La ciudad de los azulejos, la ciudad literaria, la ciudad más inglesa de Portugal, la de las bodegas… Oporto (Porto para el resto del planeta, menos los hispanohablantes) reúne mil identidades, pero en estos momentos, sin duda, es el destino de moda en el país vecino.
Atrás quedaron los años de decadencia, aquellos de principios del siglo XXI en los que casi el 70% de los edificios del casco histórico rozaban el abandono. Hoy, la urbe se despliega como una acogedora metrópolis que cada vez más visitantes se animan a escoger.
Industrial por tradición mercantil y devota del espíritu de Mercurio —el dios romano del comercio, cuya influencia aún se palpa en el imponente Palacio de la Bolsa—, Oporto exige un calzado cómodo para abordar sus cuestas.
En un itinerario ideal, no puede faltar el emblemático puente Luis I de Oporto.
Un itinerario ideal arranca obligatoriamente en la emblemática Librería Lello, un templo neogótico que sobrevivió al amago de cierre gracias al turismo y a esa leyenda urbana indisoluble —pese a los desmentidos de la propia J.K. Rowling— que la conecta como musa inspiradora del universo de Harry Potter y continúa asomándose al icónico Puente Luis I.
Allí, si el clima acompaña, todavía se puede observar la estampa de los adolescentes locales saltando al río Duero desde las alturas, ante la mirada atónita de los viajeros.
La herencia británica, forjada por siglos de alianzas, se respira en detalles como su histórico club de cricket o en la propia arquitectura. Sin embargo, si algo define al portugués es su amor por el vino: es el mayor consumidor per capita del mundo, rondando los 60 litros anuales.
Para entender este idilio, basta cruzar a Vila Nova de Gaia y contemplar los rabelos, esos barcos tradicionales que antaño transportaban las barricas y que hoy, cada 24 de junio, se baten en una regata simbólica.
Allí, las visitas guiadas a las bodegas se alternan con paradas en los mercados gastronómicos y el dulce aroma de los pastéis de nata, cuyas cadenas ya conquistan España, o la contundencia de la francesinha, el sándwich hiperbólico local.
Los pasteis de nata son el dulce portugués por excelencia.
Este resurgir patrimonial ha ido de la mano de una revolución culinaria sin precedentes. De hecho, la primera gala de la historia de la Guía Michelin dedicada exclusivamente a Portugal se celebró en 2024.
Hasta entonces, las novedades lusas se anunciaban junto a las españolas, una alianza que la organización decidió disolver para reivindicar su propia identidad y crecimiento.
Pero hubo un restaurante en Oporto que se adelantó a esta emancipación, consiguiendo su brillo Michelin en 2022 y revalidándolo por cuarto año consecutivo. Hablamos de Le Monument, que también cuenta con dos Soles Repsol y pertenece a La Liste de los 1.000 mejores restaurantes del mundo.
Escondido junto al Ayuntamiento y la imponente Avenida de los Aliados, este espacio propone un viaje gastronómico por Portugal sin moverse de la mesa.
Se ubica en un edificio neoclásico de 1923 que empezó siendo una imprenta y una pensión (de donde se cree que hereda el nombre), albergó el mítico Café Monumental —donde la alta sociedad de los años 30 y 40 se reunía a escuchar orquestas en directo— y hoy acoge al majestuoso hotel The One Monumental Palace, recientemente adquirido por la compañía catalana H10 Hotels para su colección de 'gran lujo' urbano.
Julien Montbabut es el chef con una estrella Michelin en Le Monument.
Detrás de los fogones de Le Monument se encuentra una bonita historia de complicidad: el chef Julien Montbabut y su mujer, la pastelera Joana Montbabut, que, tras desarrollar sus carreras en París, decidieron trasladarse a Oporto.
Aunque al principio no planeaban trabajar juntos, han terminado fusionando sus visiones en un tándem perfecto.
Julien fue contratado inicialmente para hacer cocina francesa refinada (con la rigurosa escuela técnica de Joël Robuchon en el ADN), pero pronto entendió que el camino era otro: "No me sentía confortable. Empezamos a trabajar con el territorio", confiesa.
