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Los mercadillos tienen algo especial cuando llega el verano. Pasear sin prisas entre pequeños puestos, descubrir piezas que no se encuentran en las tiendas convencionales y detenerse a escuchar música al aire libre puede convertirse en uno de esos planes capaces de resumir unas vacaciones.

Pero existe un rincón del Mediterráneo donde esta experiencia adquiere un carácter diferente. Dos tardes a la semana, artesanos, artistas, vecinos y viajeros se reúnen alrededor de una pequeña plaza para mantener vivo un mercado nacido del espíritu creativo que marcó la isla durante las décadas de 1960 y 1970.

Hablamos del Mercado Artesano de La Mola, situado en El Pilar de la Mola, en Formentera. Cada miércoles y domingo, entre mayo y octubre, este pequeño núcleo situado en la parte más elevada y oriental de la isla se convierte en uno de sus principales puntos de encuentro.

El mercado abre por la tarde, aproximadamente entre las 16:00 y las 22:00 horas, y reúne alrededor de medio centenar de puestos.

Más que un mercadillo convencional, su filosofía continúa ligada a la creación artesanal y a la venta directa de piezas elaboradas por quienes están detrás de cada proyecto.

Ropa, playa y cerámica hecha a mano

Recorrer sus puestos significa encontrarse con un escaparate muy diferente al de cualquier gran superficie. Cerámica, pinturas, bolsos, prendas de ropa, joyas, bisutería y pequeños objetos decorativos comparten espacio con trabajos realizados en madera, cuero, piedra o plata.

Buena parte de su encanto reside precisamente en esa variedad. Cada puesto tiene su propia personalidad y permite llevarse un recuerdo de Formentera alejado de los souvenirs producidos en serie: una pieza de cerámica, una joya artesanal o una prenda confeccionada en la propia isla.

El ambiente tampoco termina en las compras. La plaza central suele convertirse en escenario improvisado para músicos y artistas locales, mientras las terrazas cercanas se llenan conforme avanza la tarde.

En el suelo de este espacio destaca además un mosaico multicolor que dibuja una paloma, símbolo de paz y toda una declaración de intenciones en un mercado estrechamente relacionado con el legado hippy de Formentera.

El Pilar de la Mola, una isla dentro de otra

La visita permite además descubrir una de las zonas más singulares de Formentera. El Pilar de la Mola es un pequeño núcleo construido alrededor de su iglesia del siglo XVIII y situado sobre una elevada meseta que parece vivir a un ritmo diferente al de las áreas más concurridas de la costa.

No resulta extraño que La Mola sea descrita en ocasiones como "una isla dentro de una isla". Su posición, su paisaje y cierto aislamiento respecto al resto de Formentera le han permitido conservar una personalidad propia.

El trayecto para llegar ya merece la pena. Desde Es Caló, la carretera comienza a ganar altura entre curvas y vegetación hasta alcanzar uno de los grandes balcones naturales de la isla.

Desde esta zona elevada es posible contemplar buena parte de la estrecha silueta de Formentera, con el Mediterráneo extendiéndose a ambos lados y playas como Migjorn y Ses Platgetes apareciendo a lo lejos.

Un faro frente a acantilados de 120 metros

Después de visitar el mercado, uno de los mejores planes es continuar hasta el extremo oriental de la isla. Allí espera el faro de La Mola, levantado frente a espectaculares paredes rocosas que caen directamente hacia el Mediterráneo.

El enclave se encuentra a unos 120 metros sobre el nivel del mar y ofrece una imagen completamente distinta de la Formentera asociada únicamente a playas de arena blanca. Aquí dominan los acantilados, el viento y un horizonte azul que parece no terminar nunca.

Faro de La Mola. iStock

El lugar también está relacionado con Julio Verne. Junto al faro puede verse un monumento dedicado al escritor francés, cuya obra Héctor Servadac, publicada en el siglo XIX, mantiene un vínculo literario con este extremo de Formentera.

Llegar hasta aquí al final de la tarde permite además descubrir uno de los paisajes más especiales de La Mola, cuando la luz comienza a suavizarse y los acantilados adquieren otros tonos.

Un molino que conserva más de dos siglos de historia

Muy cerca de El Pilar se encuentra otro de los rincones que merece una parada: el Molí Vell de la Mola, un antiguo molino harinero construido en 1778.

Durante generaciones, estas construcciones fueron fundamentales para transformar el trigo cultivado en la isla. De los molinos que llegaron a funcionar en Formentera, este es uno de los que mejor permite comprender cómo se desarrollaba aquel trabajo tradicional.

Su interior conserva parte de la maquinaria y los mecanismos utilizados para moler el cereal, convirtiéndolo en una pequeña ventana hacia la vida rural de la isla antes de que el turismo transformara su economía.

Mucho más que un mercadillo

Quienes dispongan de más tiempo pueden aprovechar la visita para recorrer algunos de los caminos que atraviesan la meseta. La Mola concentra paisajes agrícolas, pinares, construcciones tradicionales y senderos desde los que descubrir una Formentera mucho más silenciosa.

De hecho, por esta zona discurre una de las rutas verdes más largas de la isla, un itinerario de más de 12 kilómetros que permite alejarse de los puntos turísticos más concurridos y conocer un paisaje marcado por el campo y el Mediterráneo.

Molino de La Mola. iStock

Quizá esa sea la verdadera razón por la que el mercadillo de La Mola continúa siendo una de las citas más especiales del verano. No se trata únicamente de encontrar ropa, cerámica o una pieza de plata hecha a mano.

La experiencia consiste en llegar hasta uno de los rincones con mayor personalidad de Formentera, caminar entre artesanos mientras suena música en la plaza y terminar la tarde frente a unos acantilados donde el Mediterráneo ocupa todo el horizonte. Una pequeña muestra de aquella isla libre y bohemia que todavía sobrevive lejos de las playas más concurridas.