Probablemente influya la propia geografía: eso de que acabemos de aterrizar en una capital construida sobre 14 islas en el Báltico ya augura un viaje de lo más especial.
Porque, es precisamente esta característica, lo de encontrarse repartida por un territorio conectado gracias a 57 puentes y en el que los embarcaderos y parques se cuentan por decenas, la que le confiere a Estocolmo una relación mágica con el agua.
Si a eso le sumamos los días eternos de verano, cuando el sol amanece a horas intempestivas y aguanta hasta bien tarde en el horizonte, encontramos una urbe en la que la vida se desarrolla sin prisas, como queriendo exprimir sus horas en calma, hasta el final. Justo lo que buscábamos.
Por eso, sea la primera vez que se visita Estocolmo, o la quinta, siempre será buena idea acercarse hasta Gamla Stan. Esta islita de pequeñas dimensiones concentra el casco histórico, que nació en el siglo XIII y que sigue siendo uno de los lugares donde mejor se percibe la historia de la ciudad.
Paseamos relajadamente por los adoquines de Stortorget, Österlånggatan o Västerlånggatan, contemplando las fachadas pintadas de colores y los tejados naranjas o dedicando unos minutos a sus tienditas de firmas locales y pequeños cafés. Visitamos, por qué no, el Museo del Premio Nobel y admiramos la imponente fachada del Palacio Real.
Stortorget, la postal más colorida del centro histórico.
Una vez hayamos interiorizado la elegancia del pasado plasmada en sus calles, podremos cruzar a una nueva isla: Södermalm nos aguarda con un sinfín de tentaciones.
La vida moderna
Estamos en uno de esos vecindarios donde la historia nos recuerda a las de tantos otros rincones del mundo: este antiguo barrio obrero se transformó décadas atrás en uno de los más creativos de la ciudad, y aún hoy conserva ese aura hípster que tanto nos atrae.
Porque lo alternativo suele abarcar lugares cool donde el disfrute es la máxima absoluta. Lo interesante de Södermalm es saber tomarle el pulso a su cotidianeidad, su punto fuerte, ya que estamos en un barrio que no destaca por sus grandes monumentos.
Tomamos el icónico ascensor de Katarinahissen en Slussen —zona actualmente en obras, pero accesible— y, en apenas unos segundos, hemos salvado los 38 metros de desnivel. Las vistas de Gamla Stan desde este lado, con los campanarios de sus iglesias sobresaliendo en el skyline, son dignas de fotografiar mil y una veces.
Caminar por la pequeña pasarela de Monteliusvägen, nos deleitará aún más. Después nos dedicamos a recorrer Hornsgatan, vía repleta de tienditas de diseño y galerías de arte. Hacemos parada, muy cerca, en el bonito proyecto de Arketyp, una tienda de vinilos de lo más auténtica donde reivindican la vuelta al disfrute de la música conscientemente.
Atardecer en Estocolmo: un picnic con vistas a Gamla Stan.
En Papercut, justo al lado, el papel vuelve a tomar importancia gracias a su enorme selección de revistas de todo el mundo. El panorama cambia a cada pocos metros: ropa escandinava, objetos para la casa, cerámica, libros, piezas de segunda mano y pequeños proyectos que explican mejor que cualquier museo la particular personalidad creativa de Estocolmo.
En Drop, paramos a tomar un café —de especialidad, claro— y un bollo de cardamomo: es hora de ir aprendiendo sobre el noble arte del fika, esa suerte de merienda al estilo sueco que absolutamente todos practican.
En SoFo, zona más bohemia aún si cabe, se alternan negocios desbordantes de personalidad como Fingerborg o Manos —de artesanía—, Fablab o Behagligt —de interiorismo— o Re SoFo y Lisa Larsson —de ropa vintage—.
Si apetece darnos el homenaje con una cocina de autor que refleja los sabores nórdicos a través de una técnica exquisita, el lugar es Agrikultur. Será necesaria, eso sí, una última parada en Fotografiska, que ocupa un antiguo edificio industrial de ladrillo junto al mar.
El museo de fotografía de la ciudad ofrece exposiciones temporales que reúnen nombres internacionales y nuevas voces de la fotografía contemporánea, pero parte de su encanto reside también en el propio edificio y en la posibilidad de terminar la visita desde su café-restaurante en la última planta, que ofrece una de las panorámicas más bonitas de la ciudad.
Gastronomía sueca bajo la estructura de hierro de Östermalms Saluhall.
