Se da una sensación extraña al caminar por las tranquilas calles de Christiansfeld. Tal vez sea porque hemos leído algunas líneas sobre su singular historia antes del viaje. O quizás porque todo nos resulta extrañamente ordenado, inusualmente sereno.
De vez en cuando nos topamos con algún grupo de visitantes que, al igual que nosotros, curiosea con su mapa en la mano los principales edificios de la ciudad, pero nada extraordinario. La calma es la dueña aquí.
Pero, antes de arrancar, y para situarnos mental y geográficamente, diremos que Christiansfeld nació en el siglo XVIII como una comunidad de los hermanos moravos procedente de Herrnhut —hoy día, Alemania—.
Fueron ellos quienes levantaron, a petición del rey Cristián VII de Dinamarca, una ciudad que seguía el mismo modelo de su lugar de origen, solo que en este enclave del sur de la región danesa de Jutlandia.
Su coqueto y sobrio parque sirve de punto de partido para iniciar la ruta por Christiansfeld.
Una urbe acorde con sus ideales religiosos, de igualdad y vida en común que dieron como resultado lo que hoy tenemos ante nosotros: una ciudad organizada desde antes de nacer, perfectamente cuadriculada, con una iglesia como punto central y un estilo arquitectónico absolutamente sobrio. Unas particularidades que son, precisamente, las que hicieron que Christiansfeld fuera reconocida como Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2015.
Un sistema singular
Iniciamos nuestro paseo a pie en la plaza central de la ciudad, epicentro de todo lo que se cocía habitualmente en ella. Una suerte de parque de forma cuadrada de la cual parten caminos en forma de cruz que conectan las principales vías, como Lindegade y Nørregade.
En medio, una fuente y, en cada uno de los lados, algunos de los edificios más simbólicos de Christiansfeld, que lucen una armonía que se percibe también en los materiales con los que fueron construidos: se repiten las fachadas de ladrillo amarillo, las ventanas perfectamente alineadas y la decoración es casi inexistente.
No hay lugar para la ostentación, por lo que la ausencia de grandes monumentos o atracciones turísticas es clara.
Cuadriculadas y de madera, las ventanas hacen lucir las fachadas de las casas.
Decididos a empezar a descubrir el pasado de Christiansfeld, nos acercamos a la Iglesia de los Hermanos Moravos, conocida como Salshuset y levantada en 1776, aunque se consagró un año más tarde.
Como era de esperar, en cuanto traspasamos sus puertas nos sorprende la absoluta sencillez del espacio, prácticamente desnudo: una enorme sala diáfana de paredes blancas impolutas, un suelo de madera sin tratar, lámparas que cuelgan del techo sin abalorio alguno y decenas de bancos colocados de manera corrida, con una disposición que nos llega a resultar, incluso, llamativa.
No hay retablos, ni altares, ni imágenes aquí, sino que el pastor dirige el culto, que puede llegar a acoger hasta a 1.000 personas, desde una sencilla mesa. Eso sí, durante siglos, hombres y mujeres ocuparon lados separados del templo, una costumbre que también dejó huella en la organización de otros espacios de la localidad.
Una iglesia profundamente diferente a las que encontramos en cada rincón de España.
De vuelta al exterior, nos topamos con otros edificios históricos como la Søstrehuset o Casa de las Hermanas, construida también en 1776 como un espacio para alojar a las mujeres solteras de la comunidad, que convivían y compartían los momentos más cotidianos como el trabajo y, por supuesto, la oración.
Con el tiempo, el edificio alojó una residencia para mayores, aunque ahora funciona como un museo en el que aprender más detalles sobre esta curiosa historia. Cuenta, además, con una tienda de artesanía y recuerdos.
Otro edificio, la Enkehuset o Casa de las Viudas, fue utilizado —como podemos imaginar— para dar alojamiento a las mujeres de la comunidad que habían perdido a sus maridos. Que solían vivir juntas al margen de la estructura social de la ciudad.
