De todas las imágenes icónicas de las que presume Nueva York, DUMBO —acrónimo de Down Under the Manhattan Bridge Overpass— tiene la suerte de atesorar unas cuantas. Por eso, no son pocos los que se aventuran a cruzar el East River en busca de la mítica fotografía con el puente de Manhattan a sus espaldas o, mucho mejor, con la silueta del distrito y sus altos rascacielos de fondo.
Y es que DUMBO, que un día fue solo una apartada zona industrial y portuaria que miraba de reojo todo lo que sucedía en la Gran Manzana, se ha convertido en los últimos años en uno de los enclaves más interesantes, no solo de Brooklyn, sino de toda Nueva York.
Hoy, al admirar sus robustos edificios de ladrillo visto transformados en viviendas de lujo, algo nos hace intuir que la historia del vecindario es la misma que ha ido repitiéndose en otros muchos lugares del planeta. Aquellos almacenes donde se guardaba el café producido en Nueva York, así como el género que llegaba en barco desde otros puntos del mundo a los muelles de la zona, quedaron vacíos tras la desindustrialización y fueron vistos con buenos ojos por parte de artistas bohemios que supieron verle el potencial.
Llegada la década de los 70, las inmobiliarias se fijaron también en sus posibilidades, y llegó todo el proceso de gentrificación que convirtió DUMBO en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad.
El barrio de DUMBO se ha convertido en uno de los puntos más revitalizados de la ciudad.
Hora de investigar
Pongámonos en que es sábado, probablemente el mejor día de la semana para explorar el que es ya, dicho por muchos, el barrio de moda de Nueva York. No nos cabe duda de que no seremos los únicos con la misma idea, pero qué más da: como de costumbre, DUMBO estará a rebosar de ambiente.
Entre otras muchas razones, porque los fines de semana son días de Brooklyn Flea, el mercadillo vintage que vuelve locos a los neoyorquinos. Es entonces cuando el 80 de Pearl Street, en los bajos del puente de Manhattan y alrededores, se colma de todo tipo de puestecillos, ya sean atendidos por artistas locales o por potenciales chefs que hacen sus pinitos desde una moderna food truck.
Los orígenes de este evento semanal vienen de 2008 y nos parece una manera maravillosa de arrancar un periplo por el vecindario: husmear entre las diferentes propuestas hará que, inevitablemente, nos vayamos con alguna otra pieza —ya sean joyas, cerámica o accesorios con historia— a casa.
Una de las postales que más flashes recibe, probablemente, del mundo.
Desde el Brooklyn Flea solo necesitamos caminar unos minutos para alcanzar la Washington Street, probablemente la calle más fotografiada de todo DUMBO. La reconoceremos ya de lejos por el revuelo de personas que, cámara de fotos o móvil en mano, se afana en posar para lograr la instantánea ideal que llevarse de recuerdo.
Porque aquí aparece una de esas imágenes demasiado perfectas para ser reales: de fondo, tras nosotros y encajado como si lo hubieran puesto a posta entre los edificios de ladrillo, el Manhattan Bridge luce exultante, enmarcando en su arco inferior la silueta del Empire State Building.
Las dimensiones del puente, con sus inmensos cables de acero y la estructura de hierro suspendida sobre la calle, nos hacen sentir diminutos frente a una de las grandes obras de ingeniería de Nueva York. Caminamos por las calles de alrededor viendo cómo las oficinas conviven con estudios creativos, restaurantes y —ya te lo decíamos antes— exclusivos lofts. También está el St. Ann's Warehouse, una antigua fábrica de llamativas arcadas transformada en sala de conciertos y teatro: perfecta para un plan cultural.
Da igual si es verano o invierno, un helado cremoso y de calidad siempre es bien recibido.
Para alimentar el espíritu y recargar energías, tampoco faltan propuestas en la zona. Shake Shack y sus hamburguesas, la cocina hawaiana de Aloha Alley, los negocios alojados en el popular Time Out Market o las míticas pizzas de Grimaldi's, restaurante en los bajos del puente de Brooklyn y todo un must. El postre, un tradicional helado de Brooklyn Ice Cream Factory, claro.
Buscando la panorámica perfecta
Nos animamos con un breve paseo hasta la Pebble Beach, que vuelve a dejarnos con la boca abierta: frente a nosotros, el Brooklyn Bridge en primer plano, Manhattan desplegándose al otro lado del East River y el perfil del skyline elevándose detrás. Las piedras y guijarros de la pequeña playa se extienden hasta el agua permitiendo que nos acerquemos al río más que nunca.
Las calles estrechas del barrio enmarcan los puntos centrales de la ciudad.
Pero hay algo más que llama poderosamente la atención de todos los viandantes: al alzar la vista, vemos el Jane´s Carousel, que constituye una de las imágenes más entrañables del Brooklyn Bridge Park. El carrusel, que ocupa un pabellón de cristal diseñado por el arquitecto francés Jean Nouvel, cuenta con un centenar de caballos de madera tallados y decorados a mano.
Se trata de una pieza histórica datada en 1922 que fue restaurada antes de ser instalada en este rincón, y una atracción que iguala en nivel de tentación a la fila de kayaks aparcados en los muelles recreativos junto al parque: durante los meses de más calor es posible disfrutar de ellos gratuitamente, dando la oportunidad a quien se anime de remar por las aguas del East River con vistas inigualables a Manhattan y, más allá, la Estatua de la Libertad.
De vistas Truman Capote y café de especialidad
¿Más vistas a la Gran Manzana? Claro, ¡será por perspectivas! Y es que resulta que el Brooklyn Heights Promenade es uno de esos paseos que no podemos ignorar. Caminar junto al East River mientras nos acompaña otra de las grandes panorámicas de Nueva York, es verdaderamente emocionante.
El skyline de New York tiene infinitas perspectivas diferentes para llenar el carrete de la cámara.
Recorrer la ruta al completo nos lleva alrededor de 30 minutos en los que nos cruzamos constantemente con parques infantiles, neoyorkinos practicando deporte o jóvenes divirtiéndose en pistas de baloncesto.
Una vez hemos tenido suficiente, nos adentramos en las calles de Brooklyn Heights, uno de los primeros barrios residenciales con los que contó Brooklyn, que conserva una extraordinaria colección de casas de ladrillo o brownstones, todas con sus ventanas perfectas y escaleras de incendios iguales. Gran parte fueron levantadas en el siglo XIX.
Una de las zonas donde Truman Capote desarrolló algunas de sus grandes obras con inspiración británica.
Una zona repleta de vías arboladas y tranquilas con nombres tan evocadores como Cranberry, Orange, Pineapple o Hicks. Es en Willow Street, sin embargo, donde nos detenemos un segundo, pues algo nos llama la atención: resulta que en el número 70 vivió Truman Capote durante una década, en un apartamento del sótano de la casa propiedad de su amigo, el escenógrafo teatral Oliver Smith, mientras terminaba Desayuno con diamantes y escribía A sangre fría, dos de sus obras más conocidas. ¿Cómo superamos esto?
Pues con un café, como se acompañan las mejores cosas. Porque queremos una pausa final buscando esa cotidianeidad que nos mimetice con sus habitantes. En Joe Coffee, situado en la esquina entre Hicks Street y Pineapple Street, pedimos un latte con leche de avena y nos entregamos a la vida de barrio con los brazos abiertos.
Este fue el primer establecimiento de la cadena en Brooklyn y hoy sigue funcionando como una auténtica cafetería local, frecuentada tanto por vecinos que pasan a por su dosis de cafeína diaria como por quienes se sientan un rato con el portátil a trabajar. ¿Acaso necesitamos más?