Vasastan, elegancia y majestuosidad
Seguimos rebajando revoluciones en cuanto ponemos los pies en Vasastan, uno de esos barrios que conquista, precisamente, por la autenticidad de lo que se respira en él. Nos encontramos en una zona más residencial y, por ende, más tranquila: entre elegantes edificios de finales del XIX, pequeñas plazas, librerías, tiendas de diseño y cafés, nos sentimos como pez en el agua.
El parque Vasaparken nos tienta a sentarnos bajo los árboles y observar la vida local, mientras que Odenplan y sus alrededores concentran una animada, pero nada estridente, escena gastronómica. Rolfs Kök, una de las grandes instituciones de la cocina contemporánea de Estocolmo, lleva abierto desde 1989 y apuesta por las raíces suecas y europeas, presentando recetas de producto de temporada y sin demasiados artificios.
Su cocina, completamente abierta—una rareza cuando abrió sus puertas—, permite observar el trabajo de los cocineros rodeados de un interiorismo de lo más singular.
Para alojarnos, sin embargo, escogemos la zona de Östermalm, el barrio más exclusivo. Hacer check-in, en Estocolmo, no es cualquier cosa, y mucho menos si lo hacemos en un hotel con historia como el Diplomat, ubicado en un espectacular edificio de 1907 construido en estilo Jugend —la versión nórdica del Art Nouveau— en el gran boulevard frente al agua.
Un espectacular alojamiento concebido originalmente como un lujoso inmueble residencial: sus amplios apartamentos, que llegaban a contar con hasta 550 metros cuadrados, fueron ocupados posteriormente por familias acomodadas y, durante buena parte del siglo XX, por distintas embajadas extranjeras —de ahí su nombre—, hasta que en 1966 se transformó en hotel.
El icónico edificio de 1907 en el gran boulevard de Östermalm.
Atravesar las puertas de nuestra suite, una de las 130 con las que cuenta, es encontrarse de lleno con su pasado: ahí se conservan los parqués y las molduras originales, también los techos ornamentados y ese aura que, combinada con el diseño sueco más vanguardista, hacen de él un espacio al que nos adaptamos rápidamente.
Nos enamoramos rápidamente de nuestra habitación, elegante, serena y exenta de grandilocuencias. En su reputado restaurante gozamos cada mañana con un desayuno de reyes, mientras que en sus cómodos sillones nos entregamos a la conversación o a la lectura.
Gestionado por Diplomat Collection, una compañía hotelera familiar que ya va por su cuarta y quinta generación, el hotel mantiene una identidad muy vinculada a Estocolmo y a la propia Strandvägen, que no dudamos en recorrer. Y es que la ubicación es uno de los fuertes del Diplomat: a unos minutos caminando se hallan las principales tiendas comerciales con todas las grandes firmas.
También el popular Östermalms Saluhall, el histórico mercado que ocupa un edificio de 1888 y que aún conserva el aire de los grandes mercados europeos de hierro y ladrillo.
En su interior, se suceden puestos y pequeños establecimientos dedicados al producto sueco, ya sea para catarlo in situ o para llevárnoslo a casa: pescados y mariscos, carnes, quesos, embutidos, panes, dulces y, por supuesto, algunos de los clásicos de la cocina local están presentes aquí.
Elegancia y diseño sueco en las suites del Hotel Diplomat.
Un lugar perfecto para probar el popular räksmörgås, el célebre sándwich abierto de gambas tan típico de Suecia. A la hora de bajar la comida, lo tendremos fácil: dos de las islas más atractivas del archipiélago se hallan a tiro de piedra. Por un lado, Skeppsholmen, donde se ubica el Moderna Museet, cuya colección de arte moderno y contemporáneo es absolutamente imperdible.
Por otro, la isla de Djurgården, que fue antiguo coto de caza real que hoy forma parte del Parque Nacional Urbano y uno de los lugares favoritos de los propios suecos.
Este enorme territorio verde en pleno centro de Estocolmo nos invita a recorrerlo a pie o en bici, a aprovechar sus zonas ajardinadas disfrutando de un pícnic y a, entre bocado y caminata, visitar sus museos más populares: el Vasa —que atesora el espectacular buque de guerra que se hundió en su viaje inaugural, en 1628, y fue rescatado 333 años después— o el de ABBA, dedicado al grupo que convirtió el pop sueco en un fenómeno planetario.
Y así, con Waterloo sonando aún en nuestras cabezas, habremos puesto el broche final a un viaje tranquilo, sosegado, por la bella Estocolmo.
