La Agencia Estatal de Meteorología bautiza las danas desde hace nada, igual que se bautiza lo que da miedo para poder decirlo sin que tiemble la voz. Como Voldemort. Y Adam, esta vez, avisó. Los avisos puramente meteorológicos se quedaron cortos.
Se anunciaron trescientos litros y se llegaron a contar seiscientos cuarenta. Colegios cerrados, ciento cuarenta y cinco pueblos confinados, reuniones de coordinación, el 112 a pleno rendimiento. El aviso llegó a tiempo. Hicimos los deberes.
Y aun así, el agua se llevó lo que era suyo.
A una mujer de setenta y nueve años la encontraron en el bajo de su casa, junto a su sobrina, que estaba viva. No hace falta que hablemos del terror porque los valencianos lo tenemos demasiado presente.
A un hombre de sesenta y cuatro le reventó el corazón en un camping anegado. La parca decidiendo una manera rara y exacta de morir ahogado sin que te toque el agua. A otra mujer la vieron entrar en el mar un domingo por la tarde, en Sagunto. El mar la devolvió donde quiso.
Zeus, harto de los hombres, anegó el mundo. Solo dos personas se salvaron: Deucalión y Pirra, encaramados al Parnaso. Cuando bajó el agua tiraron piedras, los huesos de la madre tierra, por encima del hombro y de cada piedra nació un hombre.
Fíjense en el detalle que nadie recuerda: para repoblar el mundo hay que no mirar atrás. En el mito, la memoria estorba. Por eso se nos da tan bien olvidar. Lo llevamos en la misma fundación de la supervivencia.
Es tan insultante que duele.
Heráclito decía que no te bañas dos veces en el mismo río, porque ni el río ni tú sois ya los mismos. Es una frase preciosa y mentirosa. El río sí vuelve. Vuelve al mismo barranco, al mismo pueblo, a la misma rambla, con idéntica indiferencia mineral, y le trae sin cuidado que tú hayas cambiado, que ahora tengas un plan de confinamiento y una alerta en el móvil.
El agua no ha leído a Heráclito. El agua solo sabe abrirse paso.
Después del diluvio, cuenta el Génesis, Dios colgó un arcoíris en el cielo como quien firma un contrato: nunca más. Es la promesa más vieja del mundo y la más incumplida. Nosotros también la hicimos. En octubre de 2024, con el fango hasta la rodilla y doscientas veintinueve personas muertas en esta comunidad, doscientas treinta y siete en toda España, dijimos nunca más con la boca llena de barro como si fuéramos dueños de algo.
Dentro de unos días habrá minuto de silencio por las víctimas. Las de este año y las anteriores. Coronas, algún cargo de riguroso luto leyendo nombres que no sabe pronunciar. Y a la mujer del bajo, al hombre del camping, a la del mar de Sagunto todavía no les habrá dado tiempo ni de que San Pedro les levante el pulgar.
Escribo este artículo el lunes 19 de octubre, con el sol entrando por la ventana de mi despacho. Con carreteras aún cortadas y el olor trepándonos por las piernas. Ese olor.
A río muerto, a nevera apagada, a sótano. Pensé en mi coche. Me avergoncé de pensar en mi coche. Y seguí pensándolo, porque así somos. Porque es más fácil tenerle miedo a una plaza de garaje que a todo lo demás. Y así, de paso, le intentamos poner puertas al campo. O al agua.