Un poco más adelante, se suceden edificios que correspondieron al clero, a la administración o a la enseñanza, pues la educación de los niños y niñas, al igual que los oficios o el comercio, también atañían al mismo proyecto comunitario.
La belleza de un pueblo también está en los tejados.
El lado más cotidiano
El paseo que nos permite ahondar en la historia de Christiansfeld nos lleva ahora por Nørregade sin perder de vista la continuidad de las fachadas, que no suelen superar las dos plantas.
Todas ellas lucen tejados de teja roja y prescinden de todo tipo de ornamentación. Tras una ventana, un gato nos saluda: aunque ya la época de los moravos hace tiempo que quedó atrás, los vecinos de Christiansfeld continúan conviviendo con esa parte de la historia a diario.
En la calle Lindegade se encontraba Brødrehuset, la Casa de los Hermanos. Era la residencia de los hombres solteros de la comunidad, pero también reunía talleres y pequeños negocios como carpinterías, panaderías y actividades relacionadas con el curtido de pieles.
Detalles que nos siguen dando contexto de aquella época y hacen comprender cómo, en apenas seis años desde su fundación, la localidad llegó a contar ya con cientos de habitantes.
Entre las paredes del hotel de Christiansfeld se han alojado personalidades y han ocurrido momentos históricos para la región.
Una parada realmente interesante la hallamos en el Brødremenighedens Hotel, que funcionó como antiguo alojamiento de la congregación, que lo usaba para recibir a visitantes en una clara muestra de que Christiansfeld no vivía aislada del exterior, sino que desde el inicio acogió a viajeros y mantuvo vínculos con otras comunidades moravas.
El hotel, en el que se ha alojado en numerosas ocasiones la familia real danesa, cuenta también con una historia importante para la región: aquí se firmó, durante la guerra que enfrentó en 1864 a daneses y prusianos, un armisticio entre representantes militares de ambos bandos.
Las casas tienen solera a sus espaldas.
Un dulce final
Pero, no iba a ser todo historia y arquitectura en Christiansfeld, claro: la ciudad también es popular por una tradición pastelera muy particular que nos lleva hasta Honningkage Bäckerei, donde elaboran los famosos pasteles de miel del mismo nombre.
Su receta se remonta al siglo XIX, aunque en 1782 ya se construyó el edificio que acogió la panadería en la que Emil Achtnich comenzó a preparar estas delicias.
La fórmula ha perdurado hasta nuestros días, por lo que ponernos en cola ante el mostrador, pedir nuestro pedacito de pastel y sentarnos en una de las mesas de la cafetería a degustarlo, supone una forma más de acercarnos también a la historia cotidiana de la ciudad.
La gastronomía de Christiansfeld la ocupan, en buena medida, los pasteles de miel.
Cubierto el lado gastronómico más aclamado, cambiamos de registro y nos acercamos hasta uno de los lugares más simbólicos de Christiansfeld. El antiguo cementerio moravo o Gudsagren se halla al este del casco histórico, pero supone un paseo de apenas cinco minutos.
Una liebre brinca veloz por el césped en el momento en que atravesamos la enorme verja y nos adentramos en el camposanto. El espacio, consagrado en 1774, está rodeado de tilos que representa a la perfección los principios sobre los que se construyó la comunidad.
Siguiendo la idea de que todos somos iguales ante Dios, todas las tumbas son idénticas, sencillas, sin ornamentos y dispuestas ordenadamente en ocho sectores: a un lado, los hombres, y al otro, las mujeres.
Un número en cada una de las lápidas indica el orden de fallecimiento, pero sin destacar quién se halla enterrado en ella.
Ni el cementerio de Christiansfeld integra grandes ornamentos.
Un dato curioso es que las sepulturas se han conservado desde los primeros tiempos de la comunidad, jamás se ha eliminado ninguna, por lo que se mantiene un vínculo excepcionalmente directo con quienes dieron forma a Christiansfeld desde sus primeros años.
Otro detalle más sobre esta forma de entender la vida y la muerte, la convivencia y las relaciones, de una manera especialmente singular. Sin duda, una visita a Christiansfeld no deja indiferente a nadie.
