Alcanzar el barrio de Cannaregio no supone una gesta demasiado engorrosa. Al fin y al cabo, se halla relativamente cerca del palpitante corazón veneciano. Y, sin embargo, es como si nos adentráramos en un universo paralelo.
Lo notamos tan pronto bajamos del clásico vaporetto que nos transporta desde la estación principal de Santa Luzia hasta la parada de Madonna dell'Orto, la principal de nuestro destino.
Enseguida queda patente: aquí se respira calma y sosiego, pues las calles, más allá de estar gobernadas por grupos de viajeros ataviados con cámaras de fotos y móviles, son el decorado para las escenas más cotidianas. Las que se desarrollan entre canales, pequeñas plazas y rincones insospechados.
El agua mansa de los canales domina la tranquilidad vespertina.
Pero, antes de continuar, situémonos: Cannaregio se encuentra al norte del Gran Canal y se extiende desde la estación de Santa Luzia hasta las aguas de la laguna.
Colmado de rincones de lo más pintorescos, acabamos de arribar a uno de los sestieres —como se conoce a los barrios en italiano— más grandes y poblados de la ciudad: una suerte de urbe en miniatura en la que hay espacio también para grandes tesoros, desde palacios como Ca d'Oro o iglesias como la Madonna dell’Orto, al antiguo Gueto judío, establecido en 1516 y considerado el primero de Europa. Todavía conservan sus sinagogas, el Museo Judío y una comunidad con presencia bastante activa.
Recorrer Cannaregio consiste, en definitiva, en ir quitando capas a la ciudad.
Entre arte y religión
Iniciamos nuestra ruta en uno de esos lugares que atrapan por su belleza, pero también por la historia vinculada a él: a solo unos pasos de la parada del vaporetto, se halla la iglesia de Madonna dell'Orto, cuyo origen se remonta al siglo XIV—aunque fue reformada en el XV—.
Contemplamos su espectacular fachada de ladrillo visto fijándonos en los delicados elementos ornamentales en piedra, en sus arcos y en sus esculturas, antes de explorar el interior.
Postal de una fachada anclada en el tiempo a la par que renovada en Campo dei Mori.
Pero si hay un nombre ligado para siempre a este templo, es el de Tintoretto. El gran pintor veneciano vivió durante buena parte de su vida en las inmediaciones y quiso que fuera aquí donde recibiera sepultura.
En las entrañas de la iglesia se atesoran, además, algunas de sus obras maestras, como La Presentación de la Virgen en el Templo, La adoración del becerro de oro o El Juicio Final. Recorremos sus pasillos y capillas asomándonos así al universo de uno de los grandes protagonistas del Renacimiento veneciano.
De vuelta al exterior, avanzamos por las estrechas callejuelas que componen el barrio al amparo de la ropa tendida en las ventanas y las fachadas desconchadas de colores. Amarradas a los canales, las pequeñas barcas se balancean suavemente mientras algún que otro taxi acuático las adelanta. De tanto en tanto, sorteamos las vías acuáticas cruzando pequeños puentes que nos regalan las postales más venecianas que podamos imaginar.
Comer junto al canal en buena compañía, uno de los planes estrella de la ciudad.
En apenas unos pasos alcanzamos Campo dei Mori, en una de cuyas casas vivió, precisamente, Tintoretto. Interiorizamos su importancia al tiempo que aprendemos algo sobre la historia del lugar, pues fueron los llamados Mori los que le dieron el nombre a la plaza.
Tres esculturas representan a los tres hermanos Mastelli, comerciantes procedentes de Morea —Peloponeso— que, según dicen, llegaron a Venecia en el siglo XII: las figuras forman parte de las fachadas de los edificios y, si no estamos atentos, podemos no reparar en su presencia.
Paramos frente a la conocida como Rioba, que luce una suerte de prótesis metálica en lugar de la nariz original desde de que esta desapareciera. No hay que negar que la historia mezcla hechos y leyendas, pero Venecia, al fin y al cabo, está repleta de ellas.
Donde fueres...
Y llega el momento de adentrarnos, más si cabe, en la Venecia “de verdad”. En aquella que disfrutan a diario sus vecinos, en la que se despliegan todo tipo de bacari —bares y locales de ambiente relajado— donde tomar el aperitivo —un cicchetto o pequeña tapa veneciana junto a una copa de vino— en un acto de lo más cotidiano.
