Octubre tiene una forma especial de transformar los paisajes de montaña en España. El verde comienza a retirarse poco a poco y los bosques se llenan de amarillos, ocres y rojos que anuncian que el otoño ya se ha instalado definitivamente.
Es entonces cuando algunos rincones de España viven uno de sus momentos más bonitos. Hayas cubiertas de hojas rojizas, senderos que se pierden entre árboles y cascadas que rompen el silencio hacen que calzarse las botas resulte especialmente tentador.
Uno de esos lugares se encuentra en el Pirineo de Huesca. El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido reúne más de 15.000 hectáreas de montañas, valles y bosques que durante octubre cambian por completo de aspecto.
Un bosque vestido de otoño
El otoño avanza especialmente sobre los hayedos y otros árboles caducifolios del parque. A mediados y finales de octubre, las laderas ofrecen algunos de sus contrastes más intensos, mientras las cumbres pirenaicas cierran el paisaje desde las alturas.
Una buena forma de adentrarse en esta escena es caminar por el bosque de Turieto, entre Torla y la Pradera de Ordesa. También el bosque mixto de Cobatar permite disfrutar de ese mosaico de colores con mayor tranquilidad.
Las temperaturas, además, suelen ser más frescas que durante el verano. Una circunstancia que invita a caminar, aunque en montaña las condiciones pueden cambiar rápidamente y conviene consultar siempre la previsión antes de emprender una ruta.
Cascadas entre hayas
El agua es otra de las grandes protagonistas de Ordesa. Desde la Pradera parte uno de sus recorridos más conocidos, un camino que se interna en el valle mientras va encontrándose con varios saltos de agua.
La cascada de Arripas es una de las primeras. Más adelante aparecen la cascada de la Cueva y la del Estrecho, rodeadas de roca y vegetación, antes de alcanzar las espectaculares Gradas de Soaso, donde el río desciende formando sucesivos escalones.
Cascada de Arripas en el valle de Ordesa.
Quienes continúen caminando llegarán hasta la Cola de Caballo, probablemente la cascada más famosa del parque. La ruta completa desde la Pradera ronda los 17 kilómetros entre ida y vuelta y permite dedicar prácticamente una jornada a descubrir el valle.
Fuera de este recorrido, el entorno guarda otros saltos como las cascadas del Cinca, en el valle de Pineta. Seis escenarios diferentes que muestran hasta qué punto el agua ha modelado este paisaje pirenaico.
Más de 100 kilómetros para caminar
Ordesa no se limita a una única excursión. Su extensa red de caminos permite elegir entre paseos más tranquilos y recorridos exigentes por zonas elevadas, por lo que es importante adaptar siempre la ruta a la experiencia y a las condiciones del día.
Los Llanos de Lalarri, en Pineta, ofrecen un paisaje más abierto entre grandes montañas, mientras que el entorno de San Úrbez permite combinar naturaleza y patrimonio junto a su ermita y su puente.
Mucho más exigente resulta la Faja de las Flores, un espectacular recorrido elevado sobre el valle que requiere experiencia en montaña y no es adecuado para quienes tengan vértigo.
Pueblos de piedra
La escapada tampoco termina al quitarse las botas. Torla-Ordesa, una de las principales puertas de entrada al parque, conserva casas de piedra y tejados de montaña bajo la silueta de los Pirineos.
A pocos kilómetros, Broto suma otro motivo para detenerse: la cascada de Sorrosal cae prácticamente junto al pueblo. Tella, por su parte, permite caminar entre antiguas ermitas y acercarse a un dolmen prehistórico.
Y para prolongar el viaje queda Aínsa, con su plaza porticada, su castillo y un casco medieval que invita a caminar sin prisas. Un último cambio de escenario después de un día entre hojas rojizas, agua y montañas.
