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A veces basta con cruzar un antiguo portal de piedra para que el paisaje parezca cambiar de siglo. Calles estrechas, fachadas centenarias y pequeñas plazas porticadas dibujan uno de esos pueblos en los que todavía resulta fácil imaginar cómo transcurría la vida durante la Edad Media.

Pero lo que hace especialmente singular a este rincón es lo que aparece al levantar la vista. Alrededor del casco medieval se extiende un territorio modelado por antiguos volcanes, bosques frondosos y coladas de lava que la naturaleza ha terminado cubriendo de vegetación.

Hablamos de Santa Pau, una pequeña localidad de La Garrotxa, en Girona, enclavada en pleno paisaje volcánico catalán. Su conjunto histórico conserva buena parte de su carácter medieval y permite combinar patrimonio, senderismo y gastronomía en una misma escapada.

Un casco medieval entre volcanes

La mejor forma de conocer Santa Pau es hacerlo despacio. Desde la zona del Mirador se obtiene una de las estampas más bonitas de la localidad, con las casas de piedra extendiéndose sobre la colina y el campanario sobresaliendo entre los tejados.

Desde aquí, el camino conduce hacia el corazón del casco antiguo, donde las calles empedradas se estrechan entre edificios que parecen haber envejecido al mismo tiempo que el pueblo.

Santa Pau (Girona). iStock iStock

Uno de los rincones imprescindibles es su Plaza Mayor, un espacio irregular que durante la Edad Media acogía el mercado. Sus soportales y galerías conservan todavía ese aire de plaza antigua alrededor de la cual giraba buena parte de la vida cotidiana.

En uno de sus extremos aparece la Iglesia de Santa Pau, levantada en el siglo XV y reconocible por su imponente campanario. A pocos pasos espera otro de los grandes protagonistas de la localidad: su castillo.

Un castillo con siglos de historia

El Castillo de Santa Pau fue creciendo y transformándose entre los siglos XIII y XVIII, mientras las viviendas comenzaban a extenderse a su alrededor hasta configurar la villa medieval que conocemos actualmente.

De planta rectangular, conserva un patio interior y una torre cuadrada. Su presencia ayuda a entender la importancia que tuvo la localidad durante siglos y convierte esta parte del recorrido en una de las más evocadoras.

Pueblo de Santa Pau. iStock

Merece la pena continuar después por el carrer Vila Vella. Las casas de piedra acompañan el paseo hasta alcanzar el Portal de la Vila Vella, uno de los antiguos accesos al recinto y otro de esos lugares donde el pasado medieval resulta especialmente visible.

Desde esta zona aparecen además pequeños miradores abiertos al paisaje de La Garrotxa. Porque en Santa Pau basta alejarse unos metros de las últimas casas para que la piedra deje paso nuevamente a bosques y montañas.

Volcanes a pocos kilómetros

El pueblo se encuentra junto al Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, uno de los espacios naturales más singulares de Cataluña y una razón suficiente para prolongar la escapada.

Entre sus paisajes más conocidos se encuentra la Fageda d'en Jordà, un extraordinario hayedo que crece sobre una antigua colada de lava y que puede recorrerse siguiendo diferentes senderos.

Paisaje cerca de Santa Pau. iStock

Muy cerca aparecen también el volcán Croscat, reconocible por los tonos rojizos de su terreno y el volcán de Santa Margarida. En el interior del cráter de este último sorprende encontrar una pequeña ermita rodeada completamente de naturaleza.

Existen rutas que permiten enlazar varios de estos enclaves en una misma jornada, convirtiendo Santa Pau en una magnífica base desde la que descubrir a pie el pasado volcánico de la comarca.

Una gastronomía nacida de la tierra

La propia tierra volcánica también ha dejado su huella en la cocina. Uno de los productos más conocidos son los fesols de Santa Pau, pequeñas alubias cultivadas tradicionalmente en estos terrenos y convertidas en uno de los grandes símbolos gastronómicos de la zona.

Es habitual encontrarlas acompañando platos tradicionales, entre ellos la butifarra. Una cocina sencilla y ligada al territorio que encaja especialmente bien después de una mañana recorriendo senderos.

Y si todavía queda tiempo, la escapada puede continuar por otros pueblos cercanos. Castellfollit de la Roca sorprende por levantarse sobre un espectacular risco basáltico de unos 50 metros, mientras que Besalú conserva uno de los conjuntos medievales más reconocibles de Girona.

Santa Pau, sin embargo, tiene algo difícil de repetir: la posibilidad de pasar en apenas unos minutos de una plaza medieval rodeada de casas centenarias a caminar entre volcanes y bosques nacidos sobre antiguas lenguas de lava. Una combinación de historia y naturaleza que convierte este pequeño pueblo en uno de los rincones más especiales de La Garrotxa.