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El Lago Como, o Lario como lo bautizaron los clásicos, lleva siglos siendo el retiro de royals y celebrities. Sus aguas de un azul tornasolado, enmarcadas por los Alpes, fueron ya orillas adoradas por la aristocracia romana: Plinio el Joven describió con detalle sus lujosas propiedades y Virgilio también la mencionó en sus obras. Hasta el mismísimo Julio César convirtió la ciudad de Como —entonces Novum Comum— en colonia romana en el año 59 a.C.

Durante el Renacimiento, las familias lombardas más poderosas levantaron palacios en el privilegiado entorno del lago, y en el siglo XIX llegó su edad de esplendor: la nobleza europea transformó sus riberas en un desfile de villas neoclásicas, jardines románticos y tertulias estivales que duraban hasta el amanecer.

Fue precisamente en ese contexto cuando Henri Beyle, quien aún no era conocido como Stendhal, recorrió la región en 1818 y quedó tan trastornado por su belleza que, en la edición de 1826 de Roma, Nápoles y Florencia, escribió : "Si tienes un corazón y una camisa, vende la camisa y ve a ver el lago de Como". Más de dos siglos después, el Como contemporáneo se debate entre mantenerse fiel como reducto exclusivo y abrazar nuevas formas de turismo.

El tiempo no pasa por esta lujosa residencia reconvertida en hotel hace más de un siglo. Grand Hotel Villa Serbelloni

Escenario de la historia

El Grand Hotel Villa Serbelloni es una de las direcciones más exclusivas de este ya de por sí exclusivo enclave. Pero no se revela de primeras. Originariamente fue la residencia de verano de la influyente familia Frizzoni. Tras años de disfrute se impuso la practicidad y los propietarios renunciaron a trasladarse hasta allí cada temporada estival. La única forma de llegar era en barca de remos y era una travesía de varios días con doncellas, decenas de baúles, menaje…

La suite Kennedy refleja el esplendor de un legado que pervive gracias a la familia Bucher. Grand Hotel Villa Serbelloni.

En 1874 se convirtió en hotel y así ha sido hasta hoy. Más de 150 años de historia hotelera y seis generaciones sin cambiar de manos. Una trayectoria de independencia extraordinaria en la hotelería europea, coronada con las iniciales, “G.L.”, y merecedora de la insignia del sello Relais & Châteaux.

Una institución europea

Menos de 100 habitaciones y más de 250 empleados –muchos de ellos con una antigüedad de décadas– que trabajan, también, en familia. No en vano, los dueños viven en la propiedad y supervisan personalmente cada detalle. Ese trato, cercano, elegante, pero a la vez relajado es una de las cosas más valoradas por su aclamada clientela internacional. Y eso es, en definitiva, lo que hoy se entiende por lujo emocional.

Opulencia sin pudor con el matiz que da el rigor del buen gusto es la seña de la casa. Grand Hotel Villa Serbelloni

El edificio, de un clasicismo majestuoso, conserva frescos originales, lámparas de araña de cristal de Murano, mármoles centenarios y una impresionante colección de arte. Aquí no hay minimalismo ni guiños efímeros a la tendencia y sin embargo, el ambiente nunca resulta rígido. Quizá porque las notas que inspiraron a Verdi o las que salieron de los dedos de Franz Liszt siguen sonando suspendidas en el aire…

Un pasado que se reinventa

Salón y zona de trabajo de la Suite 160, reservada durante años a la reina de Suecia. Grand Hotel Villa Serbelloni.

Si hay una habitación que resume a la perfección la esencia de esta villa es la Suite 160, la máxima categoría disponible y reservada antaño para la reina de Suecia. Su barroca decoración, los cuatro balcones que ponen el lago a tus pies o sus antigüedades te transportan en el tiempo. Si sus paredes hablaran revelarían secretos de la aristocracia mundial, de grandes estadistas y de las más rutilantes estrellas. Pero las sedas, terciopelos y adamascados de Villa Serbelloni son la discreción personificada. Por eso alojó a figuras ilustres como Churchill o Kennedy, entre otros muchos.

Salón con vistas a los jardines en la Suite Arte, una habitación-galería única. Grand Hotel Villa Serbelloni

Pero también hay espacio para celebrar el diseño contemporáneo dentro de sus muros. De hecho, la Suite Arte es toda una declaración de intenciones y un espacio que celebra la creatividad con piezas de mobiliario inspiradas en el periodo Biedermeier, fusionadas con un grabado de Andy Warhol, alfombras inspiradas en Kandinsky, cerámica contemporánea y piezas firmadas por Prada.

Un lugar para alimentar cuerpo y alma

Otro de los grandes protagonistas del hotel es su restaurante gastronómico: Mistral, donde la alta cocina rescata el mejor producto local. Su chef, Ettore Bocchia, interpreta la tradición lombarda con técnica contemporánea: guisos de pescados del lago reinventados, risottos de textura perfecta, aceites intensos y postres que juegan a sacarte una sonrisa. Aquí la experiencia culinaria es tan relevante como el paisaje y cada plato parece pensado para dialogar con la vista infinita que se despliega tras los ventanales.

La piscina, la playa y el deck del hotel son de los rincones más envidados de Bellagio. Grand Hotel Villa Serbelloni

El hamman del spa es el escenario de los tratamientos signature. Grand Hotel Villa Serbelloni.

El spa rivaliza con la espectacular piscina sobre el lago y la playa de teca y arena que ofrecen junto al embarcadero; allí donde el agua oscura se vuelve tentación. Luce del lago, la zona wellness es otro de los contrapuntos contemporáneos al clasicismo del edificio. Cuenta con piscina interior dinámica, cabinas donde se realizan tratamientos personalizados y espacios de relajación para entregarse al silencio.

El embarcadero es comienzo y final de una de las mejores experiencias que puedes tener: recorrer el lago en una de las exclusivas embarcaciones del hotel. Grand Hotel Villa Serbelloni

Pero quizá el mayor lujo sea salir a navegar, al caer la tarde, en uno de los botes venecianos de color azul índigo que el hotel pone a tu disposición. Es un ritual que encarna, como pocos, la esencia del lugar: el cielo se tiñe de naranja y violeta, las montañas se recortan como sombras chinas y el lago adquiere una quietud total. Ante ti se despliega el Triángulo dorado en plena golden hour. Quizá, en ese preciso momento, empatices de manera gemelar con Stendhal.