canal de Ámsterdam refleja el cielo despejado y captura el ambiente de un día soleado en la ciudad.
Sus resultados señalaron que al pasear por lugares cargados de historia, los espacios dejan de ser estampas visuales para convertirse en espejos de nuestra propia identidad.
El viajero no busca solo la belleza estética, sino el eco de lo vivido, el pulso de un pasado que nos interpela y nos transforma al habitarlo.
En Doha, las esquinas redondeadas evocan las construcciones tradicionales de barro.
Aunque dicho estudio no se centra de manera exclusiva en el turismo arquitectónico, resulta esclarecedor para comprender cómo ciertos espacios trascienden su fachada. Se visitan por el significado que albergan y por cómo logran articular la identidad de un lugar.
Esa búsqueda de relato y arraigo no se limita al espacio público. A menudo, la experiencia comienza al cruzar la propia puerta del alojamiento.
Refugios con identidad
En Venecia, el NH Collection Venezia Murano Villa ocupa una antigua fábrica de vidrio. Su diseño contemporáneo conserva la memoria industrial del edificio y toma como referencia la tradición vidriera de Murano, vinculando la estancia con uno de los oficios que han dado identidad a la isla.
De este modo, la arquitectura funciona como un relato del pasado productivo del destino, reinterpretado para el presente.
En su patio, destaca la chimenea de ladrillo original que combina armónicamente con los ventanales de estilo industrial.
Por su parte, el Royal Mansour de Marrakech propone otro enfoque: una medina dentro de la medina. Reúne 53 riads distribuidos entre callejuelas y puertas que conducen a patios privados.
Zelliges, madera trabajada, yeso tallado y piezas elaboradas por artesanos marroquíes componen unos espacios en los que la arquitectura tradicional y sus técnicas decorativas forman parte de la experiencia de alojamiento.
Una fuente de mármol se alza en el centro del patio rodeada de mosaicos geométicos de terracota y cerámica blanca.
Situado en el parque nacional Kruger, en Sudáfrica, el Singita Sweni Lodge plantea un diálogo distinto con el paisaje. Sus siete suites están junto al río Sweni y cuentan con interiores inspirados en los colores y las formas de la naturaleza, desde las alas de las aves hasta los caparazones de los escarabajos.
El resultado busca que el diseño no compita con el entorno, sino que prolongue la experiencia de estar en él.
Los ventanales de suelo a techo comunican el dormitorio directamente con las copas de los árboles y la vegetación de la reserva natural.
Quizá ahí resida el atractivo de viajar con la arquitectura como brújula: descubrir que un edificio puede conservar la memoria de un oficio, revelar una tradición o cambiar la forma de mirar un paisaje. Y que, en ocasiones, el lugar donde uno se aloja también cuenta la historia del destino.