Hoy cuenta con una red de 40 productores locales, un especialista para cada materia prima procedente del Duero, el Miño o los alrededores de Lisboa.
La experiencia culinaria en Le Monument —que cuenta con tres formatos de menú: Grande Viagem (180 euros), Passeio (140 euros) y Caminata (110 euros)— arranca en la propia cocina con el primer bocado de la mano del chef. Una de sus curiosidades más fascinantes es la ausencia total de pimienta, sustituida por alternativas aromáticas como la hoja de ajo, el yuzu o la mostaza Savora.
El menú degustación de Le Monument es un paseo gastronómico por Portugal.
El viaje arranca con una versión del Porto Tonic local con frutos del bosque y un desfile de aperitivos (amuse-bouche) que incluye tartaletas de berenjena, pan frito estilo bao con pulpo y salsa verde, o una yema de huevo confitada sobre estofado de pollo.
El menú avanza por la geografía lusa recreando hitos de la costa y el interior: el espárrago verde de Alcácer do Sal cocinado en costra de arroz —cuya arcilla rompen en sala rescatando la teatralidad clásica—.
Siguen con el buey de mar de Vila do Conde; el calamar gigante de las Azores acompañado de una mantequilla elaborada con algas dulse y lechuga de mar de las islas; o el bacalao confitado de Coímbra con espuma de leche de almendras y guisantes.
Los postres corren a cargo de la jefa de pastelería y mujer de Julien, Joana Montbabut, en Le Monument.
La propuesta cárnica brilla con el cerdo negro alentejano de Estremoz y el pichón con espárragos blancos de Guimarães.
En los postres, Joana eleva el listón con una trilogía dedicada a las fresas ecológicas del Duero con luisa-lima, una delicada propuesta con miel de una colmena propia apadrinada por el restaurante en el norte del país y chocolate de Brasil con vainilla ahumada.
Una propuesta líquida impecable con vinos como el Giz, de la región de Bairrada, y los propios vinos de Porto, completa el viaje sensorial.
Un icono patrimonial
La presencia de Le Monument justifica por sí sola la visita al edificio, pero es que The One Monumental Palace se ha consolidado como uno de los puntos históricos y de moda más vibrantes de Oporto. Con 63 habitaciones y 13 suites, el establecimiento ha mantenido intacto.
El interiorismo es un derroche de sofisticación art déco mezclado con el alma burguesa de la ciudad: los pasillos de las plantas superiores, alfombrados en tonos verdes y estampados felinos, evocan el misticismo del Orient Express.
The One Monumental Palace se ubica en un edificio neoclásico de 1923.
Además, las zonas comunes rinden homenaje a la cultura con una biblioteca de más de 700 libros y una estrecha colaboración con la Tilsitt Gallery local, salpicando el hotel con obras de arte contemporáneo que dialogan con la cercana e imprescindible rúa Miguel Bombarda, la calle de las galerías de arte por excelencia en la ciudad.
El hotel no solo vibra con la alta cocina. Donde antaño se sentaba la intelectualidad de Oporto en el Café Monumental, hoy opera Yakuza, uno de los restaurantes fusión más codiciados de la ciudad, ideado por el célebre chef Olivier da Costa.
Este concepto, que cuenta con sedes exclusivas en Lisboa, París o el Algarve, ofrece una propuesta de gastronomía japonesa con influencias brasileñas que causa furor entre los locales.
Para cerrar la jornada, el plan perfecto pasa por el American Bar del hotel, un piano bar que recupera el glamur de los años 20.
Mientras las notas de música envuelven el ambiente, se puede disfrutar de coctelería de autor combinada con bocados locales ilustrados: croquetas de bacalao, excelente presunto (jamón), quesos DOP de Azores o las singulares croquetas de alheira, el embutido tradicional inventado por los judíos en el siglo XV a base de aves y caza para simular que comían cerdo y esquivar así a la Inquisición.
Oporto mantiene intacta su pátina de romántica melancolía, esa saudade atlántica inconfundible, pero la combina ahora con una energía cosmopolita, hotelera y gastronómica imparable. Una escapada obligatoria para saciar el espíritu del viajero.
