En ocasiones, una ciudad se entiende más por lo que esconde que por lo que yace a la superficie y está a plena vista de todos. Son esos puntos menos conocidos e incluso bajo tierra, los que Toledo guarda desde hace siglos.
En el casco viejo de Toledo "se vive dentro de un museo", afirma Jesús Corroto, gerente del Consorcio de Toledo y una de las personas que más está promoviendo otros espacios que convierten a Toledo en un continuo descubrimiento de la historia desde, al menos, la época romana.
En una ciudad rutinariamente abarrotada de turistas atraídos por su cercanía con Madrid y por su encanto propio, aún quedan vestigios de épocas muy pasadas preparados para la gente que desea profundizar, literalmente, en su historia.
Toledo sirve para pasear y perderse por sus calles, sin perder de vista los entramados históricos que aguarda.
El Toletum romano
Toledo posee un entramado subterráneo que va más allá de túneles o garajes contemporáneos. Son más de 3.000 metros cuadrados los que se esconden bajo las calles empedradas que separan los edificios que han sido levantados en las últimas décadas de los que un día fueron la superficie de una de las ciudades más importantes de Hispania.
Durante los casi 700 años que estuvieron los romanos en la actual capital castellanomanchega, dejaron impreso su estilo y su forma de vivir a solo cinco metros bajo tierra de lo que hoy es suelo firme y el desfiladero por el que caminan miles de turistas y lugareños.
Estas piscinas y termas con más de 2.000 años de antigüedad se consideran el sistema hidráulico romano más extenso de toda España. Y ahora podemos disfrutar de un trocito de su inmensidad.
Un punto cargado de historia son las Cuevas de Hércules, un lugar repleto de leyendas recogidas en varios textos medievales. Según cuentan, estas oquedades naturales habrían acogido a Hércules, el fundador de la ciudad, que habría instalado allí sus palacios para practicar algunas artes mágicas o comunicarse con espíritus.
Incluso el propio Iker Jiménez o Álex de la Iglesia han explorado este espacio en busca del misterio
Por la parte superior de las cuevas discurría el acueducto de Toletum.
Otra leyenda relaciona a las cuevas con la desaparición del reino visigodo a manos de los árabes. Se creía que el propio Hércules dejó en un cofre cerrado la profecía de la destrucción del reino, advirtiendo a cada rey visigodo que debía añadir un candado más bajo su reinado para evitar su apertura.
Sin embargo, don Rodrigo, el último rey godo de Toledo, maniobró su apertura y provocó la destrucción del palacio, del que quedaron solo las cuevas, comenzando así la conquista árabe.
Detrás de esa aura de misterio, sí se sabe que este lugar fue el depósito de aguas en época romana más importante de la zona y por el que conectaba el acueducto de la ciudad, porque sí, Toledo también tuvo acueducto pese a que no se ha logrado conservar al paso de los siglos.
En época visigoda, se levantó sobre las cuevas un templo cristiano, y con la llegada de los árabes, una mezquita.
Entre calles estrechas, giros cerrados más allá de los 90º y pendientes tan pronunciadas en las que en ocasiones uno se debe encorvar ligeramente para subir, Toledo se caracteriza por ser un laberinto donde es difícil aparcar.
Este fue el origen del descubrimiento de la ciudad romana porque muchos vecinos decidieron excavar para hacer un garaje, pero se quedaron en un intento.
Bajo sus viviendas, encontraron aljibes y termas romanas que habían permanecido ocultas y en silencio al paso de los siglos, y que permiten ser conscientes de la monumentalidad de Toledo en la época romana.
Enclaustradas bajo los bloques de edificios de la actualidad, las termas permanecen inmutables.
La ciudad de los conventos
Otros de los secretos mejor guardados de Toledo están, curiosamente, detrás de los muros. Y es que el 30% de la superficie de la parte vieja corresponde a conventos, un total de 12, de los cuales muchos de ellos tienen pasado mudéjar, es decir, construcciones en estilos árabes realizados en épocas cristianas.
Adentrarse en un lugar dedicado al culto, con la delicadeza y el respeto que merece.
Uno de ellos es el Convento de la Concepción Franciscana, situado a escasos metros de la plaza de Zocodover y cuyas paredes siguen siendo la residencia de 12 monjas. Sus habitantes, practican una clausura total.
En el horario de visitas al convento se resguardan en sus aposentos para no cruzarse con los visitantes. Es más, la portera del recinto es una mujer, ya que el voto de castidad no les permite ni siquiera ver a los hombres.
El convento alberga un antiquísimo mausoleo al que se accede, no sin dificultades, bajando estrechas y curvadas escaleras que requieren de cierta destreza para no caer en el intento.
La gran carga de humedad del mausoleo eleva la presión de estar muchos metros bajo tierra.
Por otro lado, se encuentra el Convento de Santa Clara de Toledo, en el que hasta hace pocos años residían apenas tres monjas que ya fueron reubicadas. Se compone de un espacio dedicado a la vida comunitaria y otro dedicado a la vida litúrgica. Por una parte el Patio de los Naranjos, decorado con elementos islámicos que los artesanos introdujeron en su momento y coronado con dos pequeñas campanas que servían de aviso cuando este espacio tuvo alta ocupación.
Cruzando la puerta que comunica ambos espacios, se encuentra el Claustro de los Laureles, por donde las monjas hacían sus procesiones y desarrollaban una vida más dedicada a la devoción. Sus paredes están repletas de azulejos de cerámica de Talavera de la Reina, con un patio enmarcado dentro de un conglomerado de arcos mudéjares.
Convento con monja.
Estos espacios, sumados a otros que manejan desde el Consorcio de Toledo, pertenecen a las rutas de 'Patrimonio Desconocido' mediante las que tratan de acercar esa conexión entre los ciudadanos y su valor cultural. Todas sus visitas son gratuitas en el horario específico para cada una de ellas que se puede consultar en la página web del propio consorcio.
