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Ahora que el otoño empieza a transformar el paisaje y las temperaturas invitan a pasar más tiempo al aire libre, recorrer algunos de los pueblos más bonitos de España se convierte en uno de esos planes difíciles de rechazar.

Y si hay un lugar especialmente indicado para una escapada durante estos meses es Albarracín, en la provincia de Teruel. Un pueblo de calles estrechas, casas rojizas y murallas que parecen formar parte de la propia montaña.

Llegar hasta aquí supone cambiar por completo de escenario. Las carreteras de la Sierra de Albarracín anticipan una localidad que ha conseguido conservar buena parte de su carácter histórico y que invita, sobre todo, a descubrirla caminando.

Un pueblo para perderse

El casco histórico de Albarracín está formado por una sucesión de calles empinadas, escalinatas, pasadizos y edificios que se adaptan a un terreno complicado y que explican buena parte de la peculiar imagen del pueblo.

Las fachadas de tonos rojizos, los balcones de madera y forja, las pequeñas ventanas y los grandes aleros acompañan prácticamente durante todo el recorrido. No hace falta seguir una ruta demasiado estricta: aquí uno de los mayores atractivos consiste precisamente en perderse.

Calles de Albarracín. iStock

Uno de los mejores lugares para comenzar es la Plaza Mayor, considerada el centro de la localidad y donde se encuentra el Ayuntamiento. Su historia se remonta siglos atrás, ya que el espacio se asienta sobre un antiguo foso natural de la muralla rellenado en el siglo XI.

Desde allí merece la pena continuar caminando sin demasiadas prisas por el entramado de calles hasta encontrarse con lugares como el Portal de Molina y la conocida Casa de la Julianeta, una de las imágenes más reconocibles de Albarracín.

Una muralla sobre la montaña

Pero si existe algo capaz de cambiar por completo la perspectiva de Albarracín son sus fortificaciones. El sistema defensivo de la localidad está formado por murallas, castillo y diferentes torres levantadas para proteger puntos estratégicos.

Subir hasta la zona de la muralla requiere afrontar algunas pendientes, pero permite contemplar desde las alturas el entramado de tejados y casas del casco histórico, encajado entre montañas y el río Guadalaviar.

Albarracín. iStock

El castillo completa este paisaje medieval. Turismo de Aragón lo define como un espectacular conjunto fortificado y uno de los ejemplos medievales más impresionantes conservados en la Península.

Desde estos puntos elevados también se entiende mejor la peculiar forma de Albarracín, construida aprovechando un terreno abrupto en el que casas, calles y fortificaciones parecen adaptarse a cada curva de la montaña.

De la catedral al río

De vuelta al casco histórico, otra de las paradas es la Catedral de Albarracín. El edificio actual fue levantado principalmente durante el siglo XVI y conserva elementos como su retablo mayor, el coro y una característica torre que destaca sobre los tejados.

Junto a ella se encuentra el Palacio Episcopal, actualmente vinculado al Museo Diocesano, mientras que otros edificios como las iglesias de Santiago y Santa María ayudan a completar un paseo en el que resulta complicado avanzar muchos metros sin encontrarse con algún elemento histórico

Y después de tanta cuesta todavía queda otra forma completamente diferente de conocer Albarracín: bajar hacia el río Guadalaviar y recorrer su paseo fluvial, una de las rutas señalizadas por el propio Ayuntamiento.

El recorrido permite cambiar las callejuelas medievales por vegetación, roca y agua, además de observar desde abajo la peculiar ubicación del pueblo y comprender por qué su paisaje forma parte inseparable de su atractivo.

Otoño, una época para descubrirlo

Aunque Albarracín recibe visitantes durante todo el año, el otoño transforma también el paisaje de la sierra y permite combinar el recorrido monumental con excursiones por su entorno natural.

A pocos kilómetros aparecen los Pinares de Rodeno, caracterizados por el contraste entre el verde de los pinares y los tonos rojizos de la roca. En esta zona se conservan además numerosas manifestaciones de arte rupestre levantino.

Pinares de Rodeno. iStock

El propio Parque Cultural de Albarracín cuenta con 26 enclaves visitables de arte rupestre distribuidos entre diferentes localidades y zonas de la sierra, lo que permite ampliar fácilmente una escapada más allá del casco urbano.

Con sus casas rojizas, sus calles empinadas, sus murallas y un entorno natural que gana protagonismo cuando termina el verano, Albarracín se convierte así en uno de esos destinos que merece la pena recorrer a pie y sin prisas.

Un pueblo en el que muchas veces el mejor plan consiste simplemente en guardar el mapa durante un rato, elegir una calle cualquiera y dejar que sus cuestas, sus miradores y su arquitectura medieval marquen el camino.