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Antes de hablar de Vilamoura, dejemos algo claro: estamos a punto de descubrir un destino alejado de la idea de ciudad histórica que ha terminado convertida en refugio de la jet set. Para nada. Porque Vilamoura es, sin embargo, un refugio ideado desde sus inicios para servir de destino de ocio de las clases más adineradas de Portugal —y más allá—.

Sin embargo, antes de que hubiera yates, campos de golf y hoteles de lujo mirando al Atlántico, en estas tierras había huertas, cultivos y ganado. Y es que, la localidad que hoy conocemos nació sobre la antigua Quinta de Quarteira, una extensa propiedad agrícola que ocupaba buena parte de este rincón del Algarve.

Fue en los años sesenta, cuando el banquero portugués Arthur Cupertino de Miranda adquirió la finca y comenzó a tomar forma una idea bastante más ambiciosa: convertir aquel paisaje rural en un gran destino turístico internacional.

Que aquel objetivo fue logrado a lo grande lo demuestra hoy su marina, epicentro de todo este enjambre de hoteles y villas de lujo en el que hay espacio para nada menos que 1.300 amarres. No en vano, está considerado el puerto deportivo de mayor tamaño de todo Portugal.

Postal nocturna con los barcos entablando conversación en el mar. Filipe Madeira

Érase una vez los romanos

Tal vez no haya mejor manera de empezar a conocer Vilamoura que viajando a un pasado mucho más remoto al que imaginamos. Para ello, conducimos unos minutos hasta las ruinas de Cerro da Vila, , un antiguo asentamiento junto al agua, a pocos minutos de la marina, que los romanos convirtieron en una villa marítima entre los siglos I y V.

Hoy, los restos de las antiguas estancias, termas públicas y depósitos relacionados con la elaboración de salsas de pescado —el mítico garum, a saber—, nos hablan de una comunidad acomodada y estrechamente vinculada al mar. El conjunto contaba, además, con un puerto donde se intercambiaban productos con otros centros del litoral atlántico y mediterráneo.

Un asentamiento que permite imaginar los modos de vida siglos antes. Viator Imperi

Hoy Vilamoura continúa mirando al mar, solo que desde una perspectiva muy distinta. Lo comprobamos en su marina, que concentra buena parte de la vida de localidad: hasta ella llegan multitud de barcos privados, parten las excursiones por la costa, y entre sus restaurantes y terrazas se suceden las tiendas de firmas internacionales más exclusivas, mezcladas, eso sí, con alguna que otra propuesta más local.

Sin embargo, si hay un momento de día en el que el puerto deportivo se muestra en todo su esplendor, es al caer la tarde. Es entonces cuando el calor empieza a aflojar y la marina se transforma en un gran paseo frente al agua: los mástiles dibujan una especie de bosque vertical sobre los barcos, las terrazas comienzan a llenarse, la música suena más fuerte y el ambiente torna, poco a poco, más festivo.

La 'Gran Vía' de Vilamoura. Filipe Madeira

Lo comprobamos, también, en el Casino de Vilamoura, que forma parte de la historia desde sus primeros años como destino de lujo y continúa siendo uno de los referentes de su vida nocturna con una oferta que también abarca diferentes espectáculos.

Hora de toalla y bronceador

Pero disfrutemos de la Vilamoura más diurna, que tiene mil y un planes para ofrecer. Entre ellos, el más sencillo y atractivo: sus playas. A un lado de la marina se despliega la Praia de Vilamoura, una extensa franja de arena dorada que se prolonga hacia Quarteira. Es la playa más urbana y accesible de todas, equipada con todo lo que podemos imaginar como necesario para pasar el día frente al Atlántico.

Sus playas vírgenes con espacio de sobra para relajarse y pasear. Ethan Bucher

En ella se encuentra Puro Beach, el beach club del hotel Tivoli Marina Vilamoura Beach, un espectacular 5 estrellas con increíbles vistas al mar y a la marina. Tumbados en una de sus hamacas, nos animamos a un almuerzo con tintes playeros a base de una ensalada ligerita y arroz con rape y bien de cilantro: que se note que estamos en el Algarve.

Hacia el oeste, sin embargo, se extiende Praia da Falésia, otro arenal larguísimo que alcanza las proximidades de Olhos de Água y sorprende por su sucesión de acantilados que combinan el rojo, el cobre, el dorado y el naranja según los reflejos del sol así nos lo hagan notar. Una de las estampas más espectaculares de este lado del Algarve.

Los acantilados abruptos dibujan una panorámica solemne. Ethan Bucher

Tiempo para el deporte rey

Nos sacudimos la arena de la playa y cambiamos el bikini por los palos de golf: porque si hay otra manera de disfrutar de Vilamoura, es con este deporte tan explotado en la zona. De hecho, prácticamente desde sus comienzos, fue otra de las piezas fundamentales con el que el proyecto turístico aspiraba a atraer visitantes internacionales durante todo el año. ¡Y vaya si lo consiguió!

El primero de los campos en llegar fue el Old Course, que se inauguró en 1969 y fue diseñado por el británico Frank Pennink. Está considerado uno de los campos de golf más veteranos y reconocidos del Algarve, y serpentea entre pinos sobre un terreno suavemente ondulado, conservando buena parte del trazado original.

Agua y hierba se expanden para los amantes del golf. Domes Lake Algarve

Los carritos de golf pululan por la zona con rostros que revelan orígenes británicos y nórdicos: el buen clima y la excelente localización son el mejor de los reclamos para los amantes de este deporte.

Tras el Old Course, llegaron Pinhal, y más recientemente, Millennium y Laguna, que permiten enfrentarse a recorridos de características muy diversas. El Victoria Golf Course, inaugurado en 2004, fue el último en unirse a la lista y sirve de escenario, desde 2007, del Portugal Masters, torneo del DP World Tour.

Tiempo para el descanso

Y ahora sí: llega el momento de desconectar. Y nos decantamos en esta ocasión por Domes Lake Algarve Autograph Collection, a la verita de la marina y del Parque Natural del Vilamoura: tal como traspasamos su puerta de entrada, ya notamos cómo el ritmo cambia.

¿Hay mejores vistas para comer en el Argarve? Domes Lake Algarve

Avanzamos por sus pasillos, llave en mano, y enseguida descubrimos cuál es el verdadero protagonista de este hotel de lujo: el lago privado de agua salada alrededor del cual se organizan las habitaciones, restaurantes, piscinas y zonas de descanso, nos lleva a fantasear con horas de baños y sol.

Nosotros, en cambio, no tardamos en ponernos el bañador y optamos por la piscina para solo adultos ubicada en el extremo opuesto: mientras bandadas de pájaros de las especies más diversas revolotean a nuestro alrededor, pedimos un cóctel de autor con el que refrescar la experiencia.

Un rinconcito que parece secreto pero que no pasa desapercibido para todos los huéspedes. Domes Lake Algarve

No dudamos en catar su oferta gastronómica, que abarca desde la cocina italiana más excelsa en Antonino's, a las ostras y el pescado fresco en su restaurante de la playa, Àcosta —bajo la dirección del chef Olivier da Costa—, al que accedemos por una pasarela de madera

Cada mañana, eso sí, nos dejamos llevar por un desayuno buffé de ensueño con los sabores de Portugal como protagonistas, aunque es en la intimidad de nuestra suite, apurando las últimas líneas de la novela de turno, donde abrazamos el verdadero concepto de relax.

Un espacio pensado para disfrutar de una comida íntima en la mejores manos del chef Olivar da Costa. Acosta Restaurant

Disfrutamos así de un refugio frente al mar que resume, mejor que ninguno, lo que Vilamoura es y significa: la fusión de bienestar, lujo y sol en el enclave más exclusivo del sur de Portugal.