El riesling cambia de acento antes incluso de cruzar la frontera. En el Mosel alemán, se asoma a laderas de pizarra que caen casi a plomo sobre el río y busca un equilibrio preciso entre acidez, fruta y, a veces, una caricia de azúcar.
En la región francesa de Alsacia, al abrigo de los Vosgos, gana cuerpo, sequedad y vocación de mesa. Entre Bernkastel-Kues y Colmar hay unas horas de carretera, pero la misma variedad aprende a hablar dos idiomas.
Es una ruta especialmente apetecible en otoño, cuando las viñas se vuelven cobre, las tardes se acortan y una copa pide algo más que frescura. Mosel y Alsacia son dos maneras de mirar el riesling, dos paisajes marcados por la pendiente y el frío, pero también dos formas de entender qué puede hacer una uva cuando encuentra lugares capaces de llevarla lejos.
Viñedos en Alsacia
Mosel: el riesling que mira al río
En el Mosel todo empieza por el paisaje. El río dibuja meandros entre viñedos de inclinaciones extremas; las laderas más soleadas se cubren de pizarra oscura, que acumula calor, y la vendimia conserva un punto heroico en un territorio donde muchas parcelas solo pueden trabajarse a mano.
Junto con los valles del Saar y el Ruwer, es una de las grandes patrias mundiales del riesling, la variedad claramente dominante en la región.
La primera parada es Bernkastel-Kues, uno de esos pueblos que obligan a levantar la vista: el río abajo, las casas de entramado de madera en la orilla y las laderas de viña elevándose alrededor.
Desde las viñas de Wehlener Klosterberg, donde la viticultura adquiere el calificativo de heroica, Markus Molitor demuestra que el riesling de la región no se resume en una categoría ni en una dosis de azúcar. Hay secos afilados y profundos, vinos ligeramente dulces que parecen levitar sobre la acidez y versiones más complejas donde fruta, piedra y tiempo se van desplegando sin prisa.
Vista aérea de la región del Mosel
El clima fresco, el efecto moderador del río y una maduración lenta ayudan a entender esa tensión. En algunos años, el ciclo del riesling en el Mosel puede prolongarse hasta 160 días. De ahí que incluso los vinos de alcohol contenido puedan tener una intensidad sorprendente: ligeros en apariencia, largos en boca y capaces de mantener el pulso entre fruta, acidez y mineralidad.
Alsacia: el riesling a la mesa
De camino a Alsacia, la parada en el restaurante La Ferme du Pape, en Eguisheim, funciona como un primer cambio de registro. El paisaje se vuelve más contenido, las viñas se acercan a los pueblos y la cocina empieza a pedir vinos con más anchura.
Las laderas alsacianas se sitúan, en general, entre 200 y 400 metros de altitud, protegidas por los Vosgos de buena parte de la influencia oceánica. El clima es semicontinental, relativamente seco y soleado, y los suelos cambian con una diversidad poco frecuente: granito, caliza, arcilla, esquisto o arenisca.
En Wintzenheim, Josmeyer ofrece una lectura especialmente contemporánea de este paisaje. La bodega, gestionada por Céline e Isabelle Meyer, trabaja en ecológico y biodinámico y ha convertido la precisión de sus blancos en una de sus señas de identidad. Entre sus viñas figuran pagos tan reconocidos como los grands crus Brand y Hengst.
Céline e Isabelle Meyer
La siguiente parada, en Eguisheim, propone el contrapunto histórico. La casa familiar Léon Beyer remonta su relación con el vino a 1580 y defiende un estilo clásico, especialmente reconocido por sus blancos secos.
Esa doble visita ayuda a entender que Alsacia no se deja reducir a una fórmula: conviven interpretaciones más contemporáneas con largas trayectorias familiares, pero comparten una convicción de fondo. El riesling no es solo un blanco de aperitivo; es un vino capaz de sentarse a la mesa.
En Alsacia, la variedad suele tener más estructura que en el Mosel. Conserva tensión cítrica y un punto mineral, pero aparece con un centro de boca más lleno y una predisposición natural para acompañar comida.
Misma uva, dos acentos
La comparación no pretende convertir el vino en una cuestión de bandos. Un gran seco del Mosel puede ser profundo y estructurado, del mismo modo que un riesling alsaciano puede conservar azúcar residual. Pero, como brújula de viaje y de compra, ayuda a entender qué esperar de cada orilla.
En el Mosel, el riesling suele hablar de ligereza, pizarra, acidez vibrante y una fruta que transita entre el cítrico, la manzana, el melocotón blanco y las flores. Los vinos con algo de dulzor resultan especialmente agradecidos con cocina picante, recetas asiáticas, pescado ahumado o quesos azules. Los secos tienen una afinidad natural con marisco, pescado, verduras y platos donde conviene aportar tensión.
Preciosa vista de los viñedos alsacianos
Alsacia desplaza el foco hacia la textura. En sus versiones secas, el riesling puede ser más amplio, más especiado y más gastronómico, sin renunciar a la frescura. Si Mosel pide mirar el río y dejar que el vino se estire, Alsacia invita a sentarse: ante una terrina, un ave asada, una cebolla cocinada despacio o un plato de col fermentada.
Y, aunque el riesling ordena el recorrido, Alsacia permite prolongar la conversación hacia otras variedades. El pinot gris aporta volumen, notas de sotobosque, pan y frutos secos; mientras el pinot noir regala cereza, frambuesa y un tanino amable que permite volver al tinto sin entrar todavía en registros pesados.
Colmar: una postal
Hay algo de escenario de cuento en Colmar, pero la ciudad gana cuando se mira más allá de la foto. Sus canales, casas de entramado de madera y fachadas de colores la convierten en una base cómoda y caminable para recorrer los viñedos, sentarse a cenar (en La Carte de l’Un des Sens, por ejemplo) y prolongar la conversación sobre el riesling hasta el final del día.
Desde aquí se llega con facilidad a algunos de los pueblos y bodegas más interesantes de la Ruta del Vino de Alsacia: Eguisheim, Riquewihr, Ribeauvillé, Turckheim o Kaysersberg. No hace falta intentar verlos todos. Dos o tres paradas al día, una reserva en bodega y tiempo para comer bastan para no convertir una de las rutas vinícolas más bellas de Europa en una carrera de fotos.
La ciudad de Colmar acoge un pueblo medieval
El mapa de la Ruta del Vino reúne más de un centenar de localidades y deja a mano algunos nombres que ayudan a seguir el vino sobre el terreno: Eichberg y Pfersigberg en Eguisheim; Schoenenbourg y Sporen en Riquewihr; Geisberg, Kirchberg y Osterberg en Ribeauvillé.
Lo interesante, en cualquier caso, no es cumplir un itinerario deprisa, sino atender al cambio de paisaje y de copa. De las pendientes de pizarra que caen sobre Mosel a las laderas que se escalonan bajo los Vosgos; de los rieslings alemanes, más aéreos, a los blancos alsacianos, más amplios y pegados a la mesa.
Entre el Mosel y Alsacia no hay ganador, porque tampoco hay dos rieslings iguales. Uno puede llegar con el vértigo de una ladera de pizarra y el otro con el paso más sereno de una mesa alsaciana.
Antes de que los mercadillos navideños se lleven todo el protagonismo, el otoño es un buen momento para descubrirlo: cuando la copa deja de buscar solo alivio y empieza a pedir carácter, longitud y ganas de quedarse un poco más.
Tres vinos para comparar
Tres botellas, una por bodega, para recorrer el riesling desde las laderas de pizarra del Mosel hasta las mesas de Alsacia.
Markus Molitor Haus Klosterberg Riesling
Es la puerta de entrada más nítida al Mosel de Markus Molitor. Se elabora con riesling procedente de distintos viñedos de la bodega, asentados principalmente sobre pizarra, y tiene una graduación de 11,5%, una pista de esa ligereza que no está reñida con la profundidad.
Haus Klosterberg Riesling
En copa combina fruta blanca, cítricos y un fondo pedregoso con una acidez incisiva, sin llegar a resultar austero. No busca impresionar por volumen, sino por precisión y facilidad de trago. Es un blanco muy versátil para pescado, marisco, platos vegetales, quesos suaves o una cena que pida frescura sin renunciar a la tensión mineral. Precio: 14,90 euros
Josmeyer Riesling Grand Cru Hengst
El riesling del grand cru Hengst muestra una Alsacia más estructurada y de mayor profundidad. Desde Wintzenheim, Josmeyer trabaja sus viñas en ecológico y biodinámico, con una atención especial al origen y a la expresión de cada parcela.
Riesling Grand Cru Hengst
Este vino conserva el nervio cítrico de la variedad, pero se mueve con más amplitud que el Mosel: fruta madura, flores, un fondo mineral y una textura firme que gana interés a medida que se abre.
Es un blanco para sentarse a la mesa, no para beber de pasada. Funciona muy bien con trucha, ave asada, setas, mantequilla avellanada o platos de otoño de intensidad media. Precio: 57,95 euros
Léon Beyer Riesling
En Léon Beyer, el riesling es una forma de entender el clasicismo alsaciano. La casa de Eguisheim, vinculada a la viticultura desde 1580, elabora un blanco seco, con cuerpo y afrutado, de bouquet elegante.
Riesling
Hay cítricos, fruta blanca, un perfil floral discreto y una textura más ancha que la del Mosel, aunque conserva el nervio necesario para mantenerlo ágil.
Es una botella especialmente gastronómica: acompaña pescado de río, marisco, chucrut, carnes blancas, verduras de temporada y queso de cabra. Una referencia muy clara para comprender por qué en Alsacia el riesling rara vez se queda solo en el aperitivo. Precio: 22 euros
