En la parte alta del valle del Oja, entre montañas de La Rioja, hay un pueblo que mezcla dos cosas que no siempre van juntas: tradición serrana y alta cocina.
Sus calles empedradas y sus casas de piedra conviven con restaurantes con nombre propio, y su fama ha crecido, sobre todo, gracias a un plato tan sencillo como una croqueta.
No es casualidad que cada año lleguen miles de visitantes buscando algo más que nieve o paisaje. A lo largo del año el pueblo organiza festivales de jazz, jornadas micológicas y fiestas de tradición medieval, además de ofrecer una gastronomía que ha puesto a La Rioja en boca de todos.
Ese pueblo es Ezcaray, con algo más de 2.000 habitantes, nombrado Primera Villa Turística de La Rioja.
Su casco viejo conserva la arquitectura tradicional de la zona: calles empedradas, plazas porticadas y fachadas con flores que le dan ese aire de pueblo de montaña que atrae tanto a esquiadores como a amantes de la buena mesa.
Un casco histórico con raíces vascas y romanas
Los primeros restos de poblamiento de la zona son del Neolítico: hachas pulimentadas y una cueva-habitación en Valgañón. Más tarde aparecieron sepulcros y otros objetos que confirman que también hubo presencia romana en las tierras altas del valle del Oja.
Con las repoblaciones posteriores llegaron vascones de las montañas alavesas y navarras, que dejaron su huella en el euskera hablado allí durante siglos.
A finales del siglo XV, Ezcaray tuvo peso en la economía textil. Hacia 1491, una sentencia dejó a los vecinos teñir sus lanas y montar tintes propios pagando una renta al señor de la villa.
Entre los edificios más destacados están la iglesia de Santa María la Mayor, de influencia gótica, el Palacio del Arzobispo y la Casa de los Condes de Torremúzquiz, con sus fachadas de piedra y sus detalles barrocos.
La croqueta que dio fama al pueblo
Ezcaray tiene dos estrellas Michelin repartidas entre sus restaurantes, algo poco habitual para un pueblo de su tamaño.
Pero de todos sus platos, ninguno se ha hecho tan popular como las croquetas del Echaurren, nacidas en el restaurante del mismo nombre gracias a la receta de Marisa Sánchez.
No hay ningún ingrediente raro detrás de su fama: son croquetas de jamón de toda la vida, con una bechamel muy cremosa por dentro y un rebozado crujiente por fuera.
Muchos chefs y expertos gastronómicos las consideran de las mejores de España, y ese reconocimiento ha convertido al Echaurren en parada obligada para quien pasa por la zona.
Marisa Sánchez recibió el Premio Nacional de Gastronomía en 1987 y la Medalla al Mérito en el Trabajo en 2008, dos reconocimientos que dejan claro que detrás de la receta hay bastante más que una simple tradición familiar.
Entre montañas, arquitectura serrana y una croqueta que se ha ganado fama nacional, Ezcaray demuestra que a veces basta un solo plato para poner a un pueblo entero en el mapa.
