El verano multiplica las situaciones en las que hay que elegir vino sin pensar demasiado: chiringuitos con paella y pescadito frito, casas de playa con neveras llenas de ensaladilla, tortilla y cosas de picar.
La buena noticia es que, con unos pocos estilos en la cabeza, el vino deja de ser una complicación y se convierte en parte natural del plan. Y si la carta es corta o poco clara, conviene recordarlo: “Por muy humilde que sea el restaurante, tiene que haber alguien que se preocupe de comprar vino y de saber lo que compra”, señala María José Huertas, sumiller de La Terraza del Casino en Madrid.
En el chiringuito
Imagina un mediodía en el chiringuito: mesas en la arena, paellas marineras, sardinas a la brasa, boquerones fritos, calamares y papas arrugadas con mojo. La carta de vinos suele ser corta y directa, así que aquí tiene más sentido pensar en estilos que en nombres propios.
Encontrar armonías veraniegas no es tan difícil
Para arroces de mar, paellas de marisco y pescados a la plancha con un toque de limón, el perfil que mejor responde es el blanco joven y seco, con buena acidez. Esa clase de vino refresca, aligera el peso del arroz y se lleva bien con el punto salino y cítrico del plato.
Además, como recuerda Santi Carrillo, sumiller del restaurante madrileño Amparito Roca, “si no hay un profesional especializado, como suele pasar en las playas y en los chiringuitos, o no tenemos confianza en quien nos pueda orientar, los vinos sin crianza o con poca crianza, además de ser más económicos, son también más fáciles de entender”.
Cuando entran en escena las frituras (boquerones, puntillitas, rabas, pescadito frito) el blanco sigue siendo un buen aliado, pero conviene que tenga algo más de cuerpo para aguantar la grasa. Blancos con textura, cierta amplitud en boca o una crianza suave se llevan mejor con el rebozado y con platos más untuosos.
Y si la carta mezcla pescado, arroces y alguna opción de carne ligera o ensalada completa, el rosado seco vuelve a demostrar por qué es uno de los vinos más útiles del verano: acompaña sin imponerse y permite que toda la mesa coma cosas distintas sin que el vino se quede fuera de juego.
Aquí también encaja una idea muy útil para el tono del artículo: pedir por copas no es una derrota, sino una forma sensata de tantear. “Una copa nunca va a ser un dineral; y si el primer vino no nos gusta, siempre podremos probar otro diferente”, puntualiza Huertas.
Hay un vino para cada plato del verano
En la casa de la playa
La casa de veraneo funciona con otra lógica: poca cocina, mucha improvisación y una mesa montada a base de ensaladilla, huevos rellenos, tomates aliñados, latas de mejillones, boquerones en vinagre, aceitunas, croquetas, tortilla, quesos y embutidos. Aquí el vino no tiene que lucirse, sino entender el contexto.
Para platos fríos con verdura y marisco (ensaladilla de gambas, salpicón, tomates con cebolla, conservas, vinagres suaves) van especialmente bien los blancos jóvenes, secos y con acidez marcada. Son vinos ligeros, con poca madera, que refrescan y limpian la sensación grasa de la mayonesa o del aceite.
Cuando la mesa se complica con croquetas, patatas aliñadas, huevos rellenos y otras cosas más untuosas, ayuda pasar a blancos con algo más de volumen, más textura en boca y una estructura capaz de acompañar sin desaparecer.
En cuanto aparecen tortilla, embutidos suaves, quesos frescos y ensaladas de pasta o arroz, los rosados se ganan el puesto de vinos todoterreno. Aunque un espumoso seco bien frío es el verdadero comodín del verano: limpia la fritura, anima el picoteo y se lleva bien con casi cualquier cosa que salga de la cocina.
“No existe un maridaje perfecto, existen millones”, recuerda François Chartier, uno de los expertos en armonías más influyentes del mundo. En una mesa de verano, lo importante es que el vino acompañe el conjunto y no que cada bocado tenga su pareja ideal.
En verano, más que nunca, elegir vino no debería parecer un examen, sino una extensión lógica de lo que hay en la mesa y del plan que toca ese día.
