Ya es oficial. El 29 de noviembre celebraremos eso que llaman "la fiesta de la democracia" y que, visto cómo están los ánimos, va a ser todo menos una fiesta.
Y la cuestión es que esta no-fiesta ya ha empezado, aunque oficialmente falten días para dar el pistoletazo de salida. Aunque, en realidad, llevamos meses y meses, por no decir años, en una campaña electoral que no cesa.
No cesa, e impide que se hagan las cosas para el bienestar de las personas en vez de para la conveniencia de los partidos. Porque lo de interpretar las cosas en clave electoral se ha convertido en regla general cuando debería ser excepción.
La verdad es que en algún momento deberíamos dar una repensada al mecanismo de las elecciones y de las campañas electorales. Nuestra ley electoral (Ley orgánica 5/1985 de 19 de junio de régimen electoral general) es de hace más de cuarenta años, cuando la realidad social, tecnológica y de los medios de comunicación nada tenía que ver con lo que vivimos hoy.
Se establecían plazos para empezar las campañas, porque la manera de hacerlas era perfectamente controlable: medios de comunicación convencionales, mítines y reuniones físicas, y pasquines, octavillas y carteles.
La pegada de carteles era un acto real en el que los candidatos comenzaban a forrar las paredes de nuestras ciudades y pueblos con fotografías de aquellos para quienes pretendían pedir el voto, y a partir de ahí nuestras calles se poblaban de vehículos armados y pertrechados con megáfonos que invitaban a votar a quien fuera, al tiempo que nos machacaban las meninges con cancioncillas tan pegadizas que alguna de ellas sería capaz de reproducirla perfectamente hoy en día.
Y, por supuesto, los buzones estaban repletos de propaganda de todos los partidos, en un despilfarro de papel que hoy todavía continúa.
Ahora, sin embargo, poco aportan unos carteles que se pueden reenviar hasta el infinito a través de sistemas de mensajería instantánea y redes sociales a un solo clic de nuestros móviles, ni unos mítines a los que solo asisten quienes ya están convencidos de lo que les van a decir.
De poco sirven tampoco las reglas de tiempo preestablecidas para la propaganda electoral en televisión y radio, cuando cualquiera puede publicar lo que le dé la gana y ni siquiera la jornada de reflexión tiene sentido, porque es imposible poner puertas al campo impidiendo que cualquier usuario de redes sociales diga lo que le venga en gana sobre a quién votar o dejar de hacerlo.
Precisamente por todo eso, la campaña es eterna, como el día de la marmota. Empieza en cuanto se acaban las elecciones anteriores y dura toda la legislatura, aunque no haya carteles, ni megáfonos ni espacios institucionales a los que nadie hace caso.
Prácticamente cada actuación de los partidos políticos, salvo honrosas excepciones, va dirigida a ganar votos o, al menos, a no perderlos, en lugar de a cumplir unos programas electorales que tampoco importan a nadie, porque son excepción quienes los leen y excepción de la excepción quienes los toman como elemento clave a la hora de decidir su voto.
De hecho, estoy casi segura de que los programas solo los leen los adversarios para escupírselos a la cara cuando llegue el momento y acusar a quien sea de su incumplimiento.
Pero a la ciudadanía de a pie nos cansa todo esto. No cansa tanto, que la mayoría de gente que vota no lo hace tanto para conseguir que alguien llegue al poder, sino para impedir que otro alguien lo haga.
Y lo peor es que en esta frenética carrera vale todo. El insulto, la descalificación, la burla, los bulos y las mentiras. Incluso el cuestionar el sistema electoral y la veracidad de sus resultados, que ya es lo último.
Así que armémonos de paciencia. Porque esto solo acaba de empezar.