Caminamos hasta la Fondamenta dei Ormesini para sumarnos al ritual. Aquí los edificios, muchos de ellos antiguos almacenes convertidos en viviendas, se alternan con pequeños negocios y tiendas de toda la vida.
La bella y antiguamente conocida como Casa de Oro.
Algo parecido sucede en la Fondamenta della Misericordia, paralela al canal del mismo nombre y repleta de bares a pie de canal que se animan, sobre todo, al caer el sol.
Entre una parada y otra, merece la pena que miremos hacia arriba, pues Cannaregio conserva aquí una arquitectura menos monumental, pero extraordinariamente reveladora de cómo se ha vivido en Venecia durante siglos: proliferan las puertas que se abren directamente al canal, las escaleras de piedra desgastadas y las fachadas que muestran, sin necesidad de explicaciones, las distintas edades de la ciudad.
Sin apenas darnos cuenta, nos topamos con uno de los grandes iconos de Cannaregio: el Ca’ d’Oro es un palacio del siglo XV y una de las mejores muestras del gótico veneciano.
El edificio hoy alberga la Galleria Giorgio Franchetti, y recibió su nombre — "Casa de Oro" — de la decoración dorada que en origen cubría parte de su fachada, que se abre al canal con arcos, tracerías y delicados balcones. Más allá, otra sorpresa: Santa Maria dei Miracoli, del siglo XV, luce exultante su fachada revestida de mármoles polícromos y decoración renacentista.
Las barcas reposan, al menos por un momento, de transportar turistas y locales.
El legado histórico
Tras la inmersión en la Venecia más local, damos un nuevo giro a la ruta y nos acercamos hasta uno de los rincones con más personalidad de Venecia. El antiguo Gueto judío, creado en 1516 por decisión de la República, fue el primero de Europa y de él procede, curiosamente, la palabra "gueto".
Tras sus puertas, que se cerraban al anochecer, llegó a concentrarse una comunidad de miles de personas obligada a vivir en un espacio reducido que terminó creciendo hacia arriba. De hecho, algunos de sus edificios alcanzaron hasta siete u ocho plantas, algo excepcional.
Unas vistas muy privilegiadas para poder dormir en la ciudad.
Uno de sus mayores atractivos son las cinco antiguas scole o sinagogas instaladas en las plantas superiores de edificios, apenas son reconocibles desde la calle.
La Scola Grande Tedesca, la Scola Canton, la Italiana, la Levantina y la Española representan la diversidad de las comunidades judías que fueron llegando a Venecia. El paseo por la historia nos lleva a poner el punto y final frente a los relieves de bronce de Arbit Blatas, que recuerdan a los judíos venecianos deportados durante el Holocausto.
Dormir junto a un jardín secreto
Dormir en Cannaregio es tentador, y estamos de suerte: sin salir del perímetro del barrio tenemos la oportunidad de alojarnos en una auténtica joya del hospitality veneciano. El NH Collection Venezia Grand Hotel Palazzo dei Dogi, que ocupa un elegante palacio del siglo XVII, el antiguo Rizzo-Patarol, nos acoge envueltos en lujo y nos revela otro tesoro más tras sus muros: un jardín botánico privado de unos 2.000 m² que es un pequeño oasis de vegetación en mitad de Venecia. Esta rareza, creada entre 1717 y 1719 por el botánico y coleccionista veneciano Lorenzo Patarol, llegó a reunir en su terreno más de 1.200 especies.
Un jardín secreto que acoge los rayos del sol y hacen relucir sus floridos colores.
Hacemos check-in en una de sus elegantes suites con vistas al canal y nos dejamos embaucar por el estilo veneciano de su interiorismo, donde no faltan ni el mármol de Carrara ni el cristal de Murano. Para completar la experiencia a lo grande —es decir, alegrando al estómago—, nos animamos a catar la propuesta gastronómica del hotel en Da Lorenzo – Al Giardino Segreto, su restaurante dirigido por el chef con estrella Michelin Paulo Airaudo, que es un homenaje al icónico jardín y al botánico italiano